La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 4

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Me paso las siguientes siete horas limpiando.

La casa no estaría más cochambrosa si Nina la hubiera ensuciado aposta. Todas las habitaciones están hechas un asco. En la caja de encima de la mesa de centro aún hay dos porciones de pizza, y una sustancia pegajosa y hedionda se ha filtrado a través del fondo, de modo que el cartón se ha quedado pegado a la mesa. Tras una hora de remojo y treinta minutos de restregar a conciencia, consigo dejar la mesa limpia.

Lo que está peor es la cocina. Además de lo que sea que haya dentro del cubo de basura, hay dos bolsas rebosantes de desperdicios. Una de ellas tiene un desgarrón en la parte inferior, por lo que, cuando la levanto para llevarla fuera, el contenido se desparrama por el suelo. Y el olor no es repulsivo, sino lo siguiente. Me dan arcadas, pero por fortuna no devuelvo el almuerzo.

Al ver la enorme pila de platos sucios que se eleva en el fregadero, me pregunto qué le costaba a Nina meterlos en su lavavajillas de última generación, hasta que lo abro y descubro que también está abarrotado de cacharros grasientos. Salta a la vista que esa mujer no es partidaria de pasarle un papel o un cepillo a la vajilla antes de colocarla en la máquina. Por lo visto, tampoco es partidaria de encenderla. Al final hacen falta tres cargas para dejarlo todo limpio. Lavo a mano las ollas y sartenes, muchas de las cuales tienen comida incrustada desde hace días.

Hacia media tarde, he conseguido dejar la cocina más o menos presentable. Estoy orgullosa de mí misma. Es mi primera jornada de trabajo duro desde que me despidieron del bar (por motivos del todo injustos, pero así es mi vida actual), y me siento genial. Lo único que quiero es seguir trabajando aquí. Bueno, y tal vez contar con una ventana que se abra en mi habitación.

—¿Quién eres?

Una vocecita me sobresalta cuando estoy vaciando la última carga del lavavajillas. Me vuelvo de golpe, y Cecelia está de pie a mi espalda, con los ojos azul celeste clavados en mí y ataviada con un vestido blanco de volantes que la hace parecer una muñequita. Para ser más exactos, una muñeca terrorífica como la de La dimensión desconocida, que habla y mata gente.

Ni siquiera la he visto entrar. Y Nina no anda por aquí. ¿De dónde habrá salido? Como resulte que en realidad lleva diez años muerta y es un fantasma, dejo el curro ahora mismo.

Bueno, tal vez no lo deje. Pero quizá pida un aumento.

—¡Hola, Cecelia! —saludo en tono animado—. Me llamo Millie. Desde hoy voy a trabajar en tu casa, limpiando y cuidándote cuando tu madre me lo pida. Espero que lo pasemos bien juntas.

Cecelia fija en mí sus ojos claros, parpadeando.

—Tengo hambre.

Me obligo a recordar que no es más que una chiquilla normal que a veces tiene hambre y sed, se pone de mal humor y va al baño.

—¿Qué te apetece comer?

—No lo sé.

—Bueno, ¿qué tipo de comida te gusta?

—No lo sé.

Aprieto los dientes. Cecelia ha pasado de ser una muñequita siniestra a transformarse en una niña irritante. Pero acabamos de conocernos. Estoy segura de que dentro de unas semanas seremos las mejores amigas.

—Vale, pues te prepararé una merienda.

Asintiendo, se encarama a uno de los taburetes que rodean la isla de la cocina. Vuelvo a sentir como si me atravesara con la mirada y leyera todos mis secretos. Ojalá se marchara al salón a ver dibujos animados en su televisor gigante en vez de quedarse aquí… observándome.

—Bueno, ¿qué te gusta ver en la tele? —pregunto con la esperanza de que pille la indirecta.

Frunce el ceño, como si la hubiera ofendido.

—Prefiero leer.

—¡Qué guay! ¿Y qué te gusta leer?

—Libros.

—¿Como cuáles?

—Como los que tienen palabras.

Ah, conque esas tenemos, Cecelia. Muy bien; si no quiere hablar de libros, puedo cambiar de tema.

—¿Acabas de volver del cole? —le pregunto.

Me mira, pestañeando.

—¿De dónde iba a venir si no?

—Pero… ¿cómo has regresado desde allí?

Cecelia suelta un bufido de exasperación.

—La madre de Lucy me ha recogido de la clase de ballet y me ha traído.

Hace unos quince minutos he oído a Nina moviéndose en el piso de arriba, así que doy por sentado que está en casa. Me pregunto si debería avisarla de que Cecelia ha llegado. Por otro lado, no quiero molestarla, y ocuparme de Cecelia es una de mis obligaciones.

Gracias a Dios, esta parece haber perdido todo interés en mí y está rebuscando algo en su mochila rosa pálido. En la despensa encuentro un paquete de galletitas Ritz y un bote de mantequilla de cacahuete. Unto unas cuantas galletas con ella, como hacía mi madre. Repetir esta operación que ella realizó tantas veces por mí me pone un poco nostálgica. Y triste. Nunca me imaginé que se desentendería de mí. «Estoy harta, Millie. Es la gota que colma el vaso».

