La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 16

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Puedo afirmar sin temor a equivocarme que detesto a todas y cada una de las participantes en esta reunión de la AMPA. Son cuatro, contando a Nina. Me he aprendido sus nombres: Jillianne (se pronuncia «Yilián»), Patrice y Suzanne (a quien no hay que confundir con Jillianne). Si he memorizado sus nombres es porque Nina no me deja salir del jardín. Me ha obligado a quedarme de pie en un rincón en posición de firmes, por si necesitan algo.

Por lo menos los aperitivos han sido todo un éxito. Y Nina no sospecha que Andrew fue a buscarlos en mi lugar.

—No me acaba de convencer el menú del día de campo. —Suzanne se da unos golpecitos en el mentón con su bolígrafo. Hace un rato, Nina se ha referido a ella como su «mejor amiga», pero, por lo que he visto, no está muy unida a ninguna de sus supuestas amigas—. Creo que debería haber más de una opción sin gluten.

—Estoy de acuerdo —dice Jillianne—, y, aunque hay una opción vegana, no es sin gluten. ¿Qué se supone que van a comer las personas que siguen dietas veganas y sin gluten a la vez?

Yo qué sé. ¿Hierba? De verdad que nunca había conocido a nadie tan obsesionado con el gluten como estas mujeres. Cada vez que les llevaba algo para picar, cada una de ellas me interrogaba sobre la cantidad de gluten que contenía. Como si yo tuviera la más remota idea. Ni siquiera sé qué es el gluten.

Hoy hace un calor sofocante, y daría lo que fuera por estar dentro de la casa, bajo el aire acondicionado. Joder, daría lo que fuera por un trago de la limonada rosa con gas que están bebiendo las mujeres. No dejo de enjugarme sudor de la frente cuando sé que no me miran. Tengo miedo de que me hayan salido manchas de humedad en las axilas.

—Este pan de pita con queso de cabra y arándanos estaría mejor caliente —comenta Patrice mientras mastica un bocado—. Apenas está tibio.

—Tienes razón —dice Nina, como disculpándose—. Le he pedido a la asistenta que se encargara de ello, pero ya sabes cómo es esto. Es tan difícil encontrar un buen servicio doméstico…

Me quedo boquiabierta. No me ha pedido eso en ningún momento. Además, ¿no se da cuenta de que estoy justo aquí delante?

—Ya lo creo que es difícil. —Jillianne asiente en señal de conformidad—. Ya no se puede contratar personal competente. La ética laboral en este país es penosa. Una se pregunta por qué esa gente no es capaz de encontrar un empleo mejor, ¿no? Pues por pura y simple gandulería.

—La alternativa es emplear a extranjeros —agrega Suzanne—. Pero entonces apenas hablan el idioma, como Enzo.

—¡Al menos resulta agradable a la vista! —dice Patrice con una carcajada.

Las demás prorrumpen en gritos agudos y risitas, salvo Nina, que mantiene un curioso silencio. Supongo que no le hace falta comerse con los ojos al paisajista cañón estando casada con Andrew…, y no la culpo por ello. Por otro lado, parece guardarle un extraño rencor a Enzo.

Me muero de ganas de decirles algo por el modo en que han estado poniéndome verde a mis espaldas… Bueno, a mis espaldas no, puesto que me tienen aquí delante, como ya he comentado. Pero tengo que demostrarles que no soy una americana gandula. Me he dejado el culo en este trabajo, sin quejarme una sola vez.

—Nina —digo tras carraspear—, ¿quieres que caliente los aperitivos?

Ella se vuelve hacia mí, con un relampagueo en la mirada que me hace recular.

—Millie —responde con serenidad—, estamos en medio de una conversación. Haz el favor de no interrumpir. Es de mala educación.

—Ah, es que…

—Además —prosigue—, te agradecería que no te dirigieras a mí como «Nina». No soy tu colega de copas. —Se ríe con desprecio, volviéndose hacia las otras mujeres—. Para ti soy la señora Winchester. Espero no tener que volver a recordártelo.

Me quedo mirándola, estupefacta. El día que la conocí, me pidió que me dirigiera a ella como Nina. Llevo llamándola así desde que empecé a trabajar aquí, y jamás se había quejado. Ahora se comporta como si me estuviera tomando demasiadas confianzas.

Lo peor es que las otras la tratan como a una heroína por reprenderme. Patrice se pone a contar que su señora de la limpieza tuvo el descaro de hablarle de la muerte de su perro.

—No es por ser cruel —asegura Patrice—, pero ¿a mí qué me importa que el perro de Juanita haya muerto? Por favor, no había forma de que dejara el tema.

