La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 17
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Andrew y Nina tienen cita con ese especialista en fertilidad hoy.
Llevan toda la semana nerviosos e ilusionados por la visita. Anoche oí fragmentos de su conversación durante la cena. Al parecer, le han realizado a Nina un montón de pruebas y hoy les explicarán los resultados. Ella cree que le recomendarán la fecundación in vitro, que es muy cara, pero les sale la pasta por las orejas.
A pesar de que Nina me saca de quicio a veces, me enternece verlos hacer planes sobre el futuro bebé. Ayer hablaban de acondicionar la habitación de invitados como cuarto para el niño. No sé quién está más ilusionado, si Nina o Andrew. Por el bien de los dos, espero que ella se quede embarazada pronto.
Mientras ellos están en la consulta, se supone que yo debo cuidar a Cecelia. Vigilar a una cría de nueve años no debe de ser complicado. Pero Cecelia parece empeñada en demostrar lo contrario. Cuando la madre de una amiga la trae a casa de su clase de hoy (no sé si de kárate, ballet, piano, fútbol o gimnasia…; voy muy perdida con su calendario de actividades), se quita un zapato y lo lanza en una dirección, el segundo en otra y su mochila en una tercera. Por suerte, hace demasiado calor para llevar chaqueta, pues de lo contrario tendría que encontrar un cuarto lugar donde tirarla.
—Cecelia —digo, armándome de paciencia—. ¿Puedes colocar tus zapatos en el zapatero?
—Luego —contesta, dejándose caer en el sofá con aire distraído y alisándose el vestido amarillo claro. Agarra el mando a distancia y pone en la tele unos dibujos animados ruidosos que dan dentera. Una naranja y una pera discuten en la pantalla—. Tengo hambre.
Respiro hondo para intentar calmarme.
—¿Qué te apetece comer?
Supongo que me pedirá que le prepare alguna cosa absurda solo para hacérmelas pasar canutas, así que su respuesta me sorprende.
—¿Un sándwich de salchichón?
Me alivia tanto que tengamos todos los ingredientes necesarios en casa que ni siquiera le insisto en que diga «por favor». Si Nina quiere que su hija sea una mocosa malcriada, allá ella. No me corresponde a mí educarla.
Me dirijo a la cocina, saco el pan y un paquete de salchichón de ternera del abarrotado frigorífico. No sé si Cecelia quiere que unte mayonesa en su sándwich y, lo que es más, estoy segura de que le parecería demasiada o demasiado poca, así que decido darle el tarro para que se ponga la cantidad exacta. ¡Ja! ¿A que esa no te la esperabas, Cecelia?
Regreso al comedor y deposito el sándwich y la mayonesa sobre la mesa de centro, delante de ella. Baja la vista hacia el plato, frunciendo el ceño. Coge el bocadillo con manos vacilantes y al instante crispa el rostro, asqueada.
—¡Puaj! —grita—. No lo quiero.
Juro que estoy a punto de estrangular a esta niña con mis propias manos.
—Me has pedido un sándwich de salchichón, y eso es lo que te he hecho.
—¡No te he pedido un sándwich de salchichón —gimotea—, sino un sándwich de salpicón!
Me quedo mirándola con la boca abierta de par en par.
—¿Un sándwich de salpicón? ¿Y eso qué es?
Con un gruñido de enfado, Cecelia tira el sándwich al suelo. La carne y el pan se separan y caen en tres montones distintos sobre la moqueta. Lo único bueno es que no se ha manchado de mayonesa, porque no le he puesto.
Vale, estoy hasta las narices de esta mocosa. No soy quién para juzgarla, pero ya es lo bastante mayorcita para saber que no se tira la comida al suelo. Debería aprender a comportarse como una niña de su edad, sobre todo teniendo en cuenta que en un futuro próximo habrá un bebé en casa.
—Cecelia —digo con los dientes apretados.
Ella alza su mentón ligeramente afilado.
—Qué.
No sé qué habría pasado entre ella y yo, pero nuestro cara a cara se ve interrumpido por el ruido de la puerta principal al abrirse. Deben de ser Andrew y Nina, que vuelven de su cita con el especialista. Aparto la mirada de Cecelia y despliego una sonrisa forzada. Sin duda Nina estará eufórica por la visita.
Sin embargo, cuando entran en el salón, ninguno de los dos sonríe.