Cuando termino de untar, corto un plátano en rodajas y coloco una sobre cada galleta. Me encanta la combinación de mantequilla de cacahuete y plátano.

—¡Tachán! —Deposito el plato sobre la encimera de la cocina para presentárselo a Cecelia—. ¡Galletas con crema de cacahuete y plátano!

Se le desorbitan los ojos.

—¿Crema de cacahuete y plátano?

—Está buenísimo, créeme.

—¡Soy alérgica a la crema de cacahuete! —Sus mejillas se tiñen de un rosa brillante—. ¡Si me como eso, podría morirme! ¿Estás intentando matarme?

Se me cae el alma a los pies. Nina no me había dicho una palabra sobre una alergia a la mantequilla de cacahuete. ¡Pero si tienen un tarro en su despensa! ¿Por qué guardan algo así en su casa si su hija padece una alergia mortal a los cacahuetes?

—¡Mamá! —chilla Cecelia, corriendo hacia las escaleras—. ¡La criada ha intentado hacerme daño con crema de cacahuete! ¡Socorro, mamá!

Cielo santo.

—¡Cecelia! —susurro—. ¡Ha sido sin querer! No sabía que fueras alérgica y…

Pero Nina ya está bajando los escalones a toda prisa. En contraste con el desorden que reina en su hogar, ella va impecable, con otro de sus conjuntos compuestos por falda y blusa blancas. El blanco es su color. Por lo visto, también el de Cecelia. Su atuendo hace juego con la casa.

—¿Qué pasa? —exclama Nina al llegar al pie de la escalera.

Me encojo de vergüenza cuando Cecelia se abalanza hacia su madre y le rodea el busto con los brazos.

—¡Quería darme crema de cacahuete, mami! Le he dicho que soy alérgica, pero no me ha hecho caso.

El pálido rostro de Nina se pone rojo.

—¿Es eso cierto, Millie?

—Yo… —Noto la garganta totalmente seca—. No sabía que fuera alérgica, te lo juro.

Nina arruga el entrecejo.

—Te comenté lo de sus alergias, Millie. Esto es intolerable.

No es verdad. En ningún momento me ha dicho que Cecelia sufra alergia a los cacahuetes. Me juego el pellejo a que no. Y, aunque me lo hubiera dicho, ¿por qué tiene un bote de mantequilla de cacahuete en la despensa, y para colmo en un lugar bien a la vista?

Pero ninguna de mis justificaciones la convencerá. En su cabeza, he estado a punto de matar a su hija. Veo cómo este empleo se me escurre entre los dedos.

—Lo siento muchísimo —consigo decir pese al nudo que tengo en la garganta—. Se me habrá pasado ese dato. Te prometo que no permitiré que vuelva a ocurrir.

Cecelia solloza mientras Nina la estrecha contra sí y le acaricia con delicadeza la rubia cabellera. El llanto acaba por remitir, pero la niña sigue aferrándose a su madre. Siento una terrible punzada de culpa. En el fondo, sé que no hay que darles de comer a los niños sin antes consultar a sus padres. He metido la pata y, si Cecelia no hubiera estado atenta, tal vez habría sucedido una desgracia.

Nina respira hondo. Cierra los ojos y deja pasar unos instantes antes de abrirlos de nuevo.

—Está bien. Pero, por favor, procura no volver a olvidar cosas tan importantes.

—Las tendré muy presentes. Te lo juro. —Me retuerzo los puños—. ¿Quieres que tire a la basura el tarro de crema de cacahuete que estaba en la despensa?

Se queda callada un momento.

—No, mejor no. Podría hacernos falta.

Me entran ganas de alzar las manos en un gesto de desesperación, pero, si quiere guardar en su casa un alimento que constituye un peligro para la vida de su hija, allá ella. Yo solo sé que por nada del mundo volveré a utilizarlo.

—Por cierto —añade Nina—, ¿a qué hora estará lista la cena?

¿La cena? ¿Se supone que debería estar preparándola? ¿Se ha imaginado Nina otra conversación entre las dos que jamás se ha producido? Pero no pienso alegar más excusas después de la debacle de la mantequilla de cacahuete. Algo encontraré en el frigorífico para salir del paso.

—¿A las siete? —respondo. Con tres horas tendré tiempo de sobra.

Ella asiente.

—No usarás crema de cacahuete para cocinar, ¿verdad?

—No, claro que no.

—Por favor, que no se repita, Millie.

—No se repetirá. ¿Hay en la familia alguna otra alergia o… intolerancia?

¿Es Cecelia alérgica al huevo, a las picaduras de abeja, a los deberes? Necesito saberlo. No puedo correr el riesgo de que vuelvan a pillarme en un error.

Nina niega con la cabeza al tiempo que Cecelia despega un momento la cara arrasada en lágrimas del pecho de su madre para fulminarme con la mirada. Ella y yo no hemos empezado con buen pie, pero encontraré el modo de arreglar las cosas. Le hornearé unos brownies o algo por el estilo. Con los adultos es más complicado, pero estoy decidida a ganarme también a Nina y a Andrew.

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