La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 14
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Llevo unas tres semanas viviendo con los Winchester cuando tengo mi primera reunión con la agente de la condicional. La programé para mi día libre. No quiero que sepan adónde voy.
Se han reducido a una vez al mes mis entrevistas con Pam, mi agente, una mujer baja y fornida de mediana edad con una mandíbula prominente. Al salir de la cárcel, me alojé en un centro subvencionado por la autoridad penitenciaria, pero, en cuanto Pam me ayudó a conseguir ese empleo como camarera, me mudé a un piso para mí sola. Luego, cuando perdí el trabajo, no se lo comuniqué tal cual a Pam. Tampoco le comenté lo de mi desahucio. En nuestro último encuentro, celebrado hace poco más de un mes, le mentí como una bellaca.
Mentirle a un agente constituye una violación de la libertad condicional. También lo es carecer de domicilio y vivir en tu coche. No me gusta decir mentiras, pero no quería que me revocaran la condicional ni volver a la cárcel para cumplir los últimos cinco años de mi condena. No podía permitir que eso ocurriera.
Sin embargo, la situación ha cambiado. Hoy puedo ser sincera con Pam. Bueno, casi.
Aunque es un día de primavera y sopla una brisa agradable, dentro del pequeño despacho de Pam la temperatura es como de treinta y ocho grados. Durante seis meses, su oficina es una sauna, y durante los otros seis hace un frío que pela. No hay término medio. Su pequeña ventana está abierta de par en par, y el aire del ventilador levanta los numerosos papeles que hay desperdigados sobre la mesa. Pam tiene que colocarles las manos encima para evitar que se vuelen.
—Millie. —Me sonríe cuando entro. Es buena persona y parece realmente interesada en ayudarme, lo que me hace sentir aún más culpable por haberle mentido—. ¡Qué gusto verte! ¿Cómo va todo?
Me siento en una de las sillas de madera que hay frente a su escritorio.
—¡Genial! —Es una mentirijilla, pero no me va mal. No del todo—. Sin novedad en el frente.
Pam busca entre los papeles de encima de su mesa.
—Recibí tu mensaje sobre el cambio de dirección. ¿Trabajas como asistenta interna para una familia de Long Island?
—Así es.
—¿No te gustaba trabajar en Charlie’s?
Me mordisqueo el labio.
—No mucho.
Ese fue uno de los detalles sobre los que le mentí. Le conté que había dejado mi curro en Charlie’s, cuando en realidad me pusieron de patitas en la calle. Pero fue un despido totalmente improcedente.
Al menos tuve la suerte de que me echaran de forma fulminante sin involucrar a la policía. Eso formaba parte del acuerdo: yo me marcharía con discreción y ellos no llamarían a la pasma. No me quedaba mucha opción. Si ellos me hubieran denunciado, habría vuelto derechita a la trena.
Por eso no le dije a Pam que me había quedado sin trabajo, pues ella habría telefoneado al bar para averiguar por qué. Tampoco podía contarle que me habían echado del piso.
Pero las cosas han mejorado. Tengo un empleo y un sitio donde vivir. No hay peligro de que me vuelvan a encerrar. Durante mi última entrevista con Pam, estaba hecha un manojo de nervios, pero hoy me siento más tranquila.
—Estoy orgullosa de ti, Millie —dice Pam—. A algunas personas les cuesta adaptarse cuando han estado presas desde la adolescencia, pero a ti te está yendo de maravilla.
—Gracias. —No, definitivamente es mejor que no sepa que me pasé un mes viviendo en mi coche.
—Bueno, ¿y qué tal el empleo nuevo? —pregunta—. ¿Cómo te tratan?
—Pues… —Me froto las rodillas—. No está mal. La mujer para la que trabajo es un poco… excéntrica, pero yo solo tengo que limpiar. No es tan terrible.
Otra mentirijilla. No quiero confesarle que Nina Winchester me da cada vez peor rollo. La he buscado en internet para ver si ella también tiene antecedentes de algún tipo. No he encontrado nada, pero no he pagado por un historial completo. De todos modos, Nina es lo bastante rica para borrar su rastro en caso necesario.
—Vaya, qué bien —dice Pam—. ¿Y qué tal va tu vida social?
