La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 1. Millie
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MILLIE
Háblame de ti, Millie.
Nina Winchester se inclina hacia delante en su sofá de piel color caramelo, con las piernas cruzadas para revelar lo justo las rodillas, que asoman bajo la sedosa falda blanca. No sé mucho de marcas, pero salta a la vista que toda la ropa que lleva Nina Winchester es brutalmente cara. Me dan ganas de alargar el brazo para sentir el tacto de la tela de su blusa color crema, aunque eso reduciría a cero mis posibilidades de ser contratada. En honor a la verdad, no tengo ninguna posibilidad, de todos modos.
—Bueno… —empiezo, eligiendo las palabras con cautela. A pesar de todas las veces que me han rechazado, lo sigo intentando—. Me crie en Brooklyn. He trabajado para muchas personas ocupándome de tareas domésticas, como puede ver en mi currículum. —Mi currículum cuidadosamente retocado—. Me encantan los niños. Y también… —Paseo la vista por el salón, en busca de algún juguete para perros o un arenero para gatos—. ¿Y también los animales?
La oferta de empleo en internet no decía nada sobre mascotas, pero más vale ir sobre seguro. ¿A quién no le caen bien los amantes de los animales?
—¡Brooklyn! —A la señora Winchester se le ilumina el rostro—. Yo también me crie ahí. ¡Casi somos vecinas!
—¡Exacto! —confirmo, aunque nada más lejos de la realidad. En Brooklyn hay un montón de zonas muy codiciadas donde la gente paga un riñón por una diminuta casa adosada. No me crie en ninguna de ellas. Nina Winchester y yo no podríamos ser más diferentes, pero si le hace ilusión considerarme su vecina, con gusto le seguiré el juego.
La señora Winchester se recoge detrás de la oreja un reluciente mechón de cabello rubio dorado. La melena, con un estiloso corte bob, le llega a la barbilla y le disimula la papada. Tiene treinta y muchos años y, si llevara un peinado y un atuendo distintos, su aspecto sería de lo más vulgar. Sin embargo, se vale de su considerable fortuna para sacarse todo el partido posible. Eso no deja de tener su mérito.
Yo he adoptado un enfoque totalmente contrario respecto a mi apariencia. Aunque la mujer sentada ante mí debe de llevarme unos diez años, no quiero que se sienta amenazada. Por eso, he elegido para la entrevista una falda larga de lana gruesa que adquirí en una tienda de ropa de segunda mano y una blusa blanca de poliéster con mangas abullonadas. Llevo la cabellera rubia trigueña recogida hacia atrás en un austero moño. Incluso me he comprado unas enormes e innecesarias gafas de concha que en este momento descansan sobre mi nariz. Me confieren un aspecto profesional y en absoluto atractivo.
—En cuanto al trabajo —dice ella—, consistiría sobre todo en limpiar y en preparar comidas sencillas, si te animas. ¿Eres buena cocinera, Millie?
—Sí, lo soy. —Mi soltura en la cocina constituye el único punto de mi currículum que no es mentira—. Una cocinera excelente.
Le brillan los ojos azul celeste.
—¡Eso es estupendo! De verdad, casi nunca comemos buenos platos preparados en casa. —Suelta una risita nerviosa—. ¿Quién tiene tiempo para eso?
Me muerdo la lengua para no soltar algún comentario borde. Nina Winchester no trabaja, tiene una única hija que se pasa todo el día en el cole y quiere contratar a alguien que limpie en vez de ella. Incluso he visto a un hombre que se encargaba de las labores de cuidado de las plantas en su enorme jardín delantero. ¿Cómo es posible que esta mujer no tenga tiempo para cocinarle algo a su pequeña familia?
No debería juzgarla. No sé nada acerca de su vida. Que sea rica no implica que sea una pija malcriada.
Pero si me obligaran a jugarme cien pavos, apostaría a que Nina Winchester es una pija malcriada de cuidado.
—Y también necesitaremos que nos ayudes de vez en cuando con Cecelia —añade la señora Winchester—. Llevarla a sus clases de la tarde, tal vez, o a casa de algún amiguito. Tienes coche, ¿verdad?
La pregunta por poco me arranca una carcajada. Sí, tengo coche; de hecho, es lo único que tengo en estos momentos. Mi Nissan de diez años, aparcado en la calle delante de su casa, es, además, mi residencia actual. He estado durmiendo en el asiento trasero durante el último mes.
