La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 2
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Cuando vives en tu coche, debes llevar una existencia lo más sencilla posible.
Para empezar, olvídate de organizar grandes veladas, cenas de picoteo o timbas de póquer. Esto no me afecta mucho, pues de todos modos no tengo a nadie a quien invitar. Mi mayor problema es dónde ducharme. Tres días después de que me desalojaran de mi estudio, cosa que ocurrió tres semanas después de que me despidieran del trabajo, descubrí un área de descanso con duchas. Por poco me eché a llorar de alegría cuando la vi. Sí, en esas duchas uno tiene muy poca privacidad y se respira un ligero olor a residuos humanos, pero en aquel momento estaba desesperada por lavarme.
En estos momentos, disfruto de mi almuerzo en el asiento posterior del vehículo. Aunque dispongo de un hornillo eléctrico que se enchufa al encendedor para las ocasiones especiales, por lo general me alimento a base de sándwiches. Sándwiches a mansalva. Tengo una nevera portátil en la que guardo los fiambres y el queso, así como un paquete de pan blanco que me costó noventa y nueve centavos en el súper. Y luego están los snacks, claro. Bolsas de patatas. Galletas saladas con mantequilla de cacahuete. Pastelitos industriales. Las opciones poco sanas son incontables.
Hoy toca jamón con queso amarillo y un poco de mayonesa. Con cada bocado, me esfuerzo por no pensar en lo harta que estoy de los sándwiches.
Cuando he conseguido deglutir a duras penas la mitad de este, me suena el móvil en el bolsillo. Tengo uno de esos prepago plegables que solo usan las personas que piensan cometer un delito o que han retrocedido quince años en el tiempo. Pero necesito un teléfono, y este es el único que he podido permitirme.
—¿Wilhelmina Calloway? —pregunta una voz femenina entrecortada al otro lado de la línea.
Tuerzo el gesto al oír mi nombre completo. Wilhelmina era mi abuela por parte de padre, fallecida hace muchos años. No sé qué clase de psicópatas son capaces de ponerle Wilhelmina a su hija, pero ya no me hablo con mis padres (ni ellos conmigo, por cierto), así que es un poco tarde para preguntárselo. De cualquier modo, casi todo el mundo me conoce como Millie, y procuro corregir de inmediato a quien me llama de otra manera. Sin embargo, en este caso tengo la sensación de que quien me ha telefoneado no es alguien que vaya a tratarme por mi nombre de pila en un futuro cercano.
—¿Sí…?
—Señorita Calloway —dice la mujer—. Soy Donna Stanton, de Munch Burgers.
Ah, ya. Munch Burgers, el garito de comida rápida grasienta donde me hicieron una entrevista hace unos días. La idea era que empezara preparando hamburguesas o cobrando los pedidos, pero, si me esforzaba, tenía posibilidades de ascender. Y, lo que era aún mejor, podría ganar lo suficiente para dejar de vivir en mi coche.
Para mí lo ideal sería trabajar para la familia Winchester, claro. Pero ya ha pasado una semana entera desde mi entrevista con Nina. Puedo decir sin temor a equivocarme que no he conseguido el empleo de mis sueños.
—Solo quería comunicarle —prosigue la señorita Stanton— que ya hemos cubierto la plaza vacante en Munch Burgers. Pero le deseamos suerte en su búsqueda de empleo.
El jamón y el queso amarillo se me revuelven en el estómago. Había leído en internet que Munch Burgers no tenía una política de contratación muy estricta, por lo que era posible que me dieran el trabajo aunque tuviera antecedentes. Es la última entrevista que he conseguido después de la que mantuve con la señora Winchester, quien no me ha vuelto a llamar…, y estoy desesperada. No puedo comerme un sándwich más en mi coche. Simplemente no puedo.
—Señorita Stanton —balbuceo—, me preguntaba si le sería posible colocarme en cualquier otro puesto. Soy muy trabajadora, de verdad. Y muy responsable. Siempre…
Me interrumpo. La señorita Stanton ha colgado.
Sostengo el sándwich con la mano derecha, y el móvil con la izquierda. No hay nada que hacer. Nadie quiere contratarme. Todos los que me entrevistan me miran con la misma cara. Lo único que pido es poder empezar de cero. Me dejaré el culo si hace falta. Estoy dispuesta a todo.
Pugno por contener las lágrimas, aunque en realidad no sé por qué me molesto. Nadie me verá llorar en el asiento trasero de mi Nissan. Ya no le importo a nadie. Mis padres se desentendieron de mí hace más de diez años.
El timbre del teléfono me arranca de mi orgía de autocompasión. Enjugándome los ojos con el dorso de la mano, pulso el botón verde para contestar.
—¿Sí? —digo con voz ronca.
—¿Hola? ¿Eres Millie?
La voz me suena de algo. Con el corazón brincándome en el pecho, me aprieto el móvil contra la oreja.
—Sí…
—Soy Nina Winchester. ¿Te acuerdas? Tuvimos una entrevista la semana pasada.
—Ah. —Me muerdo con fuerza el labio inferior. ¿Por qué me llama ahora? Ya daba por sentado que había encontrado a otra persona y había decidido no informarme al respecto—. Sí, claro.
—Pues, si estás interesada, nos gustaría ofrecerte el puesto.
Noto que me sube tanta sangre a la cabeza que casi me mareo. «Nos gustaría ofrecerte el puesto». ¿Lo dice en serio? Que me contrataran en Munch Burgers entraba dentro de lo creíble, pero me parecía de todo punto inverosímil que una mujer como Nina Winchester me invitara a su casa. Y a vivir, nada menos.
¿Es posible que no haya comprobado mis referencias? ¿Que no haya realizado una simple verificación de mis antecedentes? A lo mejor está tan ocupada que no ha encontrado el momento. Quizá sea una de esas mujeres que se precian de dejarse llevar por la intuición.
—¿Millie? ¿Sigues ahí?
Caigo en la cuenta de que llevo un rato en silencio. Así de pasmada estoy.
—Sí, sigo aquí.
—Entonces ¿te interesa el trabajo?
—Sí. —Intento no mostrar unas ansias desmedidas—. Pues claro que me interesa. Me encantaría trabajar para ti.
—Trabajar conmigo —me corrige Nina.
Se me escapa una carcajada ahogada.
—Eso. Claro.
—Bueno, ¿cuándo empiezas?
—Hum…, ¿cuándo te gustaría que empezara?
—¡Lo antes posible! —Me da envidia la risa desenfadada de Nina, tan distinta de la mía. Ojalá pudiera intercambiarme por ella con solo chasquear los dedos—. ¡Tenemos un montón de ropa por doblar!
Trago saliva.
—¿Qué tal mañana?
—¡Sería genial! Pero ¿no necesitas tiempo para preparar tu equipaje?
No quiero decirle que ya tengo todas mis pertenencias en el maletero.
—Soy muy rápida.
Se ríe de nuevo.
—Me encanta tu buena disposición, Millie. Estoy deseando que trabajes aquí.
Mientras concreto con Nina los planes para mañana, me pregunto si ella opinaría lo mismo sobre mí si supiera que me he pasado los últimos diez años de mi vida en la cárcel.