La asistenta
Tercera parte » Capítulo 60. Nina
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NINA
Si salgo de esta casa, será esposada. No veo manera de evitarlo. En mi sofá de piel, con las rodillas abrazadas, me pregunto si será la última vez que me siento aquí mientras aguardo a que el inspector baje de la planta superior. De forma impulsiva, cojo mi bolso, que está sobre la mesa de centro. Seguramente debería quedarme quieta y callada, como una buena niña sospechosa de asesinato, pero no puedo evitarlo. Saco mi teléfono y accedo a la lista de llamadas recientes. Selecciono el primer número de la lista.
—¿Nina? ¿Qué sucede? —El tono de Enzo rebosa inquietud—. ¿Qué está pasando ahí?
—La policía sigue en la casa —digo con la voz ahogada—. La cosa no…, no pinta bien. Para mí. Creen que…
No quiero pronunciar las palabras en alto. Creen que yo he matado a Andy. Y se equivocan de medio a medio. Falleció por deshidratación. Pero me consideran responsable.
Podría acabar con esto si delatara a Millie. Pero no lo haré.
—Declararé en tu defensa —dice—. Les contaré las cosas que te hacía. Te vi encerrada ahí arriba.
Habla en serio. Hará cuanto esté en su mano por ayudarme. Pero ¿qué valor le concederán al testimonio de un hombre al que casi con total seguridad señalarán como mi amante secreto? Ni siquiera podría negarlo. Es verdad que me acosté con Enzo.
—¿Cómo está Cece? —pregunto.
—Ella está bien.
Cierro los ojos e intento calmar la respiración.
—¿Está viendo la tele?
—¿La tele? No, no, no. Le enseño italiano. Se le da muy bien.
A pesar de la situación, se me escapa una carcajada, aunque bastante débil.
—¿Me la pasas un momento?
Tras una pausa, oigo a Cece al otro lado de la línea.
—Ciao, mamma!
Trago saliva.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
—Bene. ¿Cuándo vendrás a recogerme?
—Pronto —miento—. Sigue practicando el italiano, que yo llegaré en cuanto pueda. —Respiro hondo—. Te…, te quiero.
—¡Yo también te quiero, mamá!
El inspector Connors está bajando las escaleras. Sus pasos retumban como disparos. Me apresuro a guardar el móvil en el bolso, que dejo caer sobre la mesa de centro. Por lo visto, ha examinado el cadáver de Andy con más detenimiento. Sin duda, tendrá una nueva batería de preguntas que hacerme. Se lo noto en la expresión cuando se sienta de nuevo delante de mí.
—Bueno —dice—. ¿Sabe algo acerca de las contusiones en el cuerpo de su marido?
—¿Contusiones? —pregunto con una extrañeza sincera. Sabía lo de los dientes arrancados, pero no he presionado a Millie para que me diera más detalles sobre lo sucedido en aquella habitación del desván.
—Tiene el bajo vientre cubierto de cardenales de un morado intenso —explica Connors—. Y también los… genitales. Los tiene casi negros.
—Ah…
—¿Cómo supone usted que se hizo esos cardenales?
Arqueo las cejas.
—¿Cree que yo le pegué una paliza? —La mera idea resulta ridícula. Andy me sacaba unos cuantos centímetros, y su cuerpo era puro músculo, a diferencia del mío.
—No tengo idea de qué ocurrió ahí arriba. —Me esfuerzo por no desviar la vista cuando me mira a los ojos—. Según su versión, su marido quedó atrapado en el desván por accidente y, por alguna razón, usted no reparó en su ausencia. ¿Es así?
—Creía que se había ido de viaje de negocios —aseguro—. Suele ir al aeropuerto en taxi.
—Durante ese tiempo usted no recibió mensajes de texto o llamadas de él, y sin embargo no estaba preocupada —señala él—. Por otro lado, de nuestras conversaciones con sus padres se desprende que él le había pedido a usted que se marchara de casa la semana pasada.
Esto no lo puedo desmentir.