Cuando llevas un mes viviendo en tu coche, tomas conciencia de lo importantes que son algunas de las pequeñas comodidades. Un retrete. Un lavabo. Poder estirar las piernas mientras duermes. Esto último es lo que más echo de menos.
—Sí, tengo coche —confirmo.
—¡Excelente! —La señora Winchester junta las manos con una palmada—. Te facilitaré un asiento para Cecelia, claro. Basta con ponerle un alzador. Todavía lo necesita, porque aún es bajita y pesa poco. La Academia de Pediatría recomienda…
Mientras Nina Winchester perora sobre los requisitos exactos de los asientos infantiles en función del peso y la estatura, aprovecho el momento para pasear la vista por el salón. El mobiliario es ultramoderno y el televisor de pantalla plana, sin duda de alta definición y con altavoces de sonido envolvente instalados en todos los recovecos de la estancia para una experiencia acústica óptima, es el más grande que he visto en mi vida. En un rincón de la sala hay una chimenea que parece utilizable, con la repisa cubierta de fotografías de los Winchester en sus viajes por todo el mundo. Alzo la vista hacia el techo, de una altura alucinante, que brilla a la luz de una centelleante araña.
—¿No crees, Millie? —dice la señora Winchester.
La miro, parpadeando. Intento rebobinar mis recuerdos para inferir qué acaba de preguntarme. Pero lo tengo borrado.
—¿Sí? —respondo.
Se pone muy contenta al ver que estoy de acuerdo con lo que sea que haya dicho.
—No sabes cuánto me alegra que opinemos igual.
—Faltaría más —digo, esta vez con más convicción.
Descruza y vuelve a cruzar sus un tanto fornidas piernas.
—Y, por supuesto, está el asunto de la remuneración —agrega—. Has visto el sueldo que ofrecemos en el anuncio, ¿no? ¿Te parece aceptable?
Trago saliva. La cifra que figura en la oferta de empleo me parece más que aceptable. Si yo fuera un personaje de dibujos animados, me habrían aparecido signos del dólar en los globos oculares cuando leí el anuncio. Pero la suma casi me disuadió de solicitar el trabajo. Nadie que tuviera tanto dinero y viviera en una casa como aquella se plantearía siquiera contratarme.
—Sí —contesto con la voz ahogada—. Está bien.
Ella arquea una ceja.
—Sabes que tendrías que vivir aquí, ¿verdad?
¿Me está preguntando si estoy dispuesta a abandonar el confort del asiento trasero de mi Nissan?
—Sí, lo sé.
—¡Fabuloso! —Se tira del dobladillo de la falda y se pone de pie—. Bueno, ¿qué tal una visita guiada, para que veas dónde te estás metiendo?
Yo también me levanto. Aunque ella lleva tacones y yo zapatos de suela plana, la señora Winchester solo me saca unos centímetros, pero da la impresión de ser mucho más alta.
—¡Me parece genial!
Me enseña hasta el último rincón, tan a conciencia que temo haber interpretado mal el anuncio y que en realidad ella sea una agente inmobiliaria que me quiere vender la finca. La verdad sea dicha, es una casa preciosa. Si yo tuviera cuatro o cinco millones de dólares quemándome en el bolsillo, se la quitaría de las manos. Además de la planta baja, que contiene el gigantesco salón y la cocina recién reformada, está el primer piso, que consta del dormitorio principal, donde duermen los Winchester; la habitación de su hija Cecelia; el despacho del señor Winchester y un cuarto de invitados que parece sacado del mejor hotel de Manhattan. La señora hace una pausa melodramática frente a la puerta siguiente.
—Y he aquí… —La abre de golpe—. ¡Nuestro cine particular!
Se trata de una auténtica sala de proyección dentro de casa, nada menos…, como si no bastara con el descomunal televisor de la planta baja. Contiene varias filas escalonadas de asientos dispuestos frente a una pantalla que ocupa una pared entera. Incluso hay una máquina de palomitas en un rincón.
Al cabo de un momento, me percato de que la señora Winchester me mira como esperando una reacción por mi parte.
—¡Guau! —exclamo con lo que espero que sea un grado apropiado de entusiasmo.
—¿A que es fantástico? —Se estremece de gusto—. Y tenemos una biblioteca entera de películas de donde elegir. Además de todos los canales y servicios de streaming habituales, claro.
—Claro —digo.
Tras salir de la sala, llegamos frente a una última puerta, al fondo del pasillo. Nina se detiene un momento, con la mano en el pomo.
—¿Esta sería mi habitación? —pregunto.
