La asistenta
Epílogo. Millie
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EPÍLOGO
MILLIE
Háblame de ti, Millie.
Estoy reclinada contra la encimera de mármol, frente a Lisa Killeffer. Está impecable esta mañana, con la negra y brillante cabellera recogida hacia atrás en un elaborado moño francés, y los botones de su blusa color crema de manga corta reluciendo bajo los tragaluces de lo que parece una cocina recién reformada.
Si consigo este empleo, será el primero que tenga en casi un año. He realizado algunos trabajillos desde los sucesos de la residencia Winchester, pero he vivido del sueldo de un año que Nina ingresó en mi cuenta poco después de que se dictaminara que la muerte de Andy había sido accidental.
Aún no entiendo cómo se las arregló para irse de rositas.
—Bueno… —empiezo—. Me crie en Brooklyn. He desempeñado muchos trabajos como empleada doméstica, como puede comprobar en mi currículum. Y adoro a los niños.
—¡Excelente!
Los labios de Lisa se despliegan en una sonrisa. Desde que he entrado ha mostrado un entusiasmo sorprendente, considerando que debe de haber decenas de candidatas al puesto de asistenta interna. Y ni siquiera lo he solicitado yo. Fue Lisa quien me contactó a través de la página web donde publiqué un anuncio en el que ofrecía mis servicios como empleada doméstica y canguro.
El sueldo es genial, lo que no me extraña, pues la casa entera es un derroche de lujos. La cocina está equipada con electrodomésticos de última generación, y estoy casi segura de que los fogones pueden cocinar una cena casera por sí solos. Como me interesa mucho este trabajo, intento proyectar confianza. Pienso en el mensaje de texto que he recibido de Enzo esta mañana.
Buena suerte, Millie. Recuerda que ellos serán los afortunados por contar contigo.
Acto seguido, ha escrito:
Nos vemos esta noche, cuando te hayan dado el trabajo.
—¿Qué busca, exactamente? —le pregunto.
—Oh, lo normal. —Lisa se acoda sobre la encimera, junto a mí, y se da tironcitos del cuello de la blusa—. Busco a alguien que me ayude a tener la casa limpia. Que haga la colada. Que cocine platos sencillos de vez en cuando.
—Eso puedo hacerlo —aseguro, aunque mi situación apenas ha cambiado en un año. Sigo teniendo el problemilla de los antecedentes penales. No se borrarán jamás.
Con aire ausente, Lisa acerca las manos al taco de madera con varios cuchillos que está sobre la encimera. Sus dedos juguetean con el mango de uno de ellos y lo levanta solo un poco, de modo que la hoja destella bajo la luz que procede del techo. Cambio el peso de un pie a otro, incómoda.
—Nina Winchester me ha recomendado encarecidamente tus servicios —dice al fin.
Me quedo con la boca abierta. Eso no me lo esperaba en absoluto. Hace mucho que no sé nada de Nina. Se mudó a California con Cecelia poco después de que se cerrara el círculo de la muerte de Andrew. No está en las redes sociales, pero hace unos meses me mandó un selfi en el que aparecen Cecelia y ella en la playa, bronceadas y contentas, junto con unas palabras:
Gracias por esto.
Así que supongo que recomendarme como asistenta es otra manera de mostrar su agradecimiento. Esto sin duda refuerza mi optimismo sobre las posibilidades de que Lisa me contrate.
—Me alegra mucho oír eso —digo—. Trabajar para Nina fue… una experiencia maravillosa.
Lisa asiente, sin dejar de toquetear el cuchillo.
—Estoy de acuerdo. Ella misma es maravillosa.
Me sonríe de nuevo, pero hay algo en su cara que me descoloca. Se tira de nuevo del cuello con la mano libre, y, al subir la tela de la manga, es cuando lo veo.
Unos moretones oscuros en la parte superior del brazo.
En forma de dedos.
Dirijo la vista a la nevera, situada detrás de ella. Sujeta a la puerta con un imán, hay una fotografía de Lisa con un hombre alto y fornido que mira fijamente a la cámara. Me imagino los dedos de ese hombre en torno al delgado brazo de Lisa, clavándose en la carne lo suficiente para dejar esas marcas de color morado intenso.
El corazón me late con tanta fuerza que me siento mareada. De pronto, lo pillo. Entiendo por qué Nina le habló tan bien de mí a esta mujer. Me conoce bien. Tal vez incluso mejor que yo misma.
—En fin. —Tras dejar que el cuchillo se deslice de nuevo dentro del taco de madera, Lisa se endereza, y posa en mí sus ansiosos y azules ojos—. ¿Podrás ayudarme, Millie?
—Sí —digo—. Creo que sí.