La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 6

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Había olvidado lo estupendo que es dormir con las piernas estiradas.

Vale, la camita no es nada del otro mundo. El colchón está lleno de bultos, y el somier chirría cada vez que me muevo, aunque solo sea un poco. Aun así, resulta infinitamente más confortable que dormir en el coche. Y, lo que es aún más alucinante: si necesito ir al baño por la noche, ¡lo tengo justo al lado! No me hace falta conducir hasta encontrar un área de descanso y sujetar un bote de espray de defensa personal mientras vacío la vejiga. Ya ni siquiera necesito el espray.

Resulta tan agradable estar tendida en una cama normal que, a los pocos segundos de apoyar la cabeza en la almohada, me quedo frita.

Aún está oscuro cuando vuelvo a abrir los ojos. Me incorporo, presa del pánico, intentando recordar dónde estoy. Solo sé que no estoy en mi coche. Tardo varios segundos en rememorar los acontecimientos de los últimos días: la oferta de empleo de Nina, la mudanza de mi coche a esta casa, haber dormido en una cama de verdad.

Mi respiración recupera poco a poco su ritmo normal.

Busco a tientas sobre la cómoda que está junto a la cama el móvil que me compró Nina. Son las 3.46 de la madrugada. Aún es demasiado temprano para levantarme. Me quito las mantas de las piernas, que me pican, y bajo los pies al suelo mientras mis ojos se acostumbran a la luz de la luna que se filtra por el ventanuco. Iré al lavabo y luego intentaré conciliar el sueño otra vez.

Las tablas del suelo de la diminuta habitación crujen bajo mis pasos. Bostezando, dedico unos segundos a desperezarme hasta que casi toco las bombillas que cuelgan del techo con las yemas de los dedos. Este cuarto me hace sentir como una giganta.

Llego a la puerta, agarro el pomo y…

No gira.

El pánico, que ha remitido cuando he cobrado conciencia de dónde me encontraba, se reaviva. La puerta está cerrada con llave. Los Winchester me han encerrado aquí. Más concretamente, Nina me ha encerrado aquí. Pero ¿por qué? ¿Se trata de algún tipo de juego morboso? ¿Estaban buscando a una expresidiaria, alguien a quien nadie echaría en falta, para tenderle una trampa? Rozo con los dedos los arañazos de la puerta, preguntándome quién sería la desdichada a quien confinaron aquí antes que a mí.

Sabía que era demasiado bonito para ser cierto. Incluso a pesar de la suciedad extrema de la cocina, esto parecía un trabajo de ensueño. Sabía que Nina había investigado mis antecedentes. Seguramente me ha recluido aquí pensando que nadie notará mi ausencia.

Mi mente retrocede diez años, a la primera noche en que la puerta de mi celda se cerró con un golpe metálico y supe que aquel sería mi hogar durante mucho tiempo. Me juré a mí misma que, si algún día salía de allí, no volvería a quedar atrapada en una situación sin salida, fuera la que fuese. Sin embargo, cuando aún no llevo ni un año en la calle, aquí estoy otra vez.

Pero tengo mi teléfono. Puedo llamar a la policía.

Cojo el móvil de encima de la cómoda, donde lo había dejado. Hace unas horas tenía cobertura, pero ahora no. Ni una raya. No hay señal.

Estoy aislada en este cuarto donde no hay más que una ventana minúscula que no se abre y da al jardín de atrás.

¿Qué voy a hacer?

Llevo de nuevo la mano al pomo de la puerta, preguntándome si podría echarla abajo de alguna manera. No obstante, esta vez, cuando tuerzo la muñeca con decisión, el pomo gira también.

Y la puerta se abre de golpe.

Salgo tambaleándome al pasillo, con la respiración acelerada. Me quedo ahí de pie unos instantes, hasta que mi corazón vuelve a latir a una velocidad normal. Resulta que no estaba encerrada en la habitación. Nina no había urdido un plan demencial para recluirme ahí. La puerta simplemente se había atascado.

Pero no consigo desterrar de mi mente la inquietante sensación de que debería largarme de aquí mientras pueda.

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