La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 3

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Llego a la residencia de los Winchester a la mañana siguiente, cuando Nina ya ha llevado a Cecelia a la escuela. Aparco frente a la verja de metal que rodea el terreno. Nunca antes había estado, y mucho menos vivido, en una casa protegida por una cerca como esa, pero, al parecer, en esta urbanización pija de Long Island todas las casas están valladas. Teniendo en cuenta los bajos índices de delincuencia de la zona, me parece una exageración, pero ¿quién soy yo para juzgar? Si me dieran a elegir entre una finca con verja y otra idéntica pero sin verja, también me inclinaría por la primera.

Cuando llegué ayer, la verja estaba abierta, pero hoy me la encuentro cerrada. Con llave, por lo visto. Me quedo ahí parada, con las dos bolsas de lona a mis pies, preguntándome cómo voy a entrar. No parece haber un timbre o un portero automático. Sin embargo, el paisajista vuelve a estar en el jardín, acuclillado sobre la tierra, pala en mano.

—¡Disculpa! —le grito.

El hombre echa un vistazo hacia mí por encima del hombro antes de continuar cavando. Qué majo.

—¡Disculpa! —vuelvo a decir, en voz lo bastante alta para que no pueda seguir pasando de mí.

Esta vez se endereza, despacio, muy despacio. Con toda la pachorra del mundo, atraviesa el extenso jardín delantero hasta la entrada de la verja. Se quita los gruesos guantes de látex y me mira arqueando las cejas.

—¡Hola! —saludo, intentando disimular mi irritación—. Me llamo Millie Calloway, y es mi primer día de trabajo aquí. Estoy buscando el modo de entrar, porque la señora Winchester me espera.

Se queda callado. Desde el otro extremo del jardín, solo me había fijado en su corpulencia —me saca al menos una cabeza, y tiene los bíceps tan gruesos como mis muslos—, pero de cerca me percato de que está bastante bueno, en realidad. De unos treinta y pico años, tiene el cabello color azabache empapado de sudor, la tez olivácea y unas facciones duras pero atractivas. No obstante, su rasgo más llamativo son sus ojos, de un negro tan oscuro que no distingo la pupila del iris. Algo en su mirada me hace retroceder un paso.

—Bueno, eh…, ¿me ayudas? —pregunto.

El hombre abre la boca por fin. Temo que me pida que me largue o que le muestre una identificación, pero, en vez de ello, me suelta una parrafada en italiano. Al menos creo que es italiano. No sé una palabra de ese idioma, pero una vez vi una película italiana con subtítulos y sonaba más o menos así.

—Ah —digo cuando concluye su monólogo—. Así que… ¿no hablas mi idioma?

—¿Tu idioma? —contesta con un acento tan marcado que me queda claro lo que va a responder—. No, no hablo.

Genial. Me aclaro la garganta, buscando las palabras más indicadas para expresar lo que tengo que decirle.

—El caso es que yo… —Me señalo el pecho—. Trabajo para la señora Winchester. —Señalo la casa—. Y necesito… entrar. —Por último, señalo la cerradura de la puerta—. Entrar.

Se limita a contemplarme con el ceño fruncido. Estupendo.

Me dispongo a sacar el móvil para llamar a Nina cuando él se dirige hacia un lado, pulsa algún tipo de interruptor y las puertas empiezan a girar sobre sus bisagras, casi a cámara lenta.

Una vez que están abiertas, alzo la vista un momento hacia la casa que será mi hogar, al menos en el futuro inmediato. Consta de dos plantas además del desván y parece tan extensa como una manzana de casas de Brooklyn. Es de un blanco casi cegador —tal vez está recién pintada—, y diría que el estilo arquitectónico es contemporáneo, pero qué sabré yo. Solo sé que, al parecer, la gente que vive aquí no tiene idea de qué hacer con tanto dinero.

Me agacho para recoger una de mis bolsas, pero el tío se me adelanta, levanta las dos sin soltar ni un gruñido y las lleva hasta la puerta principal. Pesan mucho —contienen literalmente todo lo que poseo aparte de mi coche—, así que le estoy agradecida por ahorrarme el esfuerzo.

Merci —digo.

