La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 19
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A la mañana siguiente, Nina se ha transformado de nuevo en su versión más agradable y al parecer ha olvidado lo que sucedió anoche. Yo misma pensaría que no fue más que una pesadilla aterradora de no ser por la venda que le envuelve la mano derecha. La gasa blanca está salpicada de puntos color carmesí.
Aunque no me trata de un modo extraño, Nina parece más cansada y nerviosa que de costumbre. Cuando arranca para llevar a Cecelia al colegio, los neumáticos chirrían contra el asfalto. Cuando regresa, se queda un momento de pie en medio del salón, contemplando las paredes, hasta que salgo de la cocina y le pregunto si va todo bien.
—Sí, todo bien. —Se tira del cuello de la blusa blanca. Lo tiene arrugado, aunque estoy segura de haberlo planchado—. ¿Serías tan amable de prepararme algo de desayunar, Millie? Lo de siempre.
—Claro —respondo.
Para Nina, «lo de siempre» son tres huevos revueltos con mucha mantequilla y queso parmesano, cuatro lonchas de beicon y un muffin inglés, también con mantequilla. No puedo evitar pensar en los comentarios que hicieron las otras mujeres de la AMPA sobre el peso de Nina mientras ella estaba en otra parte de la casa, aunque me parece muy bien que, a diferencia de ellas, no controle cada caloría que se mete en el cuerpo. Nina no sigue una dieta vegana ni sin gluten. Por lo que he visto, come todo lo que le apetece y más. Incluso toma tentempiés a altas horas de la noche, como atestiguan los platos sucios que deja sobre la encimera para que yo los lave por la mañana. Ni uno solo de esos platos ha acabado en el lavavajillas.
Le sirvo el desayuno en la mesa del comedor con un vaso de zumo de naranja al lado. Se pone a examinar la comida, y temo encontrarme frente a la versión de Nina que me dirá que todo está mal cocinado o que en ningún momento me ha indicado que le prepare nada. Sin embargo, en vez de ello me dedica una cálida sonrisa.
—Gracias, Millie.
—De nada. —Titubeo, sin saber si quedarme o marcharme—. Por cierto, Andrew me ha pedido que os consiga dos entradas para Showdown, en Broadway.
Se le ilumina el rostro.
—Qué detallista es. Sí, sería estupendo.
—¿Qué días te vendrían bien?
Toma un bocado de huevos revueltos y mastica, pensativa.
—Tengo libre el domingo de la próxima semana. A ver si encuentras algo para ese día.
—Claro. Y puedo quedarme con Cecelia, por supuesto.
Se lleva más huevo a la boca. Un trocito se le escapa de los labios y cae sobre su blusa blanca. Ella no parece percatarse de ello y continúa comiendo como si nada.
—Te lo agradezco de verdad, Millie. —Me guiña un ojo—. Te juro que no sé qué haríamos sin ti.
Le gusta decirme eso. O que me va a despedir. Cuando no es una cosa, es la otra.
Pero supongo que no es culpa suya. No cabe duda de que Nina tiene problemas emocionales, como afirmaban sus amigas. No dejo de pensar en su supuesta estancia en un hospital psiquiátrico. A uno no lo encierran en un sitio así sin un buen motivo. Tuvo que suceder algo malo, y una parte de mí se muere de ganas de averiguar qué fue. Pero no se lo puedo preguntar, por razones obvias, y mis intentos por sonsacarle la historia a Enzo no han rendido fruto.
El plato de Nina está casi limpio, pues ha engullido los huevos, el beicon y el muffin inglés en menos de cinco minutos, cuando Andrew baja trotando las escaleras. Estaba un poco preocupada por él por lo de anoche, aunque oí correr el agua. No era un escenario muy probable, pero, yo qué sé, tal vez Nina había acoplado una especie de temporizador al grifo para que yo creyera que él estaba en el baño, sano y salvo. Como digo, no me parecía probable, pero tampoco imposible. En cualquier caso, me alivia ver que está indemne. Se me corta un poco la respiración al ver su traje gris marengo combinado con una camisa de vestir azul claro.
