La asistenta

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Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 7

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Cuando bajo las escaleras por la mañana, me encuentro a Nina enfrascada en una destrucción sistemática de la cocina.

Ha sacado todos los cazos y sartenes del armario de debajo de la encimera. Ha tirado al suelo la mitad de los platos que se guardan encima del fregadero, y varios se han hecho añicos. Ahora mismo está revolviendo en la nevera, lanzando comida en todas direcciones. Observo atónita como extrae una botella de plástico del frigorífico y la arroja contra el suelo. La leche que contiene se derrama de inmediato y forma un río blanco en torno a los cazos, las sartenes y los platos rotos.

—¿Nina? —digo con timidez.

Ella se queda inmóvil, con las manos crispadas sobre un bagel. Vuelve la cabeza de golpe hacia mí.

—¿Dónde están?

—¿De…, de qué hablas?

—¡De mis notas! —Profiere un grito de angustia—. ¡He dejado todas mis notas para la reunión de la AMPA de esta tarde sobre la encimera! ¡Y ya no están! ¿Qué has hecho con ellas?

En primer lugar, ¿por qué cree que sus notas están en la nevera? En segundo, estoy segura de que no me he deshecho de ellas. Bueno, segura al novena y nueve por ciento. ¿Existe una pequeña posibilidad de que me encontrara un papelito arrugado sobre la encimera y lo tirara creyendo que era basura? Sí. No puedo descartarlo. Por otro lado, he andado con ojo para no tirar nada que no fueran desperdicios. En honor a la verdad, casi todo lo era.

—No las he tocado —aseguro.

Nina pone los brazos en jarras.

—¿Me estás diciendo que mis notas se han ido andando, sin más?

—No, no estoy diciendo eso. —Doy un paso hacia ella con cautela, y los restos de plato crujen bajo mi zapatilla. Debo recordar no pasearme nunca descalza por la cocina—. Pero ¿no las habrás dejado en otro sitio?

—¡Claro que no! —contesta airada—. Las dejé aquí mismo. —Asesta a la encimera una fuerte palmada que me sobresalta—. ¡Justo en esta superficie! ¡Y ya no están! ¡Han desaparecido!

El alboroto ha captado la atención de Andrew Winchester. Entra con paso tranquilo en la cocina, enfundado en un traje oscuro que realza aún más su atractivo, si tal cosa es posible. Está anudándose la corbata, pero los dedos se le paralizan cuando ve el estropicio en el suelo.

—¿Nina?

Ella dirige la mirada hacia su esposo, con los ojos empañados en lágrimas.

—¡Millie ha tirado mis notas para la reunión de esta tarde!

Abro la boca para protestar, pero sé que es inútil. Nina está convencida de que he tirado sus notas, y es muy posible que tenga razón. Pero, bueno, si tan importantes eran, ¿por qué las dejó ahí, en la encimera? Tal como estaba la cocina ayer, lo raro habría sido que no acabaran en la basura.

—Eso es terrible. —Andrew abre los brazos y Nina se abalanza hacia él—. Pero ¿no habías guardado las notas en el ordenador?

Nina se sorbe la nariz contra el traje caro de su marido. Debe de estar manchándolo de mocos, pero a él no parece importarle.

—Una parte. Pero tendré que reescribirlas casi todas.

Se vuelve hacia mí con expresión acusadora.

Renuncio a seguir defendiendo mi inocencia. Si ella está segura de que he tirado sus notas, lo mejor será pedir disculpas.

—Lo siento mucho, Nina —digo—. Si hay algo que pueda hacer…

Ella baja los ojos hacia el desastre del suelo.

—Puedes limpiar toda esta porquería que has dejado en mi cocina mientras yo soluciono el problema.

Dicho esto, se aleja con zancadas furiosas. Mientras sus pasos se apagan en lo alto de las escaleras, me pregunto cómo voy a recoger todos esos platos rotos, mezclados ahora con leche derramada y una veintena de uvas que ruedan por el suelo. He pisado una y la tengo espachurrada por toda la suela de la zapatilla.

Andrew se queda en la cocina, moviendo la cabeza de un lado a otro. Ahora que Nina se ha ido, siento que debería decir algo.

—Oye —murmuro—, no he sido yo quien…

—Lo sé —ataja antes de que pueda terminar de exculparme—. Nina es una persona… muy nerviosa. Pero tiene buen corazón.

—Ya…

Se quita la americana oscura y empieza a remangarse la camisa de vestir blanca y almidonada.

—Deja que te ayude a limpiar esto.

—No tienes por qué.

—Acabaremos antes si lo hacemos juntos.

Entra en el cuarto de escobas contiguo a la cocina y saca una fregona; me asombra que sepa exactamente dónde está. De hecho, parece que sabe muy bien dónde encontrar todo el material de limpieza. Entonces caigo en la cuenta: no es la primera vez que Nina hace algo así. Andrew se ha acostumbrado a recoger sus destrozos.

Aun así, la empleada doméstica soy yo. Esta tarea no le corresponde a él.

—Ya lo limpio yo. —Alargo la mano hacia el palo de la fregona e intento quitárselo de las manos—. Vas muy elegante, y yo estoy aquí para eso.

Aferra el palo un momento antes de dejar que lo coja.

—Está bien. Gracias, Millie. Valoro tus esfuerzos.

Menos mal que alguien los valora.

Mientras me pongo manos a la obra para ordenar la cocina, me viene a la memoria la fotografía en la repisa de cuando Andrew y Nina eran novios, antes de casarse y de tener a Cecelia. Se les ve tan jóvenes, tan felices de estar juntos… Resulta evidente que Andrew sigue colado por Nina, pero algo ha cambiado. Ella ya no es la misma de antes.

Pero qué más da. No es asunto mío.

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