La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 8
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Nina debe de haber tirado al suelo la mitad de las cosas que había en la nevera, así que me acerco un momento al súper. Como al parecer también tendré que cocinar para ellos, cojo algo de carne fresca y condimentos que me servirán para preparar unas cuantas comidas. Nina ha vinculado su tarjeta de crédito a mi móvil. Todo lo que compre se cargará en su cuenta de forma automática.
En la cárcel, el menú no era para echar cohetes. Según el día, tocaba pollo, hamburguesas, perritos calientes, lasaña, burritos o unas misteriosas tortitas de pescado que siempre me provocaban arcadas. Como guarnición ponían unas verduras tan cocidas que casi se desintegraban solas. Yo solía fantasear con lo que comería cuando saliera, pero, dado mi presupuesto, las opciones no eran mucho mejores. Solo podía permitirme lo que estaba de oferta y, cuando pasé a vivir en mi coche, mi dieta se volvió aún menos variada.
Hacer la compra para los Winchester es harina de otro costal. Voy directa a por los mejores cortes de ternera; ya averiguaré en YouTube cómo cocinarlos. A veces le preparaba filetes a mi padre, pero de eso hace ya mucho tiempo. Si compro ingredientes caros, los platos saldrán bien, haga lo que haga.
Regreso a la residencia de los Winchester con cuatro bolsas rebosantes de comestibles en el maletero. Los automóviles de Nina y Andrew ocupan las dos plazas del garaje y ella me ha indicado que no aparque en el camino de entrada, así que tengo que dejar mi coche en la calle. Cuando estoy pugnando por sacar las bolsas del maletero, Enzo, el paisajista, sale de la casa de al lado con una espeluznante herramienta de jardinería en la mano derecha.
Se percata de que me las estoy viendo negras y, tras un momento de vacilación, se acerca trotando. Me mira con el ceño fruncido.
—Déjame a mí —dice con su marcado acento italiano.
Me dispongo a agarrar una de las bolsas, pero él recoge las cuatro entre sus voluminosos brazos y las lleva hasta la entrada principal. Inclina la cabeza hacia la puerta y espera pacientemente a que introduzca la llave y la abra. Lo hago lo más deprisa posible, consciente de que el hombre está sosteniendo casi cuarenta kilos de comestibles. Tras limpiarse las botas sobre el felpudo, carga con la compra hasta la cocina y la deposita sobre la encimera.
—Merci —digo.
Crispa los labios.
—No. Grazie.
—Grazie —repito.
Se queda en la cocina unos instantes, con las cejas juntas. Vuelvo a reparar en lo guapo que es, a su manera oscura y aterradora. Tiene unos tatuajes en la parte superior de los brazos, medio ocultos bajo las mangas de la camiseta. Alcanzo a distinguir en el bíceps derecho el nombre «Antonia» inscrito en un corazón. Si se le metiera en la cabeza acabar conmigo, podría matarme con esos musculosos brazos sin apenas esfuerzo. Pero no me da la sensación de que quiera hacerme ningún daño. Al contrario, parece preocupado por mí.
Recuerdo lo que me murmuró el otro día antes de que Nina nos interrumpiera. Pericolo. Peligro. ¿Qué intentaba decirme? ¿Cree que corro peligro aquí?
Tal vez debería instalar una aplicación de traducciones en mi teléfono. Entonces él podría teclear lo que intenta decirme y…
Un ruido procedente de arriba me arranca de mis pensamientos. Enzo inspira con brusquedad.
—Me voy —dice, girando sobre los talones y alejándose con grandes zancadas hacia la puerta.
—Pero… —Lo sigo a paso veloz, pero es mucho más rápido que yo. Cuando sale por la puerta principal, yo ni siquiera he acabado de cruzar la cocina.
Me quedo de pie en el salón unos momentos, debatiéndome entre guardar la compra o ir tras él. Pero entonces Nina toma la decisión por mí al bajar las escaleras con un traje pantalón blanco. Creo que nunca la he visto vestir de otro color; es verdad que el blanco combina bien con su pelo, pero yo me volvería loca intentando evitar que se me manchara la ropa. Por otro lado, a partir de ahora seré yo quien se encargue de la colada, claro. Tomo nota mental de comprar más lejía la próxima vez que vaya al supermercado.
Al verme ahí, de pie, Nina sube las cejas casi hasta la línea de nacimiento del cabello.
—¿Millie?
—¿Sí? —respondo con una sonrisa forzada.
—He oído voces aquí abajo. ¿Tenías visita?
—No, para nada.
—No puedes traer a desconocidos a nuestra casa. —Me mira con expresión ceñuda—. Si quieres recibir invitados, debes pedir permiso y avisarnos al menos con dos días de antelación. Y te agradecería que os quedarais en tu habitación.
—Solo era el paisajista —explico—. Me ha ayudado a cargar con la compra desde el coche. Eso es todo.
Yo esperaba que Nina se diera por satisfecha con esta explicación, pero, por el contrario, la mirada se le oscurece. Le tiembla un músculo debajo del ojo derecho.
—¿El paisajista? ¿Enzo? ¡¿Ha estado aquí?!
—Pues… —Me froto el cogote—. ¿Así se llama? No sé. Solo ha traído la compra.
Nina me escudriña el rostro, como intentando detectar en él una mentira.
—No lo quiero más aquí dentro. Está sucio de trabajar en el jardín. Mantener limpia esta casa cuesta mucho esfuerzo.
No sé qué responderle. Enzo se ha limpiado las botas antes de entrar y no ha dejado huellas de tierra ni nada por el estilo. Además, no he visto nada comparable al desorden que me encontré en esta casa ayer, cuando llegué.
—¿Me entiendes, Millie? —insiste.
—Sí —me apresuro a decir—. Lo entiendo.
Me recorre rápidamente con la vista de un modo que me hace sentir muy incómoda. Cambio el peso de un pie al otro.
—Por cierto, ¿cómo es que ya nunca llevas las gafas?
Me llevo los dedos a la cara. ¿Por qué me habré puesto esas dichosas gafas el primer día? No debería haberlo hecho, y ayer, cuando me preguntó por ellas, no debería haber mentido.
—Pues…
Enarca una ceja.
—He estado arriba, en el baño del desván, y no he visto líquidos de lentillas. No era mi intención fisgonear, pero, por si algún día llevas a mi hija a algún sitio en coche, es importante para mí que tengas buena vista.
—Ya… —Me seco el sudor de las manos en los tejanos. Será mejor que le cuente la verdad—. Lo cierto es que en realidad no… —Me aclaro la garganta—. En realidad, no necesito gafas. Las que llevaba durante la entrevista eran más bien… de adorno, ¿sabes?
Se humedece los labios con la lengua.
—Ya veo. Así que me mentiste.
—No mentía. Eran más una decisión estética.
—Ya. —Sus ojos azules me miran, fríos como el hielo—. Pero cuando más tarde te hice una pregunta al respecto, dijiste que llevabas lentes de contacto, ¿o no?
—Ah —titubeo, retorciéndome las manos—. Bueno, supongo que… Sí, en esa ocasión sí que mentí. Supongo que estaba avergonzada por lo de las gafas… Lo siento mucho.
Curva hacia abajo las comisuras de los labios.
—Por favor, no vuelvas a mentirme.
—No lo haré. Perdóname.
Después de contemplarme un momento con expresión inescrutable, desplaza la vista por el salón, inspeccionando cada superficie.
—Y haz el favor de limpiar esta sala. No te pago para que flirtees con el paisajista.
Dicho esto, sale con paso airado por la puerta principal y da un portazo.