La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 11
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Millie! —clama Nina, desesperada, desde el otro lado de la línea—. ¡Necesito que recojas a Cecelia del colegio! Haciendo equilibrios con una pila de ropa sucia, sujeto el móvil entre el hombro y la oreja. Siempre que Nina me llama, contesto de inmediato sin importar lo que esté haciendo, pues, de lo contrario, insistiría una y otra vez hasta que yo cogiera el teléfono.
—Claro, no hay problema —digo.
—¡Ay, gracias! —responde Nina con efusividad—. ¡Eres un cielo! ¡Recógela en la academia Winter a las tres menos cuarto! ¡Eres la mejor, Millie!
Antes de que yo pueda preguntarle dónde se supone que debo ver a Cecelia o cuál es la dirección de la academia Winter, Nina cuelga. Cuando me quito el móvil de debajo de la oreja, me entra el pánico al ver la hora que es. Dispongo de menos de quince minutos para averiguar dónde está esa escuela e ir a buscar a la hija de mi jefa. La colada tendrá que esperar.
Introduzco en Google el nombre del centro mientras subo a toda prisa las escaleras. No me sale nada. El colegio más cercano con ese nombre está en Wisconsin, y, aunque Nina me pide cosas raras a veces, dudo que cuente con que recoja a su hija en Wisconsin dentro de quince minutos. Llamo a Nina, que, por supuesto, no contesta. Tampoco Andy cuando intento contactar con él.
Genial.
Camino de un lado a otro de la cocina, intentando pensar qué hacer, cuando reparo en un papel pegado a la nevera con un imán. Es un calendario de actividades para las vacaciones. De la academia Windsor.
Ella me ha dicho Winter. Academia Winter. Estoy convencida de ello. ¿O tal vez no?
No tengo tiempo para especular sobre si Nina se ha equivocado de nombre o no sabe cómo se llama el colegio al que asiste su hija y de cuya AMPA ella es vicepresidenta. Por fortuna, en el folleto aparece una dirección, así que sé exactamente adónde debo ir. Y solo me quedan diez minutos para llegar.
Los Winchester viven en una ciudad que presume de contar con las mejores escuelas públicas del país, pero llevan a Cecelia a un colegio privado, porque adónde si no. La academia Windsor es una estructura enorme y elegante con un montón de columnas de marfil, ladrillos marrón oscuro y paredes cubiertas de hiedra que me dan la sensación de que he venido a recoger a Cecelia a Hogwarts o algún otro lugar imaginario. También me habría gustado que Nina me advirtiera sobre el tema del aparcamiento a la hora de la salida. Es una auténtica pesadilla. He tenido que dar vueltas durante varios minutos hasta encontrar un hueco y encajonar el coche entre un Mercedes y un RollsRoyce. Temo que la grúa se lleve mi abollado Nissan solo por principios.
Dado el poco tiempo que me queda para llegar a la escuela, me marco un esprint hasta el edificio entre jadeos y resoplidos. Como no podía ser de otra manera, hay cinco entradas distintas. ¿Por cuál de ellas saldrá Cecelia? No hay nada que indique hacia dónde debo dirigirme. Pruebo a llamar a Nina de nuevo, pero me salta el buzón de voz. ¿Dónde se habrá metido? No es asunto mío, pero si no tiene trabajo y yo me encargo de todas las tareas domésticas, ¿qué demonios estará haciendo?
Después de interrogar a varios padres irritables, llego a la conclusión de que Cecelia saldrá por la última puerta a la derecha. Pero, como estoy resuelta a no cagarla esta vez, abordo a dos mujeres de atuendo inmaculado que charlan junto a la entrada.
—¿Es la salida de los niños de cuarto?
—Sí, esta es. —La más delgada de las dos, una morena con las cejas mejor perfiladas que he visto en la vida, me da un repaso de arriba abajo—. ¿A quién busca?
Me encojo ante su minuciosa inspección.
—A Cecelia Winchester.
Intercambian una mirada de complicidad.
—Tú debes de ser la nueva criada de Nina —dice la más baja de las dos, una pelirroja.
—Asistenta interna —la corrijo, aunque no sé por qué. Nina puede llamarme como le dé la gana.
Mi comentario le arranca una risita a la morena, pero no dice nada al respecto.
—¿Y qué tal la experiencia hasta ahora?
Está buscando trapos sucios. Ha pinchado en hueso. No pienso darle ninguno.
—Genial.
Las mujeres vuelven a mirarse.
—¿O sea que Nina no te saca de quicio? —quiere saber la pelirroja.
—¿A qué se refiere? —pregunto con cautela. No quiero cotillear con estas arpías, pero al mismo tiempo me pica la curiosidad respecto a Nina.
