La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 23
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El domingo por la tarde, recibo dos buenas noticias:
En primer lugar, Andrew ha conseguido recuperar el dinero de las entradas, así que no tendré que trabajar gratis.
En segundo lugar, Cecelia pasará dos semanas enteras fuera.
No estoy segura de cuál de estas dos revelaciones me hace más feliz. Me alegra no tener que desembolsar una pasta por las entradas, pero me alegra aún más librarme de Cecelia durante unos días. En su caso es innegable que, de tal palo, tal astilla.
La chiquilla ha preparado un equipaje como para un año. Lo juro por Dios, es como si hubiera metido todas sus pertenencias en esas bolsas y hubiera llenado el espacio sobrante con piedras. Esa es la sensación que me da cuando las acarreo hasta el Lexus de Nina.
—Por favor, ten cuidado con eso, Millie. —La jefa me observa con ansiedad mientras yo, con un esfuerzo sobrehumano, levanto las bolsas para meterlas en el maletero—. No vayas a romper algo.
¿Qué objetos frágiles pretende llevar Cecelia al campamento? ¿No se supone que solo necesitan ropa, libros y repelente de insectos? Pero por nada del mundo pienso interrogarla al respecto.
—Perdón.
Cuando entro de nuevo en la casa para sacar las últimas bolsas de Cecelia, me encuentro a Andrew trotando escaleras abajo.
—Oye, deja eso. Ya lo llevo yo —se ofrece—. Parece muy pesado.
—No hace falta —aseguro, solo porque Nina está viniendo del garaje.
—Sí, ella se encarga, Andy. —Nina menea el dedo—. Ten cuidado, que no estás bien de la espalda.
Él le lanza una mirada.
—A mi espalda no le pasa nada. Además, quiero despedirme de Cece.
Nina pone mala cara.
—¿Seguro que no quieres acompañarnos?
—Ya me gustaría —dice él—, pero no puedo faltar al trabajo un día entero. Tengo varias reuniones mañana por la tarde.
Ella da un resoplido.
—¡Siempre antepones el trabajo!
Andrew tuerce el gesto. No me extraña que le haya ofendido esta acusación; hasta donde he visto, es del todo infundada. A pesar de ser un empresario de éxito, Andrew cena en casa todos los días. Es verdad que va a la oficina algún que otro fin de semana, pero este mes ha asistido a dos actuaciones de danza, un recital de piano, una ceremonia de graduación del cuarto curso y una exhibición de kárate, y una tarde se pasaron varias horas en una especie de exposición de arte en el colegio.
—Lo siento —dice de todos modos.
Ella vuelve la cabeza, resoplando de nuevo. Andrew alarga la mano para tocarle el brazo, pero ella lo aparta con brusquedad y se va con paso rápido a la cocina en busca de su bolso.
Así que, en vez de ello, Andrew levanta a pulso la última pieza de equipaje y sale al garaje para echarla en el maletero y decirle adiós a Cecelia, que aguarda sentada en el Lexus color nieve de Nina, ataviada con un vestido blanco que no pinta nada en un campamento de verano. Pero me guardo mi opinión, por supuesto.
Dos semanas sin ese monstruito, nada menos. Me entran ganas de dar saltos de alegría. En lugar de ello, curvo los labios hacia abajo.
—Será triste no tener a Cecelia por aquí este mes —comento cuando Nina sale de nuevo de la cocina.
—¿En serio? —dice con sequedad—. Creía que no la soportabas.
Me quedo boquiabierta. O sea, sí, tiene razón respecto a que Cecelia y yo no congeniamos. Pero no me imaginaba que Nina me había calado. Si sabe esto, ¿habrá caído en la cuenta de que tampoco soy una gran admiradora suya?
Alisándose la blusa blanca, echa a andar de nuevo hacia el garaje. En cuanto sale de la habitación, noto que toda la tensión acumulada en mi interior se disipa. Siempre estoy nerviosa en presencia de Nina. Es como si analizara con lupa todo lo que hago.