—Algo así… —Hace girar el tirador con un fuerte chirrido. No puedo evitar fijarme en que la madera de esa puerta es mucho más gruesa que la de las demás. Al otro lado del vano, hay una escalera en penumbra—. Tu habitación está arriba. También tenemos un desván habitable.
La escalera estrecha y oscura es algo menos glamurosa que el resto de la casa. ¿Tanto les costaría instalar una lámpara ahí? Pero yo no soy más que la empleada doméstica. Lo raro sería que gastara tanto dinero en mi habitación como en su cine particular.
En lo alto de las escaleras hay un pasillo corto y angosto. A diferencia de lo que ocurre en la planta baja, aquí el techo es peligrosamente bajo. Aunque no soy una mujer alta ni mucho menos, casi siento la necesidad de agacharme.
—Tienes tu propio baño. —Señala con la cabeza una puerta a la izquierda—. Y esta de aquí sería tu habitación.
Abre de un empujón la última puerta. El interior está totalmente a oscuras hasta que tira de un cordón y el cuarto se ilumina.
Es diminuto. Lo mire por donde lo mire. Para colmo, el techo está inclinado, debido a la vertiente del tejado. En el otro extremo, me llega como a la cintura. A diferencia del dormitorio principal de los Winchester, que contiene una cama doble extragrande, amplios guardarropas y un tocador de castaño, en esta habitación no hay más que un catre, una estantería de media altura y una cómoda. La iluminación procede de dos bombillas desnudas que penden del techo.
Es un cuarto modesto, pero me va bien. Si fuera demasiado bonito, sabría con absoluta certeza que este empleo está fuera de mi alcance. El hecho de que sea tan cutre tal vez indique que su nivel de exigencia es lo bastante bajo para que exista una posibilidad minúscula, ínfima, de que lo consiga.
Pero hay algo más en esta habitación, algo que me da mal rollo.
—No es muy grande, lo siento. —La señora Winchester adopta una expresión ceñuda—. Pero aquí disfrutarás de mucha privacidad.
Me acerco a la única ventana. Al igual que la habitación, es pequeña. Apenas más grande que mi mano. Da al jardín trasero. Ahí, un paisajista —el mismo que vi en el jardín delantero— recorta un seto con unas podaderas enormes.
—Bueno, ¿qué me dices, Millie? ¿Te gusta?
Aparto la vista de la ventana y la poso en el sonriente rostro de la señora Winchester. Aún no consigo identificar la causa de mi desazón. Algo en este dormitorio me provoca un nudo de angustia en la boca del estómago.
Tal vez sea el ventanuco. Está orientado hacia la parte posterior de la casa. Si me encontrara en algún apuro y quisiera captar la atención de alguien, aquí detrás no se me vería. Por más que me desgañitara, nadie me oiría.
Pero ¿a quién pretendo engañar? Sería una suerte para mí alojarme en esta habitación, con baño propio y la posibilidad de estirar las piernas al máximo. El minúsculo catre parece tan acogedor en comparación con mi coche que me entran ganas de llorar.
—Es perfecto —digo.
La señora Winchester se muestra extasiada ante mi respuesta. Me guía de nuevo por la oscura escalera hasta el primer piso de la casa y, cuando salgo al pasillo, expulso el aire que no era consciente de estar conteniendo. Había algo aterrador en aquella habitación, pero, si me las apaño para conseguir este empleo, lo soportaré.
Por fin se me relajan los hombros y, cuando mis labios se disponen a formular otra pregunta, oigo una voz a nuestra espalda.
—¿Mami?
Me paro en seco y, al volverme, veo a una niñita de pie en el pasillo, detrás de nosotras. Tiene los ojos azul celeste, como Nina Winchester, pero aún más claros, y el cabello de un rubio casi platino. Lleva un vestido azul muy pálido ribeteado de encaje blanco. Me contempla con fijeza, y siento que su mirada penetra hasta el fondo de mi alma.
Me hace pensar en esas películas sobre sectas aterradoras formadas por niños que leen la mente, adoran al diablo y viven en campos de maíz o sitios por el estilo. Si estuvieran buscando actores para una de ellas, esta cría conseguiría un papel sin necesidad de presentarse a un casting. Con solo echarle un vistazo, dirían: «Sí, tú serás la niña siniestra número tres».
—¡Cece! —exclama la señora Winchester—. ¿Has vuelto ya de tu clase de ballet?
La chiquilla asiente despacio.
—Me ha traído la madre de Bella.