Me mira con cara rara. Ahora que lo pienso, a lo mejor eso no era italiano. Bueno, mala suerte.

Me apunto otra vez al esternón con el dedo.

—Millie —digo.

—Millie. —Asintiendo en señal de comprensión, se señala el pecho a su vez—. Yo soy Enzo.

—Encantada de conocerte —añado, algo cohibida, aunque sé que no me entenderá. Pero, por Dios, si vive y trabaja aquí, algo de inglés tiene que haber aprendido.

Piacere di conoscerti —contesta.

Por toda respuesta, muevo la cabeza afirmativamente. Hasta aquí llega mi intento de confraternizar con el paisajista.

—Millie —repite con su fuerte acento italiano. Parece querer decirme algo, pero tiene dificultades con el idioma—. Tú…

Enzo susurra una palabra en italiano, pero, en cuanto oímos que se descorre el pestillo de la puerta principal, regresa a toda prisa al lugar del jardín delantero donde estaba acuclillado y se pone a trabajar a destajo. A duras penas he pillado la palabra que ha dicho. Pericolo. Vete tú a saber qué significa. A lo mejor me estaba pidiendo un refresco. «Peri Cola…, ¡ahora con un toque de lima!».

—¡Millie! —Nina parece entusiasmada de verme. Tanto que se me echa encima y me estruja en un abrazo—. No sabes cuánto me alegro de que hayas decidido aceptar el empleo. Es que me dio la sensación de que tú y yo habíamos conectado, no sé si me explico.

Eso me imaginaba. Tuvo una «corazonada» sobre mí, así que no se molestó en hacer indagaciones. Ahora solo falta que no le dé motivos para desconfiar de mí. Debo convertirme en la empleada perfecta.

—Sí, te entiendo. Yo siento lo mismo.

—¡Pues adelante, pasa!

Nina me toma del brazo y me guía al interior de la casa, ajena al esfuerzo que me supone cargar con mis dos piezas de equipaje. Aunque desde luego no esperaba que me ayudara con ellas, ni que se le pasara siquiera por la cabeza.

Cuando cruzo el umbral, no puedo evitar fijarme en que la casa presenta un aspecto distinto que cuando vine por primera vez, para la entrevista. Muy distinto. En aquella ocasión, la residencia de los Winchester estaba inmaculada; todas las superficies de la sala estaban tan limpias que se podía comer en ellas. Ahora, el sitio parece una pocilga. Sobre la mesa de centro, frente al sofá, hay seis vasos llenos hasta alturas diversas de líquidos pringosos, una decena de periódicos y revistas arrugados y una caja de pizza medio aplastada. Veo ropa y basura desperdigadas por todo el salón, y los restos de la cena de anoche aún descansan sobre la mesa del comedor.

—Como puedes comprobar —dice Nina—, era urgente que vinieras.

Así que Nina Winchester es una dejada; ese era su secreto. Me llevará horas adecentar mínimamente este lugar. Quizá días. Pero no pasa nada; estaba ansiosa por dejarme la piel en un trabajo honrado. Y me gusta que esta mujer me necesite. Si consigo volverme imprescindible para ella, será menos probable que me despida cuando descubra la verdad…, si algún día llega a descubrirla.

—Deja que guarde mis cosas —le respondo— y enseguida me pongo a recoger todo esto.

Nina exhala un suspiro de alegría.

—Eres un milagro, Millie. No sabes cuánto te lo agradezco. Ah… —Agarra su bolso, que está sobre la encimera, y, tras hurgar en él unos instantes, saca un iPhone último modelo—. Te he comprado esto. No he podido evitar fijarme en que tienes un teléfono muy anticuado. Quiero que cuentes con un móvil fiable por si necesito comunicarme contigo.

Con dedos vacilantes, cojo el flamante iPhone.

—Vaya. Es muy generoso por tu parte, pero no puedo permitirme contratar un…

Ella le resta importancia con un gesto.

—Te he añadido a nuestro plan familiar. Me ha salido casi gratis.

¿Casi gratis? Tengo la sensación de que su definición de estas dos palabras está muy alejada de la mía.