Y eso no es nada. Nina lleva la rubia cabellera desgreñada y la blusa blanca arrugada. Tiene los ojos inyectados en sangre. Andrew tampoco presenta muy buen aspecto. Lleva la corbata medio desanudada, como si algo lo hubiera distraído cuando estaba quitándosela. De hecho, también tiene los ojos enrojecidos.
Me retuerzo las manos.
—¿Todo bien?
Debería haber mantenido la boca cerrada. Habría sido la opción más inteligente. Nina clava la vista en mí, y la pálida tez se le pone colorada.
—Por Dios santo, Millie —exclama—. ¿Por qué tienes que ser tan entrometida? No es asunto tuyo, joder.
Trago saliva.
—Lo siento mucho, Nina.
Baja los ojos hacia las cosas que hay desparramadas por el suelo: los zapatos de Cecelia, el pan y el salchichón cerca de la mesa de centro. En algún momento del último minuto, Cecelia se ha escabullido del comedor y ha desaparecido de escena. A Nina se le contraen las facciones.
—¿De verdad tengo que encontrarme con esto cuando vuelvo a casa? ¿Con esta porquería? No sé para qué te pago. Tal vez deberías empezar a buscarte otro trabajo.
Se me hace un nudo en la garganta.
—Iba…, iba a recogerlo ahora…
—Por mí no hace falta que muevas un dedo. —Le lanza una mirada fulminante a Andrew—. Me voy a acostar. Me duele una barbaridad la cabeza.
Nina sube la escalera con paso furioso, aporreando los peldaños con taconazos que suenan como tiros, y, como colofón, da un portazo tras entrar en su dormitorio. Resulta evidente que algo no ha ido bien en la consulta. Sería inútil intentar hablar con ella en este momento.
Andrew se hunde en el sofá de piel y echa la cabeza hacia atrás.
—Pues vaya mierda.
Mordiéndome el labio, me siento a su lado, aunque intuyo que tal vez no debería.
—¿Estás bien?
Se frota los ojos con las yemas de los dedos.
—No mucho.
—¿Te…, te apetece hablar de ello?
—La verdad es que no. —Cierra los ojos con fuerza por unos instantes y exhala un suspiro—. No va a poder ser. Nina no se quedará embarazada.
Mi primera reacción es de sorpresa. No sé mucho sobre el tema, pero me cuesta creer que Nina y Andrew no puedan resolver este problema a golpe de talonario. Vi en las noticias que una mujer de sesenta años se había quedado encinta, lo juro.
Pero no puedo decírselo a Andrew. Acaban de estar con una eminencia en el campo de la fertilidad. Si ha dicho que Nina no puede concebir, no hay más que hablar. No tendrán otro bebé.
—Lo siento mucho, Andrew.
—Ya… —Se pasa la mano por el pelo—. Intento llevarlo bien, pero mentiría si dijera que no ha sido una desilusión para mí. A ver, quiero a Cecelia como si fuera mi hija, pero… deseaba… Es decir, siempre había soñado con…
Es la conversación más profunda que hemos mantenido. En cierto modo me halaga que se abra a mí.
—Te entiendo —murmuro—. Debe de ser muy duro… para los dos.
Baja la vista hacia su regazo.
—Tengo que ser fuerte por Nina. Esto la ha destrozado.
Se queda callado un momento, deslizando el dedo por un pliegue en la piel del sofá.
—Hay un espectáculo en la ciudad que Nina quiere ir a ver… No para de hablar de él. Showdown. Sé que la animaría que compráramos entradas. Sería genial que le preguntaras por la fecha y nos consiguieras asientos de platea.
—Eso está hecho —respondo. Aunque no soporto a Nina por muchos motivos, no quiero ni imaginar el palo que supone recibir una noticia así. Siento lástima por ella.
Se vuelve a restregar los enrojecidos ojos.
—Gracias, Millie. Créeme que no sé qué haríamos sin ti. Me sabe mal que Nina no te trate muy bien a veces. Es un poco temperamental, pero te aprecia de verdad y te está muy agradecida por tu ayuda.
Esto me parece un poco dudoso, pero no pienso discutir con él. Tendré que seguir trabajando aquí hasta que ahorre una cantidad razonable de dinero. Y tendré que esforzarme al máximo por complacer a Nina.