Aunque en teoría un agente de la condicional no tiene por qué preguntar sobre estas cuestiones, Pam y yo nos llevamos bien, así que no me importa responder.
—Es inexistente.
Echa la cabeza hacia atrás y se ríe, de modo que alcanzo a verle un empaste en la parte posterior de la dentadura.
—Si aún no te sientes preparada para salir con alguien, lo entiendo, pero deberías intentar hacer amigos, Millie.
—Ya —digo, aunque en el fondo no estoy de acuerdo.
—Y cuando empieces a salir con hombres —prosigue—, no te conformes con el primero que pase. No te líes con un imbécil solo porque seas expresidiaria. Te mereces a alguien que te trate bien.
—Hummm…
Por un momento, fantaseo con la idea de salir con un hombre más adelante. Cierro los ojos e intento imaginar su aspecto. De improviso, me viene a la cabeza la imagen de Andrew Winchester, con su encanto desenfadado y su seductora sonrisa.
Abro los ojos de golpe. Huy, no. Ni hablar. Eso ni pensarlo.
—Además, eres preciosa —añade Pam—. Tienes que hacerte valer.
Casi se me escapa una carcajada. He hecho cuanto estaba en mi mano por verme lo menos atractiva posible. Llevo ropa ancha, me recojo siempre el cabello en un moño o una cola de caballo y no me aplico ni gota de maquillaje. Y, aun así, Nina me considera una especie de vampiresa.
—Aún no estoy preparada para pensar en eso —contesto.
—No pasa nada —dice Pam—, pero recuerda que, si tener un trabajo y un techo es importante, el contacto humano lo es todavía más.
Tal vez no le falte razón, pero aún no estoy lista para eso. Tengo que concentrarme en no meterme en líos. Lo último que quiero es acabar de nuevo en la cárcel. Eso es lo único que me preocupa.
Me cuesta conciliar el sueño por las noches.
Cuando estás en prisión, siempre duermes con un ojo abierto. No te interesa que pasen cosas a tu alrededor sin que te enteres. Y, ahora que estoy fuera, conservo ese instinto. Cuando por fin dispuse de una cama de verdad, dormí a pierna suelta durante un tiempo, pero mi antiguo insomnio ha vuelto con fuerza, sobre todo porque el sofocante ambiente de mi cuarto me resulta insoportable.
He ingresado mi primera paga en mi cuenta corriente, y, en cuanto se me presente la oportunidad, iré a comprar un televisor para mi habitación. Tal vez consiga quedarme dormida si lo dejo encendido. El sonido me recordará los ruidos nocturnos de la cárcel.
Hasta hoy, no me había atrevido a usar el televisor de los Winchester. No me refiero a la enorme sala de cine doméstica, claro, sino al aparato «normal» que tienen en el salón. No creo que me caiga una bronca, pues Nina y Andrew se van a la cama temprano. Siguen una rutina muy precisa todas las noches. Ella sube para acostar a Cecelia a las ocho y media en punto. Oigo que le lee un cuento y luego le canta. Siempre es la misma canción: Somewhere Over the Rainbow, de El mago de Oz. Aunque no parece que Nina haya recibido clases de canto, la forma en que arrulla a Cecelia resulta hermosa, de un modo extraño e inquietante.
Una vez que la niña se ha dormido, Nina lee o ve la tele en el dormitorio. Andrew sube a la habitación poco después. Cuando bajo después de las diez, nunca hay nadie en la planta inferior.
Así que esta noche decido aprovechar las circunstancias.
Por eso estoy repantigada en el sofá, viendo Family Feud. Como es casi la una de la madrugada, el entusiasmo de los concursantes se me antoja fuera de lugar. El presentador Steve Harvey bromea con ellos y, aunque estoy cansada, suelto una risotada cuando uno de los participantes se levanta para demostrar sus habilidades como bailarín de claqué. Veía el programa cuando era pequeña y siempre me imaginaba que yo misma acudía a concursar; no recuerdo bien a quiénes quería llevar como acompañantes. Mis padres y yo sumaríamos tres. ¿A quién más habría podido invitar?
—¿Eso es Family Feud?