Cuando me dispongo a protestar de nuevo, unas pisadas resuenan en la escalera que tengo detrás. Al volverme, advierto que un hombre con un traje de oficina gris está bajando por ella. En el momento en que me ve aquí, de pie en el salón, se para en seco en el último peldaño, como sorprendido por mi presencia. Abre aún más los ojos cuando repara en mi equipaje.

—¡Andy! —lo llama Nina—. ¡Ven, que te presento a Millie!

Debe de tratarse de Andrew Winchester. Cuando busqué información sobre la familia Winchester en Google, por poco se me salieron los ojos de las órbitas al leer cuál era su patrimonio neto. Después de ver todos esos signos de dólar, me pareció más comprensible que tuviera una sala de cine en casa y la finca rodeada por una verja. Es un hombre de negocios que tomó las riendas de la próspera empresa de su padre y ha duplicado los beneficios desde entonces. Pero, a juzgar por su cara de sorpresa, deja buena parte de los asuntos domésticos en manos de su esposa, quien al parecer se ha olvidado por completo de avisarle de que ha contratado a una asistenta interna.

—Hola… —El señor Winchester entra en el salón con el entrecejo fruncido—. Millie, ¿verdad? Perdona, no sabía que…

—¡Por Dios, Andy, pero si te había hablado de ella! —Nina ladea la cabeza—. Te dije que necesitábamos a alguien que nos ayudara con la limpieza, la cocina y Cecelia. ¡Estoy segura de que te lo comenté!

—Ya, bueno. —Por fin relaja el semblante—. Bienvenida, Millie. Un poco de ayuda no nos vendrá nada mal, desde luego.

Andrew Winchester me tiende la mano. Resultaría difícil pasar por alto lo asombrosamente guapo que es. Tiene unos ojos castaños de mirada penetrante, una abundante cabellera de color caoba y un hoyuelo muy sexy en la barbilla. También resultaría difícil pasar por alto que su nivel de atractivo es bastante superior al de su esposa, pese a que ella va arreglada de forma impecable. Después de todo, al hombre le salen los billetes por las orejas. Podría estar con cualquier mujer que deseara. Me parece admirable que no haya elegido como pareja a una supermodelo de veinte años.

Me guardo el móvil nuevo en el bolsillo de los vaqueros y alargo el brazo para estrecharle la mano.

—Un placer conocerle, señor Winchester.

—Por favor, llámame Andrew —dice con una sonrisa cordial.

Cuando él pronuncia estas palabras, una expresión fugaz cruza el rostro de Nina Winchester. Frunce los labios y entorna los párpados. No entiendo muy bien por qué. Ella también me invitó a llamarla por el nombre de pila. Además, Andrew Winchester no me está devorando con los ojos ni nada por el estilo. Me mira respetuosamente a la cara sin bajar la vista más allá del cuello. Tampoco es que haya gran cosa que ver: aunque hoy he pasado de ponerme las gafas de concha sin graduación, llevo una blusa discreta y unos vaqueros cómodos, por ser mi primer día de trabajo.

—En fin —dice Nina—, ¿no tenías que irte a la oficina, Andy?

—Ah, sí. —Se endereza la corbata gris—. Tengo una reunión a las nueve y media en la ciudad. Más vale que me dé prisa.

Andrew le da un largo beso en los labios a Nina y un apretón en el hombro. Por lo poco que he visto, forman un matrimonio muy bien avenido. Además, Andrew parece bastante campechano para ser un tipo que posee una fortuna de ocho cifras. Me enternece el beso que le lanza desde el umbral. No cabe duda de que es un hombre que ama a su esposa.

—Tu marido parece simpático —le comento a Nina cuando la puerta se cierra tras él.

Vuelve a asomarle a los ojos una mirada sombría y suspicaz.

—¿Tú crees?

—Bueno, sí. —Titubeo—. O sea, me ha dado la impresión… ¿Cuánto tiempo lleváis casados?

Nina me observa con aire pensativo.

—¿Y tus gafas? —dice, en vez de responder a mi pregunta.

—¿Qué?

Levanta una ceja.

—Durante la entrevista llevabas gafas, ¿no?

—Ah. —Me encojo de vergüenza, reacia a reconocer que las gafas eran de pega, un intento de parecer más seria e inteligente y, sí, menos atractiva y amenazadora—. Es que…, esto…, llevo lentillas.

