La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 18

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Esa noche, me despiertan unos gritos.

El desván está tan bien aislado que no alcanzo a distinguir las palabras, pero me llegan unas voces estentóreas desde abajo, una voz masculina y una femenina. Las de Andrew y Nina.

De pronto, suena un estrépito.

Me levanto de la cama de forma instintiva. Tal vez no sea asunto mío, pero ahí abajo está pasando algo. Lo mínimo que puedo hacer es cerciorarme de que no necesitan ayuda.

Llevo la mano al pomo de mi puerta. No gira. Estoy bastante acostumbrada a que la puerta se atasque, pero, de vez en cuando, me entra una punzada de pánico. Sin embargo, de pronto, el pomo cede bajo mis dedos. Estoy fuera.

Bajo los chirriantes escalones hasta la primera planta. Ahora que no estoy en el desván, los gritos suenan mucho más altos. Proceden del dormitorio principal. Nina le grita a Andrew. Parece al borde de la histeria.

—¡No es justo! —chilla—. He hecho todo lo que he podido y…

—Nina —dice él—, no es culpa tuya.

—¡Sí que lo es! ¡Si estuvieras con una mujer más joven, podrías tener el hijo que quieres! ¡Es culpa mía!

—Nina…

—¡Estarías mejor sin mí!

—Vamos, no digas eso…

—¡Es la verdad! —No obstante, su tono no es de tristeza, sino de rabia—. ¡Desearías que yo desapareciera!

—¡Basta, Nina!

Suena otro ruido fuerte dentro de la habitación, seguido de un tercero. Retrocedo un paso, debatiéndome entre llamar a la puerta para preguntarles si va todo bien y el impulso de correr a esconderme en mi cuarto. Me quedo ahí parada unos segundos, paralizada por la indecisión. De pronto, la puerta se abre con brusquedad.

Nina está en el vano, con el mismo camisón blanquísimo que llevaba la noche que nos sorprendió a Andrew y a mí en el salón. Pero ahora reparo en un reguero carmesí que baja por la pálida tela desde la cadera.

—Millie —dice, traspasándome con la mirada—, ¿qué haces aquí?

Cuando le miro las manos, veo que también tiene la palma derecha embadurnada de rojo.

—Pues…

—¿Nos estabas espiando? —Arquea una ceja—. ¿Has estado escuchando nuestra conversación?

—¡No! —Retrocedo un paso—. Es solo que he oído un ruido como de algo que se rompía y me preocupaba que… Quería comprobar que no os hubierais hecho daño.

Se da cuenta de que tengo la vista fija en lo que estoy casi segura de que es una mancha de sangre en su camisón. Reacciona casi como si esto le hiciera gracia.

—Me he hecho un cortecito de nada en la mano. Nada por lo que preocuparse. No necesito tu ayuda.

Pero ¿qué ha sucedido en realidad ahí dentro? ¿Es esa la verdadera razón por la que tiene todo el camisón ensangrentado? ¿Y dónde está Andrew?

¿Y si Nina lo ha matado? ¿Y si yace muerto en medio del dormitorio? O, peor aún, ¿y si está desangrándose en este preciso momento y aún estoy a tiempo de salvarlo? No puedo dar media vuelta sin más. He hecho cosas malas en la vida, pero no pienso permitir que Nina se vaya de rositas tras cometer un asesinato.

—¿Dónde está Andrew? —pregunto.

Le aparecen unos círculos rosados en las mejillas.

—¿Perdona?

—Es que… —Me remuevo inquieta sobre mis pies descalzos—. He oído un estrépito. ¿Se encuentra bien?

Nina clava los ojos en mí.

—¡Cómo te atreves! ¿De qué me acusas?

De pronto recuerdo que Andrew es un hombre corpulento y fuerte. Si Nina ha podido con él, ¿qué posibilidades tengo yo de reducirla? Pero estoy petrificada. He de asegurarme de que él está bien.

—Vuelve a tu cuarto —me ordena.

Trago a pesar del nudo que se me ha formado en la garganta.

—No.

—O vuelves a tu cuarto o te vas a la calle.

Lo dice en serio. Se lo noto en la mirada. Pero no puedo moverme. Me dispongo a protestar de nuevo cuando oigo algo que me lleva a relajar los hombros, aliviada.

El sonido del grifo de la habitación principal al abrirse.

Andrew está bien. Solo ha ido al baño.

Menos mal.

—¿Contenta? —Una expresión gélida asoma a sus ojos azules, pero hay algo más ahí. Una chispa de ironía. Le divierte asustarme—. Mi marido está vivito y coleando.

Agacho la cabeza.

—Bueno, yo solo quería… Siento haberte molestado.

Giro sobre los talones y me alejo con paso pesado por el pasillo. Noto la mirada de Nina fija en mi espalda. Cuando estoy a punto de llegar a la escalera, su voz resuena detrás de mí.

—Millie.

Me vuelvo. Su camisón blanco resplandece bajo la luz de la luna que se cuela en el pasillo, lo que le confiere el aspecto de un ángel. Salvo por la sangre. Veo también un pequeño charco carmesí en el suelo, que se extiende justo debajo de su mano derecha.

—¿Sí?

—No salgas del desván por las noches. —Parpadea, sin apartar los ojos de mí—. ¿Me has entendido?

No hace falta que me lo pida dos veces. Quiero encerrarme en el desván para siempre.

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