La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 13
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Estoy atareada aspirando el salón cuando la sombra pasa por delante de la ventana.
Me acerco despacio al cristal y, en efecto, Enzo está trabajando en el jardín trasero hoy. Por lo que he visto, acude en días alternos a casas distintas, donde realiza diversas tareas de jardinería y paisajismo. En este momento, está cavando en el arriate.
Cojo un vaso limpio en la cocina, lo lleno de agua fría y me dirijo hacia fuera.
No sé muy bien qué pretendo conseguir, pero, desde que aquellas dos mujeres comentaron que Nina estaba loca («literal»), no puedo dejar de pensar en ello. Para colmo, luego descubrí aquel antipsicótico en su botiquín. No soy nadie para juzgarla por padecer problemas psicológicos —en la cárcel conocí a unas cuantas mujeres aquejadas de enfermedades mentales—, pero saberlo sería útil para mí. Tal vez incluso podría ayudarla si la comprendiera mejor.
Me acuerdo de la advertencia que Enzo parecía querer hacerme en mi primer día. Nina ha salido, Andrew está en la oficina y Cecelia en la escuela, así que se me antoja una ocasión ideal para interrogarlo. Solo hay un pequeño inconveniente: prácticamente no habla una palabra de mi idioma.
Pero no pierdo nada con intentarlo. Además, seguro que tiene sed y agradecerá el agua.
Al salir, me encuentro a Enzo excavando un hoyo en el suelo. Parece muy concentrado en su trabajo, tanto que ni se inmuta cuando carraspeo con fuerza. Dos veces. Al final, agito la mano y exclamo:
—Bonjour!
Creo que le he vuelto a hablar en francés.
Enzo alza la mirada de la fosa. Se le dibuja una expresión divertida en los labios.
—Ciao —dice.
—Ciao —me corrijo, decidida a no meter la pata la próxima vez.
Se le ha formado una uve de sudor en la camiseta, que se le pega a la piel, de modo que se le marcan todos los músculos. Y no son músculos de culturista, sino la musculatura firme de un hombre que se gana la vida con sus manos.
Sí, vale, me lo estoy comiendo con los ojos, qué pasa.
Me aclaro la garganta de nuevo.
—Te he traído…, esto…, agua. ¿Cómo se dice…?
—Acqua —me aclara.
Asiento enérgicamente.
—Sí. Eso.
¿Lo ves? Lo hemos conseguido. Estamos comunicándonos. La cosa marcha.
Enzo se acerca a mí con grandes zancadas y acepta el vaso de agua, agradecido. Se bebe la mitad, aparentemente de un solo trago. Exhala un suspiro y se enjuga los labios con el dorso de la mano.
—Grazie.
—De nada. —Le sonrío—. Y, en fin…, ¿hace mucho que trabajas para los Winchester? —Me mira con cara de incomprensión—. Es decir, ¿has… trabajado aquí… muchos años?
Toma otro trago de agua. Solo queda una cuarta parte. Cuando se la termine, reanudará su labor, por lo que no dispongo de mucho tiempo.
—Tre anni —dice al fin, y añade con su pronunciado acento—: Tres año.
—Y, esto… —Me retuerzo las manos—. Nina Winchester… ¿Te…?
Frunce el ceño, pero esta vez no con cara de no comprender, sino como a la expectativa de lo que voy a decir. Tal vez entiende mejor de lo que habla.
—¿Crees…? —vuelvo a empezar—. ¿Crees que Nina está…? O sea, ¿te cae bien?
Enzo me observa con los ojos entornados. Apura el vaso de agua antes de devolvérmelo con brusquedad. Sin una palabra más, regresa al hoyo que estaba cavando, recoge la pala y vuelve al trabajo.
Abro la boca para intentarlo de nuevo, pero la cierro otra vez. Cuando llegué a esta casa, Enzo intentó advertirme de algo, pero Nina abrió la puerta antes de que pudiera decirme nada. Y resulta evidente que se lo ha pensado mejor. No tengo idea de qué sabe o qué piensa, pero no me lo va a revelar. Al menos por el momento.