—¿De veras?

No sé por qué le he mentido. Debería haberle dicho que tengo muy poca miopía, pero, en lugar de ello, he tenido que rizar el rizo inventándome unas lentes de contacto que en realidad no existen. Noto que Nina me escruta las pupilas, como buscándolas.

—¿Supone eso… un problema? —inquiero al fin.

Le tiembla un músculo bajo el ojo derecho. Por un momento, temo que va a pedirme que me largue, pero entonces relaja el rostro.

—¡Claro que no! Solo estaba pensando que esas gafas te sentaban muy bien. Estabas fantástica con ellas, deberías lucirlas más a menudo.

—Ya, bueno… —Con la mano temblorosa, agarro la correa de una de mis bolsas de lona—. Será mejor que suba mis cosas para ponerme manos a la obra.

Nina da una palmada.

—¡Excelente idea!

Nina tampoco se ofrece esta vez a ayudarme con el equipaje mientras ascendemos los dos tramos de escalera hasta el desván. Cuando vamos por la mitad del segundo, siento como si se me fueran a desprender los brazos, pero ella no muestra la menor intención de parar un momento para dejar que me ajuste bien las correas en el hombro. Cuando por fin dejo caer las bolsas en el suelo de mi nueva habitación, suelto un jadeo de alivio. Nina tira del cordón para encender las dos bombillas que iluminan aquel diminuto espacio.

—Espero que estés cómoda —dice—. He supuesto que preferirías instalarte aquí arriba, donde contarás con privacidad, además de con baño propio.

A lo mejor se siente culpable por alojarme en un cuarto apenas más grande que un armario para escobas teniendo desocupada la gigantesca habitación de invitados. Pero no me importa. Para mí cualquier cosa más grande que el asiento trasero de mi coche es como un palacio. Me muero de ganas de dormir aquí esta noche. Me inunda una gratitud obscena.

—Es perfecto —declaro con sinceridad.

Además de la cama, la cómoda y la estantería, veo algo que había pasado por alto en la habitación en mi visita previa: una mininevera de unos treinta centímetros de alto. Está enchufada a la pared y emite un zumbido rítmico. Me agacho para abrirla. Dentro hay dos baldas. Sobre la superior descansan tres botellines de agua.

—Hidratarse bien es superimportante —asegura Nina, muy seria.

—Sí…

Sonríe al advertir mi expresión de perplejidad.

—Obviamente, es tu nevera, así que puedes guardar en ella lo que te plazca. Solo quería ahorrarte un poco de trabajo.

—Gracias. —No es tan raro. Algunas personas dejan pastillas de menta sobre las almohadas. Nina deja tres botellines de agua en el frigo.

—En fin… —Se frota las manos contra los muslos, aunque las tiene impolutas—. Te dejo para que deshagas las bolsas y luego te pongas a arreglar la casa. Voy a prepararme para la reunión de la AMPA de mañana.

—¿La AMPA?

—La Asociación de Madres y Padres de Alumnos. —Me dedica una sonrisa radiante—. Soy la vicepresidenta.

—Qué bien —comento, porque sé que es lo que Nina quiere oír. Es muy fácil de complacer—. Lo guardo todo en un momento y me pongo a ello.

—Te lo agradezco mucho. —Me roza un momento el brazo desnudo con los dedos, calientes y secos—. Me estás salvando la vida, Millie. Estoy muy contenta de que hayas venido.

Apoyo la mano en el pomo cuando Nina se dispone a salir de mi cuarto. Es entonces cuando caigo en ello. Por fin me percato de qué es lo que me ha dado mal rollo de esta habitación desde el momento en que entré. Me recorre una sensación de náuseas.

—Nina…

—¿Hummm?

—¿Por qué…? —Me aclaro la garganta—. ¿Por qué la cerradura de esta puerta está por fuera en vez de por dentro?

Nina baja la mirada hacia el pomo, como si reparara en ello por primera vez.

—¡Ah! Lo siento mucho. Antes usábamos este cuarto como trastero, así que, lógicamente, queríamos cerrarlo por fuera. Pero después lo acondicionamos como dormitorio para el servicio y supongo que no se nos ocurrió cambiar la cerradura de sitio.

