La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 21

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Cuando llega la hora de la cena, la caja de cartón sigue sobre la mesa del comedor, donde la dejó Enzo. Intento moverla para poder poner la mesa, pero pesa mucho, aunque parecía más liviana por lo poco que le costaba a él cargar con ella. Tengo miedo de que se me caiga si intento cambiarla de sitio. Seguramente contiene un jarrón Ming de valor incalculable o alguna otra cosa igual de frágil y cara.

Vuelvo a examinar el remite. Evelyn Winchester… Me pregunto quién será. Está escrito a mano con letra grande y sinuosa. Cuando alargo el brazo con vacilación para darle un empujoncito, algo cascabelea en su interior.

—¿Un regalo de Navidad adelantado?

Levanto la vista del paquete; Andrew está en casa. Debe de haber entrado por la puerta del garaje. Me dedica una sonrisa torcida, con la corbata aflojada en torno al cuello. Me alegra verlo más animado que ayer. Creía de verdad que iba a perder los papeles después de aquella visita al especialista. Y luego se produjo la terrible discusión de anoche, que me llevó a estar medio convencida de que Nina lo había asesinado. Ahora que sé por qué la ingresaron en un psiquiátrico, no me parece una posibilidad tan descabellada, claro.

—Estamos en junio —le recuerdo.

Chasquea la lengua.

—Nunca es demasiado pronto para celebrar la Navidad. —Rodea la mesa para examinar la etiqueta con los datos del remitente. Está a solo unos palmos de mí, y percibo el aroma de su loción para después del afeitado. Huele… bien. Debe de ser cara.

«Basta, Millie. Deja de olisquear a tu jefe».

—Es de mi madre —observa.

Le sonrío.

—¿Tu madre aún te envía paquetes de comida?

Suelta una carcajada.

—La verdad es que hubo un tiempo en que me los enviaba, sobre todo en la época en que Nina estaba… enferma.

Enferma. Bonito eufemismo para referirse a lo que hizo Nina. No me cabe en la cabeza.

—Será algo para Cece —aventura—. A mi madre le encanta mimarla. Siempre dice que, como Cece solo tiene una abuela, malcriarla es su obligación.

—¿Y los padres de Nina?

Se queda callado unos instantes, con las manos sobre la caja.

—Los padres de Nina murieron cuando ella era muy joven. No llegué a conocerlos.

Nina intentó suicidarse. Intentó matar a su propia hija. Y ahora resulta que también dejó a un par de padres muertos por el camino. Solo espero que la criada no sea la siguiente.

No. Tengo que dejar de pensar así. Lo más probable es que los progenitores de Nina fallecieran a causa del cáncer o una enfermedad cardiaca. Fuere cual fuese el problema de Nina, es evidente que se estimó que estaba preparada para reintegrarse en la sociedad. Debería concederle el beneficio de la duda.

—En fin. —Andrew endereza la espalda—. Voy a abrir esto.

Se dirige a toda prisa a la cocina y regresa un minuto después con un cúter. Raja el precinto de la parte superior y levanta las solapas. A estas alturas, me pica bastante la curiosidad. Llevo todo el día contemplando esta caja, preguntándome qué habrá dentro. No me cabe duda de que, sea lo que sea, valdrá un riñón. Arqueo las cejas mientras Andrew echa una ojeada al interior y se queda lívido.

—¿Andrew? —Frunzo el entrecejo—. ¿Te encuentras bien?

Sin responder, baja el cuerpo despacio hasta sentarse en una de las sillas, apretándose las sienes con los dedos. Me apresuro a consolarlo, pero no puedo evitar pararme a mirar qué hay dentro de la caja.

Y entonces entiendo por qué se ha alterado tanto.

Está llena de artículos para bebés: mantitas blancas, sonajeros, muñecas. También hay una pila de diminutos bodis blancos.

Nina se ha estado yendo de la lengua y le ha estado contando a todo aquel dispuesto a escucharla que pronto van a encargar un bebé. Sin duda se lo mencionó también a la madre de Andrew, que decidió enviarles cosas que iban a necesitar. Por desgracia, fue una decisión precipitada.

Andrew tiene la mirada vidriosa.

—¿Te encuentras bien? —le pregunto de nuevo.

Parpadea como si se hubiera olvidado de mi presencia. Consigue esbozar una sonrisa llorosa.

—Estoy bien, de verdad. Es solo que… Me ha afectado ver eso.

Me siento en otra silla, a su lado.

—¿No se habrá equivocado ese médico?

Sin embargo, una parte de mí se pregunta por qué querría siquiera tener un hijo con Nina, sobre todo después de lo que intentó hacerle a Cecelia. ¿Cómo puede confiar en que cuidará de un bebé después de una cosa así?

Se restriega la cara.

—No pasa nada. Nina es mayor que yo y además tuvo ciertos… problemas cuando nos casamos y yo no me sentía muy cómodo con la idea de ser padre. Así que esperamos, y ahora…

Lo miro, sorprendida.

—¿Nina es mayor que tú?

—Un poco. —Se encoge de hombros—. Cuando estás enamorado, no le das importancia a la edad. Y yo la quería. —No se me escapa el detalle de que ha hablado en tiempo pasado de sus sentimientos hacia su esposa. Él también se percata de ello, pues de repente se pone colorado—. Quiero decir que la quiero. Quiero a Nina. Y, pase lo que pase, nos tenemos el uno al otro.

Aunque pronuncia estas palabras con convicción, cuando mira de nuevo la caja una expresión de profunda tristeza le ensombrece el semblante. Diga lo que diga, no le ha hecho ninguna ilusión enterarse de que Nina y él no podrán tener un hijo juntos. Se nota que le pesa.

—Voy… a llevar la caja al sótano —murmura—. A lo mejor alguien del vecindario está esperando un bebé y se lo podemos regalar. O si no… Lo donamos a la beneficencia y ya está. Seguro que habrá alguien que lo aproveche.

Me invade el impulso irrefrenable de estrecharlo entre mis brazos. A pesar de su éxito en los negocios, me da pena. Es muy buen tío y merece ser feliz. Y empiezo a preguntarme si Nina —con todos sus problemas y sus cambios de humor extremos— es capaz de hacerlo feliz, o si siguen juntos porque él siente la obligación moral de estar con ella.

—Si algún día te apetece hablar del asunto —digo por lo bajo—, aquí me tienes.

Me mira a los ojos.

—Gracias, Millie.

Poso la mano sobre la suya en un gesto de apoyo. Él vuelve la palma hacia arriba y me da un apretón. Al notar este contacto, una sensación me recorre como una descarga eléctrica. Es algo que nunca había experimentado antes. Cuando alzo la vista hacia los ojos castaños de Andrew, me doy cuenta de que él siente lo mismo. Nos quedamos mirándonos unos instantes, unidos por un vínculo invisible e indescriptible. De pronto, se sonroja.

—Será mejor que me vaya. —Aparta la mano de la mía—. Debería… O sea, tengo que…

—Ya…

Se levanta de un salto y sale del comedor con paso veloz. Justo antes de desaparecer escaleras arriba, me dirige una última y larga mirada.

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