Yergo la cabeza de golpe. Pese a la hora que es, Andrew Winchester está de pie detrás de mí, tan despierto como las personas de la pantalla.
Mierda. Sabía que debería haberme quedado en mi cuarto.
—¡Ah! —exclamo—. Yo, esto…, lo siento. No quería…
Arquea una ceja.
—¿Por qué lo sientes? También vives aquí. Tienes todo el derecho a ver la televisión.
Agarro un cojín del sofá para tapar el vaporoso pantalón corto de gimnasia con el que he estado durmiendo. Para colmo, no llevo sujetador.
—Iba a comprarme una para mi cuarto.
—No hay problema si usas la nuestra, Millie. De todos modos, no creo que la recepción sea muy buena ahí arriba. —El brillo del televisor se refleja en el blanco de sus ojos—. No te molesto más. Solo he venido a por un vaso de agua.
Me incorporo en el sofá, con el cojín apretado contra el pecho, preguntándome si debería subir a mi habitación. Sé que no podré pegar ojo, pues el corazón me late a mil por hora. Según él, solo ha bajado a servirse un poco de agua, así que quizá no pase nada si me quedo. Lo veo entrar en la cocina arrastrando los pies y oigo que abre el grifo.
Regresa al salón, tomando sorbos de su vaso de agua. En ese momento caigo en la cuenta de que solo lleva una camiseta y un bóxer blancos. Por lo menos no va con el torso desnudo.
—¿Cómo es que te has servido agua del grifo? —pregunto, incapaz de contenerme.
Se deja caer en el sofá, a mi lado, aunque yo preferiría que no lo hiciera.
—¿A qué te refieres?
Levantarme de un salto sería una grosería, así que me corro hacia un lado para apartarme lo máximo posible de él. Ya solo me faltaría que Nina nos pillara a los dos juntitos en el sofá en ropa interior.
—Bueno, que por qué no has usado el filtro de agua del frigorífico.
Se ríe.
—No lo sé. Siempre bebo agua del grifo. ¿Qué pasa, que es tóxica o algo?
—Ni idea. Creo que lleva sustancias químicas.
Se pasa los dedos por el oscuro cabello hasta que se le queda un poco de punta.
—Por alguna razón, tengo hambre. ¿Quedan sobras de la cena en la nevera?
—No, lo siento.
—Hummm. —Se frota la barriga—. ¿Sería de muy mala educación que comiera un poco de mantequilla de cacahuate directamente del tarro?
Me estremezco al oírle mencionar la mantequilla de cacahuete.
—Bueno, mientras no te la comas delante de Cecelia…
Él ladea la cabeza.
—¿Y eso por qué?
—Ya sabes. Porque es alérgica. —Desde luego, esta familia no parece tomarse muy en serio la alergia mortal de Cecelia a los cacahuetes.
Para mi mayor sorpresa, Andrew se ríe.
—No es alérgica.
—Sí que lo es. Me lo dijo en mi primer día aquí.
—Pues me parece que, si mi hija fuera alérgica a los cacahuetes, yo lo sabría. —Suelta un resoplido—. Además, ¿crees que si fuera cierto tendríamos un bote grande de crema de cacahuete en la despensa?
Eso fue justo lo que pensé cuando Cecelia me habló de su alergia. ¿Se lo había inventado solo para atormentarme? No me extrañaría, tratándose de ella. Por otro lado, Nina también me aseguró que la cría padecía una alergia a los cacahuetes. ¿Qué está pasando aquí? Pero Andrew ha aportado el argumento más convincente: el hecho de que haya un tarro grande de mantequilla de cacahuete en la despensa indica que aquí nadie sufre una alergia grave a los cacahuetes.
—Arándano —dice Andrew.
Frunzo el ceño.
—Me parece que no hay arándanos en el frigorífico.
—No. —Señala con la cabeza la pantalla del televisor, donde ha comenzado la segunda ronda de Family Feud—. En una encuesta realizada a cien personas, les pidieron que nombraran una fruta que quepa entera en la boca. —El concursante contesta que el arándano, y esa resulta ser la respuesta más popular. Andrew cierra los puños en un gesto triunfal—. ¿Ves? Lo sabía. Lo petaría en este concurso.
