La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 20

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Madre mía, qué momento tan vergonzoso.

Aún me atormenta el bochorno por el rechazo de Enzo mientras espero a que termine la clase de claqué de Cecelia. Siento como si la cabeza me fuera a estallar, y el repiqueteo simultáneo de varios piececitos procedente del aula de baile no me hace sentir mejor. Desplazo la vista por la sala, preguntándome si hay alguien a quien le irrite tanto como a mí. ¿No? ¿Soy la única?

La mujer sentada junto a mí me dirige al fin una mirada de solidaridad. A juzgar por la tersura natural de su tez, sin rastro de bótox o estiramiento facial, calculo que tiene más o menos mi edad, lo que me lleva a pensar que tampoco ha venido a recoger a un hijo suyo. Forma parte del «servicio», como yo.

—¿Quieres un ibuprofeno? —me pregunta. Debe de estar dotada de un sexto sentido, pues ha percibido mi malestar. O eso, o mis suspiros me han delatado.

Tras vacilar unos instantes, hago un gesto afirmativo. Un analgésico no me curará de la humillación de las calabazas que me ha dado el paisajista italiano cañón, pero al menos me aliviará el dolor de cabeza.

Ella hurga en su bolso grande y negro, y saca un frasco de ibuprofeno. Me mira alzando las cejas, extiendo la mano, y ella deja caer dos pastillas rojas sobre la palma. Me las echo en la boca, hasta el fondo, y me las trago sin agua. Me pregunto cuánto tardarán en hacer efecto.

—Por cierto, me llamo Amanda —dice—. Soy tu camello oficial de la sala de espera de la academia de claqué.

Me río, a mi pesar.

—¿A quién has venido a buscar?

Se quita la cola de caballo del hombro con la mano.

—A las gemelas Bernstein. Deberías verlas bailar claqué al unísono. Es un espectáculo digno de admirarse…, ya que hablamos de dolores de cabeza brutales. ¿Y tú?

—A Cecelia Winchester.

Amanda suelta un silbido por lo bajo.

—¿Trabajas para los Winchester? Que no te pase nada.

Me aprieto las rodillas.

—¿Y eso por qué?

Se encoge de hombros.

—Ya sabes, por Nina Winchester. Está… —Hace el gesto universal para la chaladura con el dedo índice—. ¿No?

—¿Cómo lo sabes?

—Oh, todo el mundo lo sabe. —Me lanza una mirada elocuente—. Además, tengo la sensación de que Nina debe de ser muy celosa. Y su marido está como un tren…, ¿no crees?

Desvío la vista.

—No está mal, supongo.

Me humedezco los labios con la lengua mientras Amanda rebusca en su bolso. Es la oportunidad que esperaba. He topado con alguien a quien le puedo sonsacar información sobre Nina.

—En fin —digo—, ¿por qué cree la gente que Nina está loca?

Alza los ojos y, por un momento, temo que vaya a ofenderse por mi fisgoneo descarado, pero ella solo sonríe.

—Sabes que estuvo encerrada en una loquería, ¿no? Es la comidilla de todos.

Me estremezco un poco al oír lo de «loquería». Seguro que utiliza expresiones igual de pintorescas para designar el sitio donde pasé la última década de mi vida. Pero tengo que averiguarlo. Se me acelera el pulso hasta acompasarse con el repiqueteo de piececitos procedente de la sala contigua.

—Algo había oído al respecto…

Amanda chasquea la lengua.

—Cecelia era muy pequeña por aquel entonces. Pobrecilla. Si la poli hubiera llegado un segundo más tarde…

—¿Qué?

Mira en torno a sí y baja la voz.

—Sabes lo que hizo Nina, ¿no?

Por toda respuesta, niego con la cabeza.

—Fue terrible… —Amanda inspira con brusquedad—. Intentó ahogar a Cecelia en la bañera.

Me llevo la mano a la boca.

—¿Que ella… qué?

Amanda asiente con aire solemne.

—Nina la drogó, la tiró en la bañera con el grifo abierto y se tomó unas cuantas pastillas también.

Abro los labios, pero no me salen las palabras. Me esperaba más bien algo como, yo qué sé, que había discutido con otra madre de la clase de ballet sobre cuál era el mejor color para los tutús, y le había dado un ataque porque no se habían puesto de acuerdo; o que su manicuro favorito había decidido jubilarse y Nina no había sido capaz de soportarlo. Esto es totalmente distinto. La mujer trató de asesinar a su propia hija. No se me ocurre nada más espantoso que eso.

—Al parecer, Andrew Winchester estaba en su oficina, en la ciudad —prosigue—, pero se preocupó porque no conseguía comunicarse con ella. Menos mal que llamó a la policía.

El dolor de cabeza ha empeorado, a pesar del ibuprofeno. De verdad que tengo ganas de vomitar. Nina intentó matar a su hija y luego suicidarse. Dios santo, no me extraña que tome antipsicóticos.

Me parece incomprensible. Pueden decirse muchas cosas sobre Nina, pero salta a la vista que quiere mucho a Cecelia. Eso es imposible de fingir. Y, a pesar de todo, confío en Amanda; he oído rumores en boca de demasiadas personas. Cuesta creer que todo el mundo esté equivocado.

Es cierto que Nina se propuso quitarle la vida a su hija.

Por otro lado, desconozco el contexto. He oído hablar de la depresión posparto y de que te llena la cabeza de pensamientos oscuros. A lo mejor no se enteraba de lo que hacía. Nadie dice que haya planeado matar a la niña. De ser así, habría acabado con sus huesos en la cárcel. Para siempre.

Aun así, aunque no las tenía todas conmigo respecto al estado mental de Nina, no la consideraba capaz de ejercer una violencia real. Por lo visto, su capacidad va mucho más allá de lo que yo imaginaba.

Por primera vez desde que Enzo me rechazó, me viene a la memoria su expresión de pánico mientras se alejaba a paso veloz hacia la puerta principal. «Vete lejos, Millie. Es… peligroso». Teme que me pase algo. Teme a Nina Winchester. Ojalá hablara mejor mi idioma. Tengo la sensación de que, si lo hablara, tal vez a estas alturas ya me habría mudado a otra parte.

Pero, siendo realistas, ¿qué puedo hacer? Los Winchester me pagan bien, pero no lo suficiente para que me busque la vida por mi cuenta sin antes cobrar unos cuantos meses de sueldo. Si renuncio, no darán referencias decentes de mí. Tendré que volver a revisar a diario las ofertas de empleo y enfrentarme a un rechazo tras otro cada vez que salga a la luz mi pasado carcelario.

Más vale que aguante un poco más en esta situación y me esfuerce al máximo por no cabrear a Nina Winchester. Quizá mi futuro dependa de ello.

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