—Sí, es correcto. Por eso no nos hablábamos.
—¿Y qué me dice de Wilhelmina Calloway? —Se saca una pequeña libreta del bolsillo y consulta sus notas—. Ella trabajaba para usted, ¿verdad?
Me encojo de hombros.
—Le di la semana libre. Como mi hija estaba de campamento, nos pareció que no requeriríamos de sus servicios. No la he visto en toda la semana.
No me cabe duda de que intentarán contactar con Millie, pero trato de mantenerla fuera de la lista de sospechosos en la medida de lo posible. Es lo menos que puedo hacer después de la mala pasada que le jugué.
—¿Me está diciendo que un hombre adulto se las arregló para quedar encerrado en el cuarto del desván sin su teléfono, a pesar de que la puerta solo se cierra por fuera? —Las cejas de Connors se elevan casi hasta el nacimiento del pelo—. ¿Y que mientras él estaba en el cuarto, decidió arrancarse cuatro dientes sin motivo aparente?
Bueno, dicho así…
—Señora Winchester —prosigue el inspector—. ¿De verdad cree que su marido es el tipo de hombre que haría una cosa como esa?
Me reclino en el sofá para intentar disimular el temblor que se ha apoderado de mí.
—Tal vez. Usted no lo conocía.
—De hecho, eso no es del todo cierto —replica.
Alzo la vista de golpe.
—Perdón, ¿cómo dice?
Cielo santo. Esto no hace más que empeorar. El inspector, con su cabello cano, tiene la edad justa para ser otro de los compis de golf del padre de Andy, o algún otro beneficiario de la increíble generosidad de su familia. Noto un hormigueo en las muñecas, como si sintieran por anticipado el contacto de las esposas.
—No lo conocí en persona —continúa Connors—, pero mi hija, sí.
—¿Su… hija?
Hace un gesto afirmativo.
—Se llama Kathleen Connors. Desde luego, el mundo es un pañuelo: estuvo prometida con Andrew Winchester hace mucho tiempo.
Lo miro con fijeza, parpadeando. Kathleen. La prometida con la que Andrew rompió antes de iniciar la relación conmigo. La que intenté localizar tantas veces, sin éxito. Kathleen es la hija de este hombre. Pero ¿eso qué implica?
Baja tanto la voz que me cuesta entender sus palabras.
—La ruptura fue un duro golpe para ella. No quería hablar del asunto. Sigue sin querer. Después de eso, se mudó muy lejos e incluso se cambió el nombre. No ha vuelto a salir con un hombre desde entonces.
Se me acelera el corazón.
—Ah. Yo…
—Siempre me he preguntado qué le hizo exactamente a mi hija Andrew Winchester. —Aprieta los labios, que quedan reducidos a una fina línea—. El caso es que, cuando me destinaron aquí hace cerca de un año y empecé a indagar por ahí, me pareció interesante que usted afirmara que él la había encerrado varias veces en el desván, y que nadie pudiera verificar su historia. Aunque, en honor a la verdad, parece que nadie lo intentó de verdad. Los Winchester tenían mucha influencia por aquí antes de trasladarse a Florida, sobre todo entre algunos polis. —Tras una pausa, agrega—: Aunque no conmigo.
Tengo la boca demasiado seca para articular palabra. Me quedo mirándolo, boquiabierta.
—En mi opinión —prosigue—, ese desván no cumple con la normativa de seguridad. Parece demasiado fácil quedarse encerrado ahí. —Se echa hacia atrás y recupera el volumen de voz normal—. Es una lástima que eso le ocurriera a su marido. Estoy seguro de que mi colega de la oficina del forense estará de acuerdo conmigo. Debería servirnos de lección, ¿no?
—Sí —consigo murmurar al fin—. Debería servirnos de lección.
El inspector Connors posa en mí la mirada por última vez antes de subir de nuevo para reunirse con sus compañeros. Y entonces tomo conciencia de algo increíble.
No voy a salir esposada de aquí, a fin de cuentas.