La asistenta
Tercera parte » Capítulo 61. Nina
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NINA
Jamás creí que asistiría al velatorio de Andy.
De todos los finales que había imaginado para esta historia, el de su muerte me parecía el más improbable. Sabía en mi fuero interno que me faltaba el valor suficiente para acabar con él y tenía la impresión de que, aunque me atreviera a intentarlo, él nunca se moriría. Parecía inmortal. Incluso ahora, mientras contemplo su apuesto rostro en el ataúd de arce abierto, con los labios cerrados para disimular las mellas que le quedaron después de que Millie lo obligara a arrancarse cuatro dientes de las encías, estoy convencida de que abrirá los ojos de golpe para volver a la vida y pegarme un susto final.
«¿De verdad creías que había muerto? ¡Pues sorpresa, sorpresa! ¡Estoy vivo! Al desván que vas, Nina».
No. No volveré ahí. Nunca.
Nunca más.
—Nina. —Una mano se posa en mi hombro—. ¿Cómo lo llevas?
Alzo la vista. Es Suzanne. Mi antigua mejor amiga. La mujer que me depositó de inmediato en manos de Andy después de que yo le describiera la clase de monstruo que era.
—Voy tirando —respondo, apretando con fuerza los pañuelos desechables que sujeto en la mano, más que nada para guardar las apariencias. No he derramado más que una lágrima en todo el día, cuando he visto a Cecelia con el sencillo vestido negro que le compré para el entierro. Está sentada a mi lado con ese mismo vestido y la rubia cabellera despeinada. A Andy le habría dado un síncope.
—Qué tragedia tan espantosa. —Suzanne me toma la mano entre las suyas, y tengo que poner toda mi fuerza de voluntad para no retirarla—. Fue un accidente terrible.
Percibo empatía y compasión en sus ojos. Se alegra de que la víctima sea mi marido y no el suyo. «Pobre Nina, qué mala suerte tiene». Ni se lo imagina.
—Terrible —murmuro.
Tras dirigirle una última mirada a Andy, Suzanne se marcha. Deja atrás el féretro y sigue adelante con su vida. Sospecho que el funeral de mañana será una de las últimas ocasiones en que la veré. Y pensar esto no me entristece en absoluto.
Bajo la mirada hacia mis modestos zapatos de salón negros, empapándome en el silencio que reina en la sala del velatorio. Detesto hablar con los asistentes, aceptar sus condolencias, fingir que estoy destrozada por la muerte de ese malnacido. Estoy ansiosa por que se acabe esto para poder pasar página. Mañana será la última vez que tenga que interpretar el papel de viuda desconsolada.
Alzo la vista al oír pasos que se acercan a la puerta. Enzo proyecta una larga sombra desde el vano, y sus pisadas resuenan como disparos en la silenciosa sala. Lleva un traje oscuro y, si estaba guapo cuando trabajaba en mi jardín, está cien veces mejor con este atuendo. Clava los oscuros y llorosos ojos en los míos.
—Lo siento mucho —dice en voz baja—. No puedo.
Se me cae el alma al suelo. No me está expresando su pesar por Andy. Ninguno de los dos estamos apesadumbrados por eso. Está compungido porque ayer le pregunté si tal vez, cuando todo esto terminara, se iría a vivir conmigo a la costa oeste, en la otra punta del país, muy lejos de aquí. No esperaba que me contestara que sí, pero aun así su rechazo me pone triste. Este hombre me ayudó a salvar mi vida. Es mi héroe. Y Millie, mi heroína.
—Podrás empezar de cero. —Se le forma un pequeño surco entre las cejas—. Será mejor así.
—Sí —digo.
Tiene razón. Los dos compartimos demasiados recuerdos espeluznantes. Más vale que vuelva a empezar de cero. Pero eso no significa que no vaya a echarlo de menos. Y jamás en la vida olvidaré lo que hizo por mí.
—Asegúrate de que Millie esté bien, ¿vale? —le digo.
