La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 10
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Una semana después, cuando bajo al salón, me encuentro a Nina sujetando una bolsa llena de basura. Lo primero que pienso es: «Ay, madre, ¿y ahora qué?».
Aunque solo hace una semana que vivo con los Winchester, siento como si llevara aquí años. No, siglos. Los cambios de humor de Nina son impredecibles en extremo. Tan pronto me abraza y me dice cuánto me agradece que esté aquí, como me riñe por no haber cumplido con alguna tarea que nunca me ha encargado. Es una persona voluble, por decirlo con suavidad. Y Cecelia es una malcriada de cuidado que está claramente molesta con mi presencia en esta casa. Si tuviera alguna otra opción, dejaría este trabajo.
Pero no la tengo, así que sigo aquí.
El único miembro de la familia que no me resulta del todo insoportable es Andrew. Aunque no está mucho por casa, mis pocas interacciones con él han sido… inocuas. Y, a estas alturas, lo inocuo me entusiasma. A decir verdad, en ocasiones siento pena por Andrew. No debe de ser nada fácil estar casado con Nina.
Me detengo frente a la entrada del salón, indecisa, intentando dilucidar qué demonios estará haciendo Nina con una bolsa de basura. ¿Querrá que clasifique los residuos de ahora en adelante en orden alfabético, por colores y por olores? ¿Habré comprado un tipo de bolsa inaceptable y me obligará a vaciar los desechos en otra más adecuada? No me atrevo a intentar adivinarlo.
—¡Millie! —chilla.
Se me forma un nudo en el estómago. Tengo la sensación de que está a punto de decirme qué quiere que haga con la basura.
—¿Sí?
Me indica con señas que me acerque. Me aproximo a ella intentando no caminar como si fuera una condenada a muerte. No resulta fácil.
—¿Ocurre algo? —pregunto.
Nina levanta la pesada bolsa y la deja caer sobre su precioso sofá de piel. Tuerzo el gesto, aguantándome las ganas de rogarle que no ensucie aquella tapicería tan cara con la basura.
—He estado revisando mi guardarropa —anuncia— y, por desgracia, algunos de mis vestidos me vienen ahora un poco pequeños, así que los he metido todos en esta bolsa. ¿Me harías el gran favor de llevarlos a un contenedor de recogida de ropa?
¿Eso es todo? Podría haber sido peor.
—Claro. No hay problema.
—Pensándolo bien… —Nina retrocede un paso y me escudriña con la mirada—. ¿Qué talla usas?
—Pues… ¿Una treinta y seis?
Se le ilumina el rostro.
—¡Oye, eso es perfecto! Todos estos vestidos son talla treinta y seis o treinta y ocho.
¿Treinta y seis o treinta y ocho? Nina tiene pinta de gastar por lo menos una cuarenta y cuatro. Debe de hacer tiempo que no hace limpieza en el armario.
—Ah…
—Deberías quedártelos —dice—. No tienes ropa bonita.
Su comentario me sienta como una patada en el estómago, pero no va desencaminado. No tengo ropa bonita.
—No sé si…
—¡Ni te lo pienses! —Me tiende la bolsa—. Te quedarían geniales. ¡Insisto!
Acepto la bolsa y la abro. Arriba de todo hay un vestido blanco. Lo saco. Parece extraordinariamente caro, y la tela es tan suave que me entran ganas de bañarme en ella. Tiene razón: me quedaría genial… a mí y a cualquiera.
Si al final decido salir ahí fuera y empezar a quedar de nuevo con hombres, no estaría mal contar con un vestuario decente. Aunque sea todo blanco.
—Vale —accedo—. Muchas gracias. Es muy generoso de tu parte.
—¡Mujer, no hay de qué! ¡Espero que los disfrutes!
—Si algún día decides que quieres recuperarlos, solo tienes que decírmelo.
Cuando echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada, le tiembla la papada.
—Dudo que vaya a bajar de talla en un futuro próximo. Más que nada porque Andy y yo vamos a tener un bebé.
Me quedo boquiabierta.
—¿Estás embarazada?
No estoy segura de si es una buena o mala noticia, aunque explicaría sus cambios de humor. Pero ella niega con un gesto.
—Todavía no. Llevamos un tiempo intentándolo, pero no ha habido suerte. Sin embargo, los dos estamos ansiosos por tener un bebé, y dentro de pocos días iremos a ver a un especialista, así que supongo que el año que viene más o menos habrá otro pequeñín en casa.
No sé muy bien cómo reaccionar.
—Hum…, ¿enhorabuena?
—Gracias. —Me dedica una sonrisa radiante—. En fin, que te aproveche la ropa, Millie. Ah, y tengo algo más para ti. —Hurga en su bolso blanco hasta que saca una llave—. Querías una llave para tu habitación, ¿verdad?
—Gracias. —Después de aquella primera noche en la que desperté aterrorizada creyendo que me habían encerrado en el cuarto, apenas he pensado en la cerradura. Me he percatado de que la puerta se atasca un poco, pero nadie sube a hurtadillas hasta mi habitación para recluirme en ella…, aunque la llave tampoco me serviría de mucho estando dentro. Aun así, me la guardo en el bolsillo. Tal vez no sería mala idea cerrar con llave cada vez que salga del cuarto. Nina parece bastante dada a fisgonear. Por otra parte, se me ocurre que es un buen momento para plantearle otra de mis preocupaciones—. Quería comentarte otra cosa. La ventana de la habitación no se abre. Me parece que está pegada al marco, por la pintura.
—Ah, ¿sí? —dice Nina, en un tono que denota que esta información le suscita una especial falta de interés.
—Eso supondría un peligro en caso de incendio, seguramente.
Baja la vista hacia sus uñas y mira con el ceño fruncido una en la que se le ha descascarillado el esmalte blanco.
—No lo creo.
—Bueno, no estoy segura, pero… Es decir, el cuarto debería poder ventilarse, ¿no? El ambiente se carga bastante ahí arriba.
Esto no es verdad; en todo caso el problema del desván es que hay demasiada corriente. Sin embargo, estoy dispuesta a decir lo que haga falta para que me arreglen la ventana. Detesto pensar que la única ventana de la habitación esté trabada a causa de la pintura.
—Llamaré a alguien para que le eche un vistazo —contesta al fin de una manera que me hace pensar que jamás llamará a nadie para que le eche un vistazo y yo nunca tendré una ventana que se pueda abrir. Baja la mirada hacia la bolsa de plástico—. Millie, estoy encantada de regalarte mi ropa, pero, por favor, no dejes esa bolsa de basura en nuestro salón. Es de mala educación.
—Ay, perdón —balbuceo.
Y ella suspira como si no supiera qué hacer conmigo.