La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 12
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Aunque me he resignado a no obsesionarme con el historial psiquiátrico de Nina, no dejo de darle vueltas al tema. Al fin y al cabo, trabajo para esa mujer. Es más, vivo con ella.
Y he notado otras rarezas en Nina. Esta mañana, por ejemplo, mientras limpio el baño principal, no puedo evitar pensar que nadie en su sano juicio dejaría un desorden así en un baño: las toallas en el suelo, pegotes de pasta de dientes en la superficie del lavabo… Sé que a veces la depresión les arrebata a algunas personas la motivación para mantener la limpieza. Sin embargo, Nina está lo bastante motivada para salir por ahí todos los días, vaya adonde vaya.
Lo peor fue encontrarme un tampón usado en el suelo, hace unos días. Un tampón usado y ensangrentado. Me entraron ganas de vomitar.
Mientras friego el lavabo para eliminar los pegotes de pasta de dientes y maquillaje, la vista se me va hacia el botiquín. Si es verdad que Nina está «como una cabra», seguro que se medica, ¿no? Pero no puedo fisgonear su botiquín. Eso supondría un grave abuso de confianza.
Por otro lado, nadie se enteraría si echara un vistazo. Solo un vistazo rápido. Dirijo la mirada al dormitorio a través de la puerta. No hay nadie. Me asomo a la esquina solo para asegurarme del todo. Estoy sola. Regreso al baño y, tras un momento de vacilación, le doy un empujoncito a la puerta del botiquín para abrirla.
Guau. Ahí dentro hay un montón de medicamentos.
Cojo uno de los botes anaranjados de pastillas. Lleva una etiqueta con el nombre de Nina Winchester y el del fármaco: haloperidol. A saber qué es eso.
Cuando voy a agarrar otro bote, me llega flotando una voz desde el pasillo:
—¿Millie? ¿Estás ahí?
Oh, no.
Me apresuro a guardar de nuevo el bote en el botiquín y lo cierro de un portazo. Tengo el corazón desbocado, y un sudor frío me cubre la palma de las manos. Consigo desplegar una sonrisa forzada justo en el momento en que Nina irrumpe en la habitación. Lleva una blusa blanca sin mangas y unos vaqueros del mismo color. Se para en seco al verme en el baño.
—¿Qué haces? —me pregunta.
—Estoy limpiando el baño. —Para nada estaba curioseando entre tus medicamentos.
Nina me observa con los ojos entornados unos instantes, y estoy convencida de que me acusará de haber registrado su botiquín. Además, miento fatal así que seguramente se dará cuenta de todo. Pero de pronto posa los ojos en la pila.
—¿Cómo limpias el lavabo? —pregunta.
—Hum… —Alzo la mano en la que sujeto el espray—. Con este limpiador de baño.
—¿Es ecológico?
—Pues… —Echo una ojeada a la botella que compré en el supermercado la semana pasada—. No. No es ecológico.
Nina pone cara larga.
—Prefiero mil veces los productos de limpieza ecológicos, Millie. No contienen tantas sustancias químicas. Lo entiendes, ¿no?
—Ya… —Me muerdo la lengua para no decir que me parece alucinante que a una mujer que se medica tanto le preocupe que un producto de limpieza contenga unas pocas sustancias químicas. A ver, sí, el lavabo es suyo, pero no está ingiriendo el producto. No pasa a su torrente sanguíneo.
—No sé por qué… —dice, frunciendo el ceño—, pero tengo la impresión de que hay algo que no estás haciendo bien. ¿Te importa si te observo mientras limpias el lavabo? Quiero descubrir dónde está el fallo.
¿Quiere mirarme mientras limpio el lavabo de su baño?
—Bueno…
Lo rocío de nuevo con el producto y restriego la porcelana hasta que los restos de dentífrico desaparecen. Vuelvo la vista hacia Nina, que asiente con aire pensativo.
—Así está bien —declara—. Supongo que la pregunta de verdad es cómo limpias el lavabo cuando no estoy delante.
—Pues… ¿igual?
—Hummm. Lo dudo mucho. —Pone cara de impaciencia—. Sea como sea, no tengo tiempo para pasarme el día supervisando tus labores de limpieza. Procura ser más concienzuda esta vez.
—Ya —murmuro—. Vale, así lo haré.
Nina sale del dormitorio para ir al balneario, a almorzar con sus amigas o a donde coño vaya para matar el tiempo, ya que no trabaja. Fijo de nuevo los ojos en la pila, que ahora está impecable. Me entran unas ganas irrefrenables de remojar su cepillo de dientes en el retrete.
No remojo su cepillo en el retrete, pero saco mi teléfono y busco la palabra «haloperidol».
Los resultados llenan la pantalla. El haloperidol es un fármaco antipsicótico que se emplea en el tratamiento de la esquizofrenia, el trastorno bipolar, el delirio, la agitación y la psicosis aguda.
Y ese es solo uno entre por lo menos una decena de botes de pastillas. Dios sabe qué más habrá ahí. Una parte de mí se muere de vergüenza por haber husmeado en el botiquín. Otra parte tiene miedo de las otras cosas que podría encontrar.