—La respuesta más popular es muy fácil de acertar —replico—. Lo complicado es pensar respuestas menos obvias.
—A ver, listilla. —Me sonríe—. Dime una fruta que te quepa entera en la boca.
—Pues… —Me doy golpecitos en el mentón con el dedo—. Una uva.
En efecto, la concursante siguiente responde «uva» y se lo dan por bueno.
—Vale, tú ganas —comenta—. También eres buena en esto. ¿Y qué me dices de la fresa?
—Seguro que está entre las respuestas —contesto—, aunque no molaría meterse una fresa entera en la boca, por el rabito y todo eso.
Los concursantes nombran las fresas y las cerezas, pero se les resiste la última respuesta. Andrew se parte el pecho cuando uno de ellos menciona el melocotón.
—¡Un melocotón! —exclama—. ¿Quién puede meterse un melocotón en la boca? ¡Tendría que descoyuntarse la mandíbula!
Suelto una risita.
—Mejor eso que una sandía.
—¡Seguro que esa es la respuesta! ¡Apostaría lo que fuera! —La última fruta del tablero resulta ser la ciruela. Andrew sacude la cabeza—. No sé yo. Ya me gustaría ver una foto de los concursantes que afirman que les cabe una ciruela entera en la boca.
—Deberían incluir eso en el programa —digo—. Enseñar las opiniones de los cien encuestados y los razonamientos detrás de sus respuestas.
—Escribe a Family Feud y propónselo —sugiere, muy serio—. Revolucionarías el programa.
Se me escapa otra risita. Cuando conocí a Andrew, di por sentado que era un ricachón estirado, pero ahora veo que me equivocaba por completo. Nina está de atar, pero Andrew es muy majo. Tiene los pies en la tierra y un gran sentido del humor. Además, me parece que es un padrazo para Cecelia.
A decir verdad, a veces siento un poco de lástima por él.
No debería pensar así. Nina es mi jefa. Me da un sueldo y un lugar donde vivir. Le debo lealtad a ella. Pero, por otro lado, es un horror de persona: es perezosa y desordenada, me proporciona información contradictoria todo el rato y en ocasiones demuestra una crueldad extrema. Incluso Enzo, que debe de pesar unos noventa kilos de puro músculo, parece tenerle miedo.
No pensaría así si Andrew no fuera tan increíblemente atractivo, claro está. Aunque me he sentado lo más lejos de él que he podido sin caerme del sofá, no logro sacarme de la cabeza que está en ropa interior. Va en gayumbos, joder. Además, la tela de su camiseta es tan fina que alcanzo a ver el contorno de unos músculos muy sexis. Podría conseguir a alguien mucho mejor que Nina.
Me pregunto si él lo sabe.
Justo cuando empiezo a relajarme y a alegrarme de que Andrew se haya sentado conmigo aquí, una voz estridente me arranca de mis pensamientos.
—Madre mía, ¿qué es lo que os hace tanta gracia?
Vuelvo la cabeza de golpe. Nina nos contempla desde el pie de la escalera. Cuando lleva tacones, la oigo venir desde un kilómetro de distancia, pero descalza resulta sorprendentemente silenciosa. Viste un camisón blanco que le llega a los tobillos, tiene los brazos cruzados sobre el pecho.
—Hombre, Nina. —Andrew se levanta del sofá, bostezando—. ¿Qué haces despierta?
Nina nos mira con cara de pocos amigos. No entiendo que Andrew no haya entrado en pánico. Yo estoy en un tris de orinarme encima. A él, en cambio, no parece importarle lo más mínimo que su esposa nos haya pillado a los dos solos en el salón a la una de la madrugada, ambos en ropa interior. No estábamos haciendo nada, pero aun así…
—Yo podría preguntarte lo mismo —replica Nina—. Parece que lo estáis pasando bomba. ¿Me contáis el chiste?
Andrew se encoge de hombros.
—He bajado a por un poco de agua, y Millie estaba aquí, viendo la tele. Me he quedado enganchado con Family Feud.
—Millie. —Nina centra su atención en mí—. ¿Por qué no te consigues un televisor para tu cuarto? Esta es la sala de estar de la familia.
—Lo siento —me apresuro a decir—. Me compraré una tele en cuanto pueda.