—Nina es un poco… excitable —dice la morena.
—Nina está como una cabra —precisa la pelirroja—. Literal.
Inspiro con brusquedad.
—¿Qué?
La morena le propina a la pelirroja un codazo lo bastante fuerte para que suelte un grito ahogado.
—Nada. Está de guasa.
En ese momento, las puertas de la escuela se abren y brota un torrente de niños de cuarto. Si había alguna posibilidad de extraerles más información a esas dos, se disipa por completo cuando se alejan en busca de sus hijos. Sin embargo, no dejo de rumiar sobre lo que han dicho.
Vislumbro la cabellera rubia platino de Cecelia cerca de la entrada. Aunque la mayoría de los otros niños va en vaqueros y camiseta, ella lleva otro de sus vestiditos de encaje, esta vez de un color verde mar claro. Canta como una almeja. Gracias a eso, no la pierdo de vista en ningún momento mientras me acerco.
—¡Cecelia! —Agito el brazo de forma frenética cuando me encuentro a pocos metros de ella—. ¡He venido a recogerte!
La chiquilla me mira como si prefiriera subirse a la parte de atrás de la furgoneta de un sin techo barbudo que volver a casa conmigo.
—¡Cecelia! —grito con más fuerza—. Vamos. Tu madre me ha enviado a buscarte.
Se vuelve de nuevo hacia mí, con una expresión que delata que me considera una idiota.
—No es verdad. La madre de Sophia viene a recogerme y me llevará a kárate.
Antes de que pueda protestar, una cuarentona con pantalón de yoga y jersey se acerca y le posa la mano en el hombro a Cecelia.
—¿Listas para la clase de kárate, chicas?
Observo a la mujer, pestañeando. No tiene pinta de secuestradora, pero resulta evidente que ha habido algún malentendido. Nina me ha llamado para indicarme que recoja a Cecelia. Ha sido muy clara al respecto. Bueno, me ha dicho mal el nombre de la escuela, pero, por lo demás, ha sido muy clara.
—Disculpe —le digo—. Trabajo para los Winchester, y Nina me ha pedido que venga a por Cecelia hoy.
Arqueando una ceja, la mujer se apoya en la cadera la mano con una manicura recién hecha.
—Me parece que no. Recojo a Cecelia todos los miércoles y llevo a las niñas a kárate. Nina no ha mencionado un cambio de planes. A lo mejor te has equivocado.
—No, no me he equivocado —replico, aunque me tiembla la voz.
La mujer escarba en su bolso de Gucci y saca su teléfono.
—Mejor aclaramos el asunto con Nina, ¿no?
Veo que pulsa un botón en su móvil. Da golpecitos en el bolso con las largas uñas mientras aguarda a que Nina conteste.
—Hola, ¿Nina? Soy Rachel. —Hace una pausa—. Sí, verás, es que hay una chica que dice que le has encargado que venga a buscar a Cecelia, pero yo le he explicado que llevo a Cecelia a kárate todos los miércoles. —Se produce otro largo silencio mientras la mujer, Rachel, asiente—. Claro, eso es justo lo que le he señalado. Menos mal que te he llamado. —Tras otra pausa, Rachel suelta una carcajada—. No sabes cómo te entiendo. Cuesta tanto encontrar a alguien competente…
No me cuesta imaginar las palabras de Nina a lo largo de la conversación.
—En fin —concluye Rachel—. Es justo lo que pensaba. Nina dice que te has confundido, así que, con tu permiso, me llevo a Cecelia a kárate.
Como colofón, la cría me saca la lengua. La parte positiva es que no tendré que volver a casa en coche con ella.
Extraigo mi móvil para comprobar si Nina me ha enviado algún mensaje desdiciéndose de su encargo de que recoja a Cecelia. No hay nada. Le escribo:
Una tal Rachel acaba de hablar contigo y dice que le has pedido que lleve a Cecelia a kárate. ¿Me voy a casa, entonces?
Recibo la respuesta de Nina al cabo de un segundo:
Sí. ¿Por qué narices has pensado que quería que recogieras a Cecelia?
«¡Porque tú me lo has pedido!». Se me tensa la mandíbula, pero no puedo permitir que esto me afecte. Nina es así, no hay más. Y tiene muchas ventajas trabajar para ella (o «con» ella; ¡ja!). Simplemente es un poco caprichosa. Un poco excéntrica.
«Nina está como una cabra. Literal».
No puedo evitar recordar lo que me ha dicho la pelirroja cotilla. ¿A qué se refería? ¿Nina no es solo una jefa extraña y exigente? ¿Le pasa algo más?
Quizá sea mejor que no lo sepa.