La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 9

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Nina asiste esta tarde a la reunión de la AMPA (la que yo he «echado a perder» al tirar sus notas a la basura). Como pillará algo de comer por ahí con algunos otros padres, me ha encomendado la tarea de prepararles la cena a Andrew y Cecelia.

La casa está mucho más tranquila en ausencia de Nina. No sé muy bien por qué, pero ella irradia una energía que lo inunda todo. Ahora mismo estoy sola en la cocina, marcando un solomillo en la sartén antes de meterlo en el horno, y reina un silencio celestial en la residencia Winchester. Resulta agradable. Sería un trabajo estupendo de no ser por mi jefa.

Andrew llega a casa en el momento más oportuno, justo cuando estoy sacando la carne del horno y dejándola reposar sobre la encimera. Asoma la cabeza por la puerta de la cocina.

—Huele muy bien… otra vez.

—Gracias. —Echo un poco más de sal a las patatas para el puré, que ya están empapadas en mantequilla y nata—. ¿Puedes pedirle a Cecelia que baje? La he llamado dos veces, pero… —En realidad, la he llamado tres veces y aún espero respuesta.

Andrew asiente.

—Oído.

Se aleja hacia el comedor y grita el nombre de su hija, y poco después suenan unos pasitos rápidos en las escaleras. De modo que así van a ser las cosas.

Reparto en dos platos el solomillo, el puré de patatas y una guarnición de brócoli. Las raciones para Cecelia son más pequeñas, y no pienso preocuparme de que se coma el brócoli. Si su padre se empeña, que la obligue él. Pero sería irresponsable por mi parte no servirle algo verde. Cuando yo era pequeña, mi madre siempre procuraba preparar una fuente con verdura.

Estoy segura de que aún se pregunta en qué se equivocó al criarme.

Cecelia luce otro de sus vestiditos recargados de un color claro y poco sufrido. Nunca la he visto llevar ropa infantil normal, lo que me da algo de pena. Es imposible jugar con esos vestidos; son demasiado incómodos y se les nota hasta la última mota de suciedad. Se sienta en una de las sillas del comedor, coge la servilleta que he dispuesto junto a su plato y se la extiende sobre el regazo con delicadeza. La contemplo embelesada unos instantes. Hasta que abre la boca.

—¿Por qué me has puesto agua? —Mira el vaso de agua filtrada arrugando la nariz—. Odio el agua. Quiero zumo de manzana.

Si yo le hubiera hablado así a un adulto cuando era niña, mi madre me habría asestado una palmada en la mano y me habría indicado que dijera «por favor». Pero Cecelia no es hija mía y durante el tiempo que llevo aquí no he conseguido granjearme aún su afecto, así que, con una sonrisa cortés, retiro el agua y le sirvo un vaso de zumo de manzana.

Cuando lo coloco frente a ella, lo examina con detenimiento. Lo sujeta contra la luz y entrecierra los ojos.

—Este vaso está sucio. Tráeme otro.

—No está sucio —replico—. Está recién salido del lavavajillas.

—Tiene manchas. —Hace una mueca—. No lo quiero. Tráeme otro.

Respiro hondo para tranquilizarme. No pienso ponerme a discutir con una niña pequeña. Si quiere otro vaso para el zumo de manzana, le conseguiré otro vaso.

Mientras voy a buscárselo, Andrew se acerca a la mesa del comedor. Se ha quitado la corbata y desabrochado el botón superior de su camisa blanca de vestir. Alcanzo a entrever el vello del pecho que asoma por el cuello. Me obligo a apartar la vista.

Aún estoy aprendiendo a desenvolverme con los hombres en mi vida poscarcelaria. Y con «aprender» quiero decir «evitar por completo», claro. En mi trabajo como camarera en aquel bar —el único que he tenido desde que salí de la prisión—, era inevitable que algún cliente me invitara a salir. Yo siempre les decía que no. Ahora mismo no tengo espacio para esas cosas en mi desastre de vida. Por otra parte, los que me tiraban los tejos eran hombres con los que no habría querido salir jamás, claro.

Entré en la cárcel cuando tenía diecisiete años. Aunque no era virgen, mi experiencia sexual se limitaba a algunos polvos mal echados con compañeros de instituto. Durante mis años de condena, en ocasiones me sentía atraída por los vigilantes de buen ver. A veces esa atracción resultaba casi dolorosa. Y una de las cosas que más ilusión me hacía era la posibilidad de iniciar una relación con un hombre cuando saliera de allí. O por lo menos sentir los labios de un hombre contra los míos. Tengo ganas. Claro que las tengo.

Pero todavía no. Algún día.

Por otro lado, cuando miro a un hombre como Andrew Winchester, me acuerdo de que hace más de una década que no toco siquiera a un hombre…, al menos de esa forma. No se parece en nada a los tíos asquerosos que me abordaban en el bar de mala muerte donde servía mesas. Cuando vuelva a tener ánimos para ello, me buscaré un hombre como este. Pero que no esté casado, claro.

