La asistenta

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Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 15

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El próximo sábado por la tarde, Nina celebrará una pequeña reunión de la AMPA en su jardín trasero. Quieren planear lo que ellos llaman «día de campo», una salida en la que los niños juegan en el campo durante unas horas. Por algún motivo, esto requiere meses de preparación. Nina, que no habla de otra cosa últimamente, me ha mandado más de una decena de mensajes de texto diciéndome que no me olvide de ir a buscar los aperitivos.

Empiezo a estresarme porque, como de costumbre, la casa estaba hecha un desastre cuando me he levantado esta mañana. No entiendo por qué se desordena con tanta facilidad. ¿La medicación de Nina servirá para tratar algún tipo de trastorno que la impulsa a levantarse a horas intempestivas y poner la casa patas arriba? ¿Existirá algo así?

No sé por qué los baños se ensucian tanto durante la noche, por ejemplo. Cuando entro en su lavabo por la mañana para limpiarlo, por lo general hay tres o cuatro toallas empapadas tiradas por el suelo. Casi siempre tengo que frotar para eliminar la pasta de dientes incrustada en la pila. Por algún motivo, Nina tiene aversión a tirar la ropa sucia en el cesto correspondiente, por lo que tardo diez minutos largos en recoger su sujetador, bragas, pantalones, pantis y demás. Menos mal que a Andrew se le da mejor echar su ropa en el cesto. Por otro lado, hay un montón de prendas que se deben llevar a la tintorería. Nina no sabe distinguirlas de las otras, pero pobre de mí si me equivoco al decidir si algo debe lavarse en la lavadora o en la tintorería. Sería un crimen merecedor de la horca.

Luego están los envoltorios de chuches. Me los encuentro en casi todos los recovecos de su dormitorio y su baño. Supongo que eso explica por qué Nina pesa veinte kilos más que en las fotografías de cuando empezó a salir con Andrew.

Después de limpiar la casa de arriba abajo, llevar la ropa a la tintorería, hacer la colada y planchar, voy muy justa de tiempo. Las mujeres de la AMPA llegarán en menos de una hora, y aún no he terminado todas las tareas que Nina me ha encomendado, como ir a buscar los aperitivos. Si intento explicárselo, no lo entenderá. Considerando que estuvo a punto de darme la patada la semana pasada cuando me pilló viendo Family Feud con Andrew, no puedo permitirme cometer un solo error. Tengo que asegurarme de que todo vaya como la seda esta tarde.

Salgo al jardín de atrás. El jardín trasero de los Winchester es uno de los más bellos del barrio. Enzo ha hecho muy bien su trabajo: los setos están recortados con precisión milimétrica, como si hubiera utilizado una regla. El borde del jardín está salpicado de flores, que aportan un toque de color. En cuanto al césped, está tan verde y exuberante que me vienen ganas de tumbarme sobre él boca arriba y agitar los brazos para dejar una huella en forma de ángel.

Pero, al parecer, no pasan mucho tiempo aquí fuera, pues todos los muebles del patio están cubiertos por una gruesa capa de polvo.

Ay, Señor, no tengo tiempo para ocuparme de todo.

—Millie, ¿te encuentras bien?

Andrew está de pie detrás de mí, vestido de manera informal para variar, con un polo azul y un pantalón caqui. Por alguna razón, está aún más guapo así que con sus trajes caros.

—Sí, bien —murmuro. Ni siquiera debería dirigirle la palabra.

—Pareces al borde del llanto —señala.

Cohibida, me seco los ojos con el dorso de la mano.

—No pasa nada. Es que tengo que preparar tantas cosas para la reunión de la AMPA…

—Oh, no vale la pena llorar por eso. —Arruga la frente—. A esas tías de la AMPA les parecerá todo mal, hagas lo que hagas. Son lo peor.

Esto no me consuela en absoluto.

—Oye, creo que tengo un… —Se hurga en el bolsillo y saca un pañuelo de papel engurruñado—. No sé por qué llevo un clínex en el bolsillo, pero toma.