Justo antes de que Andrew entre en el comedor, Nina aparta su plato a un lado. Se pone de pie y se atusa la rubia cabellera, desprovista de su lustre habitual y con las raíces oscuras aún más visibles que antes.
—Hola, Andy. —Le ofrece una sonrisa radiante—. ¿Cómo hemos amanecido hoy?
Él se dispone a responderle, pero entonces su mirada se posa en el trocito de huevo que aún lleva pegado a la blusa. Una comisura de los labios se le curva hacia arriba.
—Nina, tienes un poco de huevo aquí.
—¡Ah! —Con las mejillas sonrosadas, intenta limpiarse la blusa. Sin embargo, el huevo lleva varios minutos ahí, por lo que queda una mancha en la delicada tela blanca—. ¡Perdona!
—No pasa nada…, sigues estando preciosa. —La agarra por los hombros y la atrae hacia sí para besarla. No hago caso de la punzada de celos que siento en el pecho al verla derretirse en sus brazos—. Tengo que irme pitando a la oficina, pero nos vemos esta noche.
—Te acompaño hasta la puerta, cariño.
Esta Nina nació con una flor en el culo. Lo tiene todo. Sí, se pasó una temporada en una institución psiquiátrica, pero al menos no estuvo en la cárcel. Y hela aquí, con una casa alucinante, carretadas de dinero y un marido atento, gracioso, rico, considerado y…, bueno, increíblemente guapo.
Cierro los ojos un instante y me imagino cómo sería estar en el lugar de Nina. Ser la señora de esta casa. Tener ropa cara, zapatos de marca y un coche de alta gama. Tener una criada con la que ponerme en plan mandona; obligarla a cocinar y lavar para mí, y a vivir en un cuartucho en el desván mientras yo duermo en una amplia habitación con una cama extragrande y sábanas de tropecientos mil hilos. Y, sobre todo, tener un marido como Andrew, que apriete los labios contra los míos como ha hecho con ella. Sentir en mi pecho la calidez de su cuerpo…
Ay, madre. Tengo que dejar de pensar en eso de una vez. En mi defensa, he de decir que llevo mucho tiempo a dos velas. Me pasé diez años en prisión, fantaseando sobre el tío ideal que conocería cuando saliera y que me salvaría de todo. Y ahora…
Bueno, podría ocurrir. Es posible.
Subo las escaleras y me pongo a hacer las camas y limpiar las habitaciones. Justo cuando he terminado y me dirijo de nuevo a la planta baja, suena el timbre. Me apresuro a abrir y me sorprendo al ver a Enzo frente a la puerta, cargado con una enorme caja de cartón.
—Ciao —digo, recordando el saludo que me enseñó.
Una expresión divertida le cruza el rostro.
—Ciao. Esto… para ti.
Me imagino de inmediato lo que ha ocurrido. A veces los mensajeros no caen en la cuenta de que pueden entrar por la verja, así que dejan los paquetes pesados fuera, y yo tengo que arrastrarlos hasta el interior de la casa. Enzo debe de haber visto al repartidor depositar la caja frente a la entrada y me ha hecho el favor de traérmela.
—Grazie —digo.
Arquea las cejas.
—¿Quieres que yo…?
Tardo un segundo en comprender qué está preguntando.
—Ah… Sí, déjala sobre la mesa del comedor.
Señalo la mesa, y él lleva el paquete hasta ahí. Recuerdo aquella ocasión en que Nina se puso histérica porque Enzo había entrado en casa, pero ahora mismo no está, y esa caja parece demasiado pesada para mí. Cuando él la coloca sobre la mesa, echo un vistazo al remitente: Evelyn Winchester. Será algún familiar de Andrew.
—Grazie —digo otra vez.