—Oye. —Andrew arquea las cejas—. ¿Qué tiene de malo que Millie vea un poco de televisión aquí abajo si no hay nadie más?
—Bueno, estás tú.
—Pero no me molestaba.
—¿No tenías una reunión a primera hora de la mañana? —Nina clava los ojos en él—. ¿De verdad crees que deberías estar viendo la televisión a la una de la madrugada?
Él inspira a fondo. Yo contengo la respiración, esperando por un momento que él le plante cara. Pero entonces encorva la espalda.
—Tienes razón, Nina. Será mejor que me vaya a acostar.
Ella se queda ahí de pie, con los brazos cruzados frente a su amplio busto, observando a Andrew mientras sube los peldaños con paso cansino, como un niño al que han mandado a la cama sin cenar. Me inquieta que se haya puesto tan celosa.
Me levanto también del sofá y apago el televisor. Nina no se ha movido de la base de la escalera. Estudia con detenimiento mi pantalón corto de gimnasia y mi camiseta de tirantes. Mi falta de sujetador. Me percato otra vez de lo sospechoso que debe de parecerle todo esto. Pero yo había pensado que estaría sola aquí abajo.
—Millie —dice—. A partir de ahora, espero que lleves un atuendo decente por casa.
—Lo siento mucho —me disculpo por segunda vez—. No creía que hubiera nadie despierto.
—¿De veras? —resopla—. ¿Te colarías en la casa de un desconocido en plena noche solo porque creas que no habrá nadie?
No sé qué responder a eso. No estoy en la casa de un desconocido. Vivo aquí, aunque duerma en el desván.
—No…
—Haz el favor de quedarte en el desván después de la hora de dormir —zanja—. El resto de la casa es para mi familia. ¿Queda claro?
—Muy claro.
Menea la cabeza.
—En serio, ni siquiera sé hasta qué punto nos hace falta una criada. Tal vez esto ha sido un error.
Oh, no. ¿Está despidiéndome a la una de la madrugada por ver la tele en su salón? Esto pinta muy mal. Y ni por casualidad me dará buenas referencias para otro empleo. Más bien parece el tipo de persona que llamaría a todos mis jefes potenciales para contarles lo nefasta que soy.
Tengo que arreglar esto.
Me clavo las uñas en la palma de la mano.
—Oye, Nina —empiezo—, entre Andrew y yo no ha pasado nada…
Echa la cabeza hacia atrás y rompe a reír. Es un sonido perturbador, a medio camino entre una carcajada y un alarido.
—¿Crees que eso es lo que me preocupa? Andrew y yo somos almas gemelas. Tenemos una hija en común y pronto tendremos otro bebé. ¿Crees que me da miedo que mi marido arriesgue todo lo que ha logrado en la vida por una sirvienta muerta de hambre que vive en el desván?
Trago saliva. Me temo que acabo de empeorar aún más las cosas.
—No, él no haría eso.
—Claro que no, ni de coña. —Me mira a los ojos—. Que no se te olvide.
Me quedo ahí de pie, sin saber muy bien qué decir. Al final, vuelve la cabeza con brusquedad hacia la mesa de centro.
—Recoge esa porquería…, ahora mismo.
Dicho esto, gira sobre los talones y vuelve a subir las escaleras.
En realidad, no hay ninguna porquería. Solo está el vaso que ha dejado Andrew. Con las mejillas ardiendo de humillación, me acerco a la mesa y lo agarro. Oigo que Nina da un portazo arriba, y bajo la vista al vaso que sujeto en la mano.
Incapaz de contenerme, lo lanzo con fuerza contra el suelo.
Se hace añicos con un estallido espectacular. Los trozos de vidrio se dispersan por todas partes. Al retroceder un paso, me clavo una esquirla en la planta del pie.
Vaya, menuda estupidez acabo de hacer.
Parpadeando, contemplo el estropicio que he causado. Tengo que limpiarlo, no sin antes calzarme para no pisar más cristales. Inspiro profundamente para intentar normalizar el ritmo de mi respiración. Recogeré los trozos de vidrio, y será como si no hubiera pasado nada. Nina no se enterará.
Pero tendré que ser más cuidadosa en adelante.