—Pero la verdad es que necesitamos a alguien que trabaje aquí. —Nina se lleva a la boca uno de los inaceptables aperitivos. He estado observándola, y se ha zampado casi la mitad de ellos mientras las demás comen como pajaritos—. Sobre todo cuando Andrew y yo tengamos otro bebé.

A las demás se les escapan grititos de sorpresa.

—¿Estás embarazada, Nina? —exclama Suzanne.

—¡Ya sabía yo que estabas comiendo cinco veces más que nosotras por algo! —dice Jillianne en tono triunfal.

Nina le lanza una mirada que me obliga a aguantarme la risa.

—No estoy embarazada… aún. Pero Andy y yo estamos yendo a un especialista en fertilidad que se supone que es el no va más. Os garantizo que antes de que acabe el año tendré un bebé.

—Eso es genial. —Patrice le posa una mano en el hombro—. Sé que hace tiempo que buscáis un niño. Además, Andrew es un padrazo.

Nina asiente, y, por unos instantes, parece que se le humedecen los ojos. Se aclara la garganta.

—Disculpadme un momento, señoras. Enseguida vuelvo.

Nina entra a toda prisa en la casa, y no sé si se supone que debo seguirla. Seguramente va al baño o algo así. Por otra parte, tal vez ahora figure entre mis obligaciones acompañarla al lavabo para secarle las manos con una toalla, tirar de la cadena o vete tú a saber qué.

En cuanto se marcha, las demás se echan a reír por lo bajo.

—¡Madre mía! —suelta Jillianne, sin contener la risa—. ¡Menudo corte! He quedado fatal. ¡Había pensado que estaba embarazada de verdad! A ver, no me digáis que no lo parece.

—Se está poniendo como una vaca —se muestra de acuerdo Patrice—. Le hacen mucha falta un nutricionista y un entrenador personal. ¿Y os habéis fijado en cómo se le notan las raíces?

Las otras mujeres mueven la cabeza afirmativamente. Aunque no participo en la conversación, también me he fijado en las raíces de Nina. El día que me entrevisté con ella, llevaba el cabello impecable. Ahora las raíces oscuras le han crecido por lo menos un centímetro. Me sorprende que se haya descuidado hasta ese punto.

—O sea, antes muerta que andar por ahí con esas pintas —dice Patrice—. ¿Y así espera conservar a ese marido buenorro que tiene?

—Y más teniendo en cuenta que, según he oído, firmaron un acuerdo prematrimonial a prueba de balas —tercia Suzanne—. Si se divorciaran, ella no se llevaría casi nada. Ni siquiera una pensión alimenticia para Cecelia, porque, como sabéis, él nunca la adoptó.

—¡Un acuerdo prematrimonial! —exclama Patrice—. Pero ¿en qué estaría pensando Nina? ¿Por qué habrá firmado una cosa así? Más le vale esforzarse por tenerlo contento.

—¡Pues no seré yo quien le diga que debería ponerse a régimen! —asegura Jillianne, subiendo la voz—. No quiero volver a enviarla a esa clínica de salud mental. Ya sabéis que Nina no está muy allá.

Reprimo un grito ahogado. Cuando aquellas otras mujeres en el colegio insinuaron que Nina estaba loca, quise creer que se referían a la típica locura de los que viven en barrios residenciales. A que iba al psicólogo y se tomaba algún sedante de vez en cuando. Si lo que dicen estas brujas chismosas es cierto, ha estado ingresada en un hospital psiquiátrico. Padece un trastorno grave.

Siento una punzada de culpa por desesperarme cuando me proporciona información incorrecta o cambia de humor de repente. No es culpa suya. Tiene problemas importantes. Todo parece cobrar un poco más de sentido.

—Una cosa os digo. —Patrice baja bastante la voz con la intención de que no la oiga, lo que solo demuestra que no tiene ni idea de lo fuerte que habla—. Si yo estuviera en su lugar, lo último que haría sería contratar a una criada guapa y joven para que viviera en mi casa. Los celos deben de estar comiéndosela viva.

Desvío la vista para que no se note que no me estoy perdiendo una palabra. He hecho todo lo posible por evitar que Nina se ponga celosa. No quiero darle el menor motivo para sospechar que estoy interesada en su marido. No quiero que sepa que lo encuentro atractivo o que piense que existe la más mínima posibilidad de que pase algo entre él y yo.

A ver, sí: si Andrew estuviera soltero, me interesaría. Pero no lo está. Pienso mantenerme alejada de ese hombre. Nina no tiene por qué preocuparse.

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