La señora Winchester la abraza por los estrechos hombros, pero la mocosa no cambia la expresión en ningún momento ni despega de mí sus ojos azul pálido. ¿Temer que esta niña de nueve años vaya a asesinarme es un síntoma de algo malo?
—Esta es Millie —le dice la señora Winchester a su hija—. Millie, te presento a mi hija Cecelia.
Los ojos de la pequeña Cecelia son como dos lagunas.
—Mucho gusto, Millie —saluda cortésmente.
Calculo que hay una probabilidad de al menos un veinticinco por ciento de que me liquide mientras duermo si consigo este trabajo. Aun así, lo quiero.
La señora Winchester le planta un beso en la rubia coronilla, y la cría se va corriendo a su habitación. Seguro que ahí dentro tiene una tétrica casa de muñecas que cobran vida por la noche. A lo mejor es una de ellas quien acaba por matarme.
De acuerdo, mi actitud resulta absurda. Sin duda se trata de una criatura adorable. No es culpa suya que la hayan vestido como a una espeluznante niña fantasma victoriana. Además, en general, me encantan los chiquillos, aunque tampoco es que haya interactuado con ellos en la última década.
En cuanto regresamos a la planta baja, la tensión abandona mi cuerpo. La señora Winchester se comporta de un modo bastante amable y normal —para ser una mujer tan rica—, y parlotea sobre la casa, su hija y cuáles serían mis responsabilidades, aunque apenas la escucho. Solo sé que me encantaría currar aquí. Daría el brazo derecho por conseguir el empleo.
—¿Hay algo que quieras preguntarme, Millie? —inquiere.
Niego con la cabeza.
—No, señora Winchester.
Chasquea la lengua.
—Por favor, llámame Nina. Si vas a trabajar aquí, me sentiré muy ridícula si me llamas «señora Winchester». —Se ríe—. Ni que fuera una señorona adinerada.
—Gracias…, Nina —digo.
Su rostro resplandece, aunque podría ser por las algas, la piel de pepino o lo que sea que los ricos se apliquen en la cara. Nina Winchester es el tipo de mujer que se hace tratamientos en spas con regularidad.
—Esto me da muy buenas vibraciones, Millie. De verdad.
Me cuesta no dejarme arrastrar por su entusiasmo, no albergar un rayo de esperanza cuando me estrecha la mano de palma áspera con la suya, tersa como la de un bebé. Quiero creer que, en los próximos días, Nina Winchester me llamará para ofrecerme la oportunidad de trabajar en su casa y abandonar por fin el Nissan Palace. Me muero de ganas de creerlo.
No obstante, Nina será muchas cosas, pero no es tonta. No va a contratar a una mujer para que se instale en su hogar, se ocupe de las tareas domésticas y cuide de su hija sin antes realizar una sencilla comprobación de antecedentes. Y en cuanto lo haga…
Trago saliva.
Nina Winchester se despide cordialmente de mí frente a la puerta principal.
—Muchas gracias por venir, Millie. —Alarga el brazo para otro apretón de manos—. Te prometo que pronto recibirás noticias mías.
No las recibiré. Es la última vez que pongo un pie en esta magnífica residencia. Ni siquiera debería haber venido. En vez de hacernos perder el tiempo a las dos, habría debido presentarme a una entrevista para un puesto que tuviera alguna posibilidad de obtener. A lo mejor algo en el sector de la comida rápida.
El paisajista que he visto desde la ventana del desván vuelve a estar en el jardín delantero. Aún empuña la podadera gigante, con la que le da forma a uno de los setos plantados justo enfrente de la casa. Es un tipo corpulento, con una camiseta que le resalta la impresionante musculatura y a duras penas oculta los tatuajes que le adornan la parte superior de los brazos. Se recoloca la gorra de béisbol y, por unos instantes, despega de la herramienta los ojos negros, negrísimos, para posarlos en mí, desde el otro extremo del jardín.
Levanta la mano a modo de saludo.
—Buenas —contesto.
El hombre se queda mirándome. No me responde. Tampoco me dice: «No me pises los arriates». Se limita a observarme en silencio.
—Yo también estoy encantada de conocerte —mascullo por lo bajo.
Salgo por la verja metálica electrónica que circunda la finca y me dirijo con paso cansino a mi coche-casa. Vuelvo la mirada por última vez hacia el paisajista, que no me quita los ojos de encima. Algo en su expresión me provoca un escalofrío. De pronto, sacude la cabeza de forma casi imperceptible, casi como si intentara advertirme de algo.
Pero no dice una palabra.