Si alguien quisiera encerrarme aquí dentro, le resultaría muy fácil. Además, solo hay una ventana, que da al jardín trasero. La habitación podría convertirse en una trampa mortal.

Por otro lado, ¿por qué iba alguien a querer encerrarme aquí?

—¿Me facilitarás la llave de la habitación? —pregunto.

Ella se encoge de hombros.

—Ni siquiera sé muy bien dónde está.

—Me gustaría disponer de una copia.

Posa en mí los ojos azules entornados.

—¿Por qué? ¿Es que piensas guardar aquí algo que no quieres que veamos?

Me quedo boquiabierta.

—No…, nada, pero…

Nina echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada.

—Estoy de guasa. ¡Es tu habitación, Millie! Si quieres una llave, te la conseguiré. Te lo prometo.

A veces me da la impresión de que Nina tiene doble personalidad. Pasa del calor al frío en un momento. Aunque afirme que era broma, no estoy tan segura. En el fondo, da igual. No tengo otras perspectivas de empleo, y este me ha venido como agua de mayo. Me aseguraré de que esto funcione, cueste lo que cueste. Conseguiré que Nina Winchester me adore.

En cuanto Nina sale de mi cuarto, cierro la puerta tras ella. Me gustaría echar la llave, pero no puedo, por razones obvias.

En ese momento, descubro unas marcas en la madera de la cara interior de la puerta; unas hendiduras largas y finas que van de arriba abajo, más o menos a la altura de mis hombros. Deslizo los dedos por las hendiduras. Casi parecen…

Arañazos. Como si alguien hubiera rayado la puerta con las uñas.

Como intentando salir.

No, eso es absurdo. Me estoy poniendo paranoica. A veces a la madera vieja le salen grietas sin ningún motivo siniestro.

De pronto, el ambiente en el cuarto me resulta insoportablemente caluroso y sofocante. En un rincón hay una caldera pequeña que sin duda mantiene una temperatura agradable en invierno, pero caldea demasiado el aire en los meses más cálidos. Tendré que comprarme un ventilador e instalarlo frente a la ventana. Aunque este espacio es mucho más amplio que el interior de mi coche, no deja de ser bastante reducido; de hecho, no me sorprende que lo utilizaran para almacenar trastos. Me paseo por la habitación, abriendo los cajones para comprobar su tamaño. Hay un diminuto armario exento en el que apenas cabrán los pocos vestidos que tengo. Está vacío, salvo por un par de perchas y un pequeño cubo de plástico azul en el rincón.

Intento abrir la pequeña ventana para que entre un poco de aire fresco, pero, por más que tiro de ella, no se mueve un milímetro. La inspecciono más de cerca con los ojos entrecerrados. Deslizo el dedo por el marco de la ventana. Al parecer, está pegada a él por la pintura.

Tengo una ventana, pero no se abre.

Le preguntaría a Nina al respecto, pero no quiero quedar como una quejica en mi primer día de trabajo. Quizá se lo comente la semana que viene. No creo que querer una ventana que se pueda utilizar sea demasiado pedir.

Enzo, el paisajista, está ahora mismo en el jardín trasero, pasando el cortacésped. Se detiene un momento para enjugarse el sudor de la frente con el musculoso antebrazo y alza la mirada. Al vislumbrarme a través del ventanuco sacude la cabeza, como en nuestro primer encuentro. Recuerdo la palabra que me susurró en italiano antes de que entrara en la casa. Pericolo.

Me saco el móvil nuevecito del bolsillo. La pantalla cobra vida en cuanto la toco y se llena de pequeños iconos relacionados con mensajes de texto, llamadas y el tiempo. En la época en que ingresé en la cárcel, los teléfonos de este tipo no eran tan habituales, y no he podido permitirme uno desde que salí. Sin embargo, un par de las chicas de los centros de reinserción en los que me alojé al principio tenían móviles parecidos, así que más o menos me defiendo con ellos. Sé qué icono hay que pulsar para abrir un navegador.

En el cuadro de búsqueda, escribo: «Traducir pericolo». Debe de haber poca cobertura aquí en el desván, porque el resultado tarda mucho en cargarse. Casi un minuto después, la traducción de pericolo aparece por fin en la pantalla:

«Peligro».

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