Enzo asiente. Lleva una camiseta blanca y unos vaqueros. Le sientan muy bien. Siempre está sudando la gota gorda en algún jardín del barrio, y a muchas de las ricachonas del vecindario les encanta comérselo con los ojos. A decir verdad, yo prefiero el físico de Andrew, y además está el tema de la barrera idiomática, claro. Pero tal vez me haría bien divertirme un poco con Enzo. Me ayudaría a descargar toda esa energía acumulada, y quizá dejaría de tener fantasías de todo punto inapropiadas con el esposo de mi jefa.
No sé muy bien cómo abordar el tema, dado que no hablamos el mismo idioma. Por otro lado, estoy segura de que el lenguaje del amor es universal.
—¿Agua? —le ofrezco mientras intento pensar cómo proceder en este asunto.
Mueve la cabeza afirmativamente.
—Si.
Corro a la cocina y saco un vaso del armario. Lo lleno de agua hasta la mitad y se lo llevo. Lo acepta, agradecido.
—Grazie.
Se le marca el bíceps cuando se lleva el vaso a los labios. La verdad es que tiene un cuerpazo. Me pregunto qué tal será en la cama. Seguramente una máquina.
Me retuerzo las manos mientras él bebe.
—Y, en fin…, ¿estás… ocupado?
Baja el vaso y me mira, sin comprender.
—¿Eh?
—Hum. —Me aclaro la garganta—. O sea, ¿tienes mucho… trabajo?
—Trabajo. —Asiente al oír una palabra que entiende. De verdad, no me cabe en la cabeza que lleve tres años trabajando aquí y no comprenda el idioma—. Si. Molto occupato.
—Vaya.
La cosa no marcha bien. Tal vez debería ir al grano.
—Oye. —Doy un paso hacia él—. He pensado que a lo mejor te apetecería tomarte… un pequeño descanso.
Me escudriña el rostro con los negros ojos. Unos ojos bonitos, por cierto.
—Yo… no entiendo.
No debo desfallecer. Cuento con el lenguaje del amor y todo eso.
—Un descanso. —Tiendo la mano, se la poso sobre el pecho y levanto la ceja en un gesto sugerente—. Ya sabes.
Esperaba que, llegados a este punto, él me sonriera, me levantara en brazos y me subiera al desván para empotrarme durante horas. Lo que no me esperaba era que se le ensombreciera la mirada de ese modo. Se aparta de mí de un salto como si mi mano le quemara y me suelta una parrafada en italiano, enfadado. No tengo idea de qué me está hablando. Solo me queda claro que no está diciendo «hola» o «gracias».
—Lo…, lo siento mucho —digo, sin saber qué hacer.
—Sei pazza! —me grita. Se pasa la mano por el negro cabello—. Che cavolo!
Se me cae la cara de vergüenza. Estoy deseando que me trague la tierra. A ver, sabía que existía la posibilidad de que me rechazara, pero no imaginaba que lo haría con tanta vehemencia.
—No…, no era mi intención…
Alza la vista hacia la escalera, casi con miedo, antes de posarla de nuevo en mí.
—Ahora me…, me voy.
—Claro. —Asiento con la cabeza—. Por supuesto. Lo…, lo siento mucho. Solo quería ser amable. No pretendía…
Me mira como si supiera que lo que acabo de decir es una chorrada. Supongo que hay cosas que sí son universales.
—Lo siento —digo por tercera vez mientras él se dirige hacia la puerta con grandes zancadas—. Y… gracias por el paquete. Grazie.
Se para un momento en el umbral y se vuelve para clavar los negros ojos en mí.
—Vete… lejos, Millie —dice en su inglés macarrónico—. Es… —Aprieta los labios y consigue articular la palabra que pronunció el día que nos conocimos, pero esta vez en mi idioma—: Peligroso.
Lanza otra mirada escaleras arriba, con expresión preocupada. Luego sacude la cabeza y, antes de que yo pueda detenerlo para intentar aclarar a qué se refiere, sale a toda prisa por la puerta principal.