Consigo sonreír mientras acepto el pañuelo. Al limpiarme la nariz con él, aspiro el tenue olor de la loción para después del afeitado de Andrew.

—Bueno —dice—, ¿cómo puedo ayudarte?

Sacudo la cabeza.

—No te preocupes. Yo me ocupo.

—Estás llorando. —Apoya un pie sobre la polvorienta silla—. De verdad, no soy un inútil integral. Tú solo dime qué necesitas que haga. —Como vacilo en responder, agrega—: Oye, los dos queremos que Nina esté contenta, ¿verdad? Esta es tu manera de contribuir a ello. Y no se pondrá contenta si dejo que la cagues.

—De acuerdo —gruño—. Me ayudaría mucho que fueras a recoger los aperitivos.

—Eso está hecho.

Siento como si me quitaran un enorme peso de encima. Iba a tardar veinte minutos en acercarme al establecimiento de catering y otros veinte en regresar, con lo que solo me habrían quedado quince minutos para limpiar los mugrientos muebles de jardín. No quiero ni imaginar qué pasaría si Nina se sentara en una de esas sillas con uno de sus conjuntos blancos.

—Gracias —digo—. De verdad que te lo agradezco muchísimo. De verdad.

Me dedica una gran sonrisa.

—¿De verdad?

—De verdad de la buena.

En ese momento, Cecelia sale corriendo al jardín, con un vestido rosa ribeteado de blanco. Al igual que su madre, no tiene un solo pelo fuera de lugar.

—Papi —dice.

Él vuelve la vista hacia la niña.

—¿Qué pasa, Cece?

—El ordenador no funciona —contesta ella—. No puedo hacer los deberes. ¿Me lo arreglas?

—Por supuesto. —Le posa la mano en el hombro—. Pero primero vamos a dar un paseo corto en coche y será muy díver.

La cría lo mira con aire incrédulo.

Él hace caso omiso de su escepticismo.

—Ve a ponerte los zapatos.

A mí me habría llevado horas convencer a Cecelia de que se calzara, pero en cambio entra en casa, muy obediente, para hacer lo que le ha indicado su padre. Es bastante buena chica. Menos cuando está a mi cargo.

—Te manejas bien con ella —comento.

—Gracias.

—Se te parece un montón.

Andrew niega con la cabeza.

—No mucho. Se parece a Nina.

—Sí. Tiene la tez y el cabello de ella, pero ha sacado tu nariz —insisto.

Juguetea con el dobladillo de su polo.

—Cecelia no es mi hija biológica, así que cualquier parecido entre los dos es…, ya sabes, pura coincidencia.

Madre mía, no dejo de meter la pata.

—Ah, no sabía…

—No tiene importancia. —Mantiene los ojos castaños fijos en la puerta trasera, aguardando a que Cecelia regrese—. Conocí a Nina cuando Cecelia era muy pequeña, así que soy el único padre que ha conocido. La considero mi hija. Viene a ser lo mismo.

—Por supuesto. —Andrew Winchester sube varios puntos en mi valoración. No solo no se buscó una pareja con tipo de supermodelo, sino que se casó con una mujer que ya tenía una hija y la crio como si fuera suya—. Como te decía, te manejas bien con ella.

—Me encantan los niños… Ojalá tuviéramos una docena.

Andrew hace ademán de añadir algo, pero en vez de ello aprieta los labios. Recuerdo que, hace unas semanas, Nina me contó que estaban intentando que se quedara embarazada. Me viene a la memoria el tampón que encontré en el suelo del baño. Me pregunto si sus intentos han dado fruto desde entonces. A juzgar por la triste expresión en los ojos de Andrew, me huele que no.

Pero no me cabe duda de que conseguirán que Nina conciba, si eso es lo que quieren. Al fin y al cabo, cuentan con todos los recursos del mundo. De cualquier manera, no es asunto mío.

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