Asiente con la cabeza.
—Lo haré. Te lo prometo.
Alarga la mano para tocarme por última vez. Al igual que a Suzanne, seguramente nunca vuelva a verlo. Ya he puesto a la venta la casa en la que conviví con Andrew. Cece y yo nos alojamos en un hotel porque no soporto poner un pie ahí. Estoy segura al ochenta por ciento de que nuestro antiguo hogar está embrujado.
Me vuelvo hacia mi hija, que se remueve inquieta en su asiento, a pocos metros de mí. Anoche dormimos en el hotel, las dos en una cama queen size. Cece acurrucó su delgado cuerpecito contra el mío. Habríamos podido pedir una cama adicional, pero ella quiere estar cerca de mí. Aún no entiende muy bien qué le pasó al hombre al que llamaba padre ni me lo ha preguntado. Simplemente parece aliviada porque ya no está.
—Enzo —digo—, ¿podrías llevarte a Cece un momento? Lleva aquí mucho rato, y debe de estar muerta de hambre. Podrías llevarla a comer algo.
Él asiente y le tiende la mano a mi hija.
—Vamos, Cece. Vamos a por unos nuggets de pollo y unos batidos.
Sin pensarlo dos veces, Cecelia se levanta de un salto. Ha aguantado aquí sentada conmigo como una campeona, pero sigue siendo una niña pequeña. Debo pasar por esto sola.
Unos minutos después de que Enzo se haya marchado con Cece, las puertas de la sala de velatorios se abren de nuevo. Me echo a un lado de forma instintiva al ver de quién se trata.
Son los Winchester.
Contengo la respiración mientras Evelyn y Robert entran en la sala. No los había visto después del fallecimiento de Andy, pero sabía que este momento llegaría. Hace solo unas semanas que regresaron de Florida para pasar el verano aquí, pero Evelyn aún no nos ha visitado. Hablé con ella solo una vez, cuando llamó para preguntarme si necesitaba ayuda con los preparativos del entierro. Le contesté que no.
En realidad, no me hacía ilusión hablar con ella tras haber sido responsable de que su único hijo se fuera al otro mundo.
El inspector Connors ha mantenido todas sus promesas. Se dictaminó que la muerte de Andrew se había producido por accidente, y ni Millie ni yo hemos sido objeto de investigación. Según la versión oficial, Andy se quedó encerrado en el desván de forma fortuita cuando yo estaba fuera y pereció por deshidratación. Sin embargo, nada de eso explica los moretones ni que le faltaran cuatro dientes. El inspector Connors tiene amigos en la oficina del forense, pero los Winchester son una de las familias más poderosas e influyentes del estado.
¿Lo saben? ¿Tienen idea de que soy responsable de su muerte?
Evelyn y Robert cruzan la sala en dirección al féretro con paso decidido. Apenas conozco a Robert, que es apuesto como su hijo y hoy lleva un traje oscuro. Evelyn también va vestida de negro, lo que contrasta de forma acusada con el blanco de su cabello, y también con sus zapatos blancos. Mientras que Robert tiene los ojos hinchados, ella está impecable, como si acabara de recibir un tratamiento en un balneario.
Bajo la mirada a medida que se acercan a mí. Solo la levanto cuando Robert se aclara la garganta.
—Nina —dice con su voz profunda y áspera.
Trago saliva.
—Robert…
—Nina. —Carraspea—. Quiero que sepas…
«… que sabemos que mataste a nuestro hijo. Sabemos lo que hiciste, Nina, y no descansaremos hasta que te pudras en prisión para el resto de tus días».
—Quiero que sepas que siempre podrás contar con Evelyn y conmigo —asegura—. Sabemos que estás muy sola, así que, si necesitas cualquier cosa, si Cecelia y tú necesitáis algo, no tienes más que pedirlo.