Se me ocurre una idea: si alguna vez me apetece descargar un poco de tensión, Enzo podría ser un buen candidato. No, no habla mi idioma, pero, para un rollo de una noche, ni falta que hace. Me da la impresión de que sabría lo que hay que hacer sin necesidad de muchas explicaciones. Y, a diferencia de Andrew, no lleva una alianza…, aunque no puedo evitar preguntarme quién será la tal Antonia, cuyo nombre tiene tatuado en el brazo.

Con cierto esfuerzo, dejo a un lado mis fantasías sobre el paisajista sexy y vuelvo a la cocina en busca de los dos platos. A Andrew se le iluminan los ojos al ver el jugoso solomillo, marcado al punto perfecto. Estoy muy orgullosa de cómo me ha quedado.

—¡Tiene una pinta tremenda, Millie! —exclama.

—Gracias —digo.

Me vuelvo hacia Cecelia, que reacciona con la actitud opuesta.

—¡Puaj! Esto es filete. —Por lo visto es la hora de las obviedades.

—El filete es bueno, Cece —le asegura Andrew—. Deberías probarlo.

La cría sube la mirada hacia su padre antes de bajarla de nuevo hacia su plato. Pincha la carne con el tenedor cautelosamente, como si temiera que fuera a saltarle del plato a la boca. Su expresión es de sufrimiento.

—Cece… —la reconviene Andrew.

Alterno la vista entre los dos, sin saber qué hacer. De pronto caigo en la cuenta de que seguramente no debería haber cocinado un solomillo para una niña de nueve años. Había dado por sentado que sería una sibarita por vivir en un lugar como ese.

—Hum… —digo—. ¿Crees que mejor…?

Andrew echa su silla hacia atrás y recoge de la mesa el plato de Cecelia.

—Vale, te prepararé unos nuggets de pollo.

Lo sigo hasta la cocina, deshaciéndome en disculpas. Él se ríe.

—No te preocupes. Cecelia está obsesionada con el pollo, sobre todo con los nuggets. Aunque estuviéramos cenando en el restaurante más finolis de Long Island, ella pediría nuggets de pollo.

Relajo un poco los hombros.

—Pero no te molestes. Ya haré yo los nuggets.

Tras depositar el plato de la niña sobre la encimera, Andrew menea el dedo en un gesto de reprimenda.

—De eso, nada. Si vas a trabajar aquí, necesitarás una clase magistral.

—Vale…

Abre el frigorífico y saca un paquete tamaño familiar de nuggets de pollo.

—¿Ves? Estos son los que le gustan a Cecelia. No se te ocurra comprar otra marca. Todas las demás son inaceptables. —Después de forcejear con el autocierre de la bolsa, saca un nugget congelado—. Además, deben tener forma de dinosaurio. ¿Está claro?

Se me escapa una sonrisa.

—Clarísimo.

—Aparte de eso… —sujeta en alto el nugget— tienes que examinarlo en busca de deformaciones, como, por ejemplo, que le falte la cabeza, una pata o la cola. Si el nugget presenta cualquiera de estos defectos, será rechazado. —Saca un plato del armario situado encima del microondas y dispone sobre él cinco nuggets perfectos—. Le gusta comerse cinco nuggets. Hay que calentarlos en el microondas durante noventa segundos, ni uno más, ni uno menos. Si te quedas corta, no se descongelan. Si te pasas, quedan recocidos. Conseguir este equilibrio requiere mucha precisión.

Asiento con solemnidad.

—Entiendo.

Mientras los nuggets de pollo dan vueltas en el microondas, pasea la mirada por la cocina, que es casi el doble de grande que el piso del que me desahuciaron.

—Ni te imaginas cuánto dinero nos costó reformar esta cocina, y todo para que Cecelia se niegue a comer nada que no salga del microondas.

Las palabras «mocosa mimada» me vienen a la punta de la lengua, pero me abstengo de pronunciarlas.

—Sabe lo que le gusta.

—Ya lo creo. —El microondas emite unos pitidos, y él extrae el plato de nuggets humeantes—. Por cierto, ¿tú ya has cenado?

—Subiré algo para comérmelo en mi habitación.

Arquea una ceja.

—¿No quieres acompañarnos?

A una parte de mí le gustaría acompañarlo. Hay algo de lo más cautivador en Andrew Winchester que me impulsa a querer conocerlo mejor. Por otro lado, sería un error. Si Nina llegara y nos pillara echando unas risas frente a la mesa del comedor, no le gustaría un pelo. Además, algo me dice que Cecelia no contribuiría a un ambiente agradable.

—Prefiero cenar en mi cuarto —contesto.

Hace ademán de protestar, pero se lo piensa mejor.

—Perdona —dice—. Nunca habíamos tenido una asistenta interna, así que no sé muy bien cuál es la etiqueta adecuada.

—Yo tampoco —reconozco—, pero creo que a Nina no le haría gracia encontrarme cenando contigo.

Contengo la respiración, temerosa de haberme pasado de la raya al señalar lo obvio.

Pero Andrew se limita a hacer un gesto afirmativo.

—Seguramente tienes razón.

—En fin. —Alzo la barbilla para mirarlo a los ojos—. Gracias por la clase magistral sobre los nuggets de pollo.

Me dedica una gran sonrisa.

—No hay de qué.

Se lleva al comedor el plato con el pollo. De pie frente al fregadero, engullo lo que Cecelia no ha querido comerse y regreso a mi habitación.

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