Andrew vuelve del garaje, limpiándose las manos en los vaqueros. Me encanta que los fines de semana se vista con camiseta y tejanos. Me encanta cómo se le alborota el cabello cuando realiza actividades físicas. Me encanta el modo en que me sonríe y me guiña el ojo.
Me pregunto si la marcha de Nina le produce los mismos sentimientos que a mí.
—Bueno —dice—. Ahora que Nina se ha ido, tengo algo que confesarte.
—Ah, ¿sí?
¿Una confesión? «Estoy perdidamente enamorado de ti. Dejaré a Nina para que nos fuguemos juntos a Aruba».
Hum, no, no parece muy probable.
—No he conseguido que me devolvieran el dinero de esas entradas. —Agacha la cabeza—. No quería que Nina te echara la bronca por ello. Y menos aún que intentara cobrarte, por Dios santo. Estoy seguro de que fue ella quien te dijo mal la fecha.
Hago un gesto lento de asentimiento.
—Sí, fue ella, pero… En fin, gracias. Te lo agradezco de verdad.
—Creo que… deberías quedarte con las entradas. Ve a la ciudad esta noche y lleva a algún amigo a ver el espectáculo. Podéis pasar la noche en la habitación del hotel Plaza.
Casi me quedo sin aliento.
—Eso es muy, pero que muy generoso por tu parte.
Tuerce hacia arriba la comisura derecha de sus labios.
—Bueno, ya que tenemos las entradas, sería una pena desperdiciarlas. Disfrútalas.
—Ya… —Jugueteo con los bajos de mi camiseta, cavilando. No quiero ni imaginar qué diría Nina si se enterara. Y reconozco que el mero hecho de pensar en ello me provoca ansiedad—. Te agradezco el gesto, pero creo que me quedaré aquí.
—¿Estás de broma? ¡Se supone que es el mejor musical de la década! ¿No te gusta ir a ver espectáculos de Broadway?
No sabe nada de mi vida ni de mis circunstancias durante la última década.
—Nunca he ido a ver un espectáculo de Broadway.
—¡Entonces tienes que ir! ¡Insisto!
—Ya, pero… —Respiro hondo—. La verdad es que no tengo a nadie con quien ir. Y no me apetece ir sola. Así que, como te he dicho antes, me quedaré aquí.
Andrew fija la vista en mí un momento, rascándose la sombra de barba en el mentón.
—Yo iré contigo —dice al fin.
Arqueo las cejas.
—¿Seguro que es buena idea?
Vacila unos instantes.
—Sé que Nina tiene un problema de celos, pero eso no es razón para desaprovechar esas entradas tan caras. Y es un crimen que nunca hayas ido a ver un musical de Broadway. Será divertido.
Claro que será divertido. Eso es justo lo que me preocupa, joder.
Me imagino cómo se desarrollará la tarde: el viaje a Manhattan en el BMW de Andrew, la contemplación de uno de los espectáculos más aclamados de Broadway desde la platea y tal vez una cena en un restaurante cercano, regada con una copa de prosecco. Una conversación con Andrew sin temor a que Nina se presente y nos fulmine con la mirada.
Me encanta la idea.
—Vale —digo—. Me apunto.
A Andrew se le ilumina el rostro.
—Genial. Voy a cambiarme. Nos vemos aquí abajo dentro de una hora, ¿de acuerdo?
—Hecho.
Mientras subo las escaleras hacia el desván, noto una sensación inquietante y opresiva en la boca del estómago. Aunque estoy ilusionada por el plan para esta noche, me da mala espina. Tengo el presentimiento de que, si voy a ver el espectáculo, sucederá algo terrible. Ya estoy loquita por Andrew, algo del todo inapropiado. Me parece que pasar toda la noche con él, los dos solos, es tentar a la suerte.
Qué tontería. Solo vamos a ir a Manhattan para disfrutar de un musical. Somos dos adultos con un control absoluto sobre sus actos. Todo saldrá bien.