—Gracias, Robert. —Los ojos se me humedecen solo un poco. Aunque tal vez Robert no era el mejor padre de todos los tiempos, siempre ha sido bastante amable. Según me contó Andy, no le dedicó mucho tiempo cuando era niño. Se pasaba casi todo el día trabajando mientras Evelyn se ocupaba de él—. Te lo agradezco.
Robert extiende el brazo y toca la mejilla de su hijo con delicadeza. Me pregunto si tenía alguna idea de lo inhumano que era Andy. Algo debía de olerse. O tal vez a Andy se le daba muy bien disimularlo. Al fin y al cabo, ni yo misma lo sospechaba hasta que me encontré arañando con las uñas la madera de la puerta del desván.
Robert se tapa la boca con la mano. Sacudiendo la cabeza, emite un gemido.
—Discúlpame —le dice a su esposa antes de salir a toda prisa de la sala, dejándome a solas con ella.
De todas las personas con las que no me apetecía quedarme a solas hoy, Evelyn encabeza la lista. Evelyn no es tonta. Seguramente estaba enterada de los problemas que atravesaba mi matrimonio. Al igual que Robert, tal vez ignoraba las cosas que me hacía Andrew, pero sin duda percibía la fricción entre nosotros.
Debía de intuir lo que yo sentía de verdad por él.
—Nina —dice con sequedad.
—Evelyn —respondo.
Baja la vista hacia el rostro de Andy. Intento descifrar su expresión, pero me cuesta. No sé si es por el bótox o si siempre ha tenido la misma cara.
—¿Sabes? He hablado de Andy con un viejo amigo de la comisaría —dice.
Se me contrae el estómago. Según el inspector Connors, el caso está cerrado. Andy siempre me amenazaba con una supuesta carta que sería remitida a la policía en caso de su muerte. Sin embargo, la dichosa carta no apareció, no sé si porque nunca existió o porque el inspector se deshizo de ella.
—Ah, ¿sí? —es lo único que consigo articular.
—Sí —masculla—. Me han descrito el aspecto que presentaba cuando lo encontraron. —Clava en mí sus sagaces ojos—. Me han dicho que le faltaban dientes.
Ay, madre. Lo sabe.
No hay duda de que lo sabe. Cualquiera que estuviera al tanto del estado en que se encontraba la boca de Andy cuando la policía lo descubrió tendría claro que su muerte no fue accidental. Nadie se arranca los dientes con unos alicates por voluntad propia.
Se acabó. Cuando salga del tanatorio, seguramente la policía estará esperándome. Me pondrán las esposas y me leerán mis derechos. Luego pasaré el resto de mis días en la cárcel.
Pero no pienso delatar a Millie. No se merece que la arrastre en mi caída. Me brindó la oportunidad ser libre. No la involucraré en esto.
—Evelyn —digo con voz ahogada—. Yo… no sé…
Posa la vista de nuevo en el rostro de su hijo, en sus largas pestañas, cerradas para siempre. Frunce los labios.
—Siempre le insistía en lo importante que es la higiene dental —declara—. Le recordaba que se lavara los dientes todas las noches y, cuando no obedecía, lo castigaba. Toda infracción de las normas conlleva un castigo.
¿Qué? Pero ¿qué está diciendo?
—Evelyn…
—Si no te cuidas los dientes —prosigue—, pierdes el derecho a tenerlos.
—¿Evelyn?
—Andy lo sabía. Sabía que esa era una norma muy importante para mí. —Alza los ojos—. Creía que lo había entendido cuando le saqué un diente de leche con unos alicates.
Me quedo mirándola, enmudecida de miedo. Temerosa de las siguientes palabras que saldrán de su boca. Cuando por fin las pronuncia, me dejan sin aliento.
—Qué lástima que no aprendiera de su error —dice—. Me alegro de que aparecieras tú y le dieras una lección.
Me quedo boquiabierta mientras Evelyn arregla por última vez el cuello de la camisa blanca de su hijo. Luego se marcha del tanatorio, dejándome sola.