La asistenta

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Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 24

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Una cosa es segura: no puedo asistir a un espectáculo de Broadway en vaqueros y camiseta. Aunque lo he investigado en internet y no hay un código de vestimenta oficial, no me sentiría cómoda así. Además, Andrew ha dicho que iba a cambiarse, así que más vale que me ponga algo bonito.

El problema es que no tengo nada bonito que ponerme.

Bueno, en sentido estricto, sí. Está esa bolsa de ropa que me regaló Nina. Aunque he colgado las prendas para que no se estropeen, aún no me he puesto ninguna. Casi todas son vestidos elegantes, y no se me han presentado muchas oportunidades para emperifollarme mientras limpio la casa de los Winchester. No me apetece gran cosa enfundarme un vestido de gala para pasar la aspiradora.

Pero esta noche es una buena ocasión para arreglarme, tal vez la única que me surgirá en mucho tiempo.

El principal problema es que todos los vestidos son de un blanco nuclear. Obviamente, el blanco es el color favorito de Nina, pero no el mío. De hecho, creo que ni siquiera tengo un color favorito (me gustan todos menos el naranja). Pero nunca me ha gustado llevar prendas blancas, porque se ensucian a la mínima. Debo ser especialmente cuidadosa esta noche. Por otro lado, no iré toda de blanco, pues no tengo zapatos de ese color. Solo unos zapatos de tacón negros, y eso es lo que me voy a poner.

Reviso los vestidos, buscando el más apropiado para esta noche. Todos son preciosos, y, por si fuera poco, de lo más sexis. Escojo un vestido de fiesta entallado con escote halter de encaje que me llega justo por encima de las rodillas. Creía que, como Nina está bastante más rellenita que yo, me quedaría demasiado holgado, pero debió de comprarlo hace muchos años, pues me sienta como un guante, como si lo hubiera comprado expresamente para mí.

Intento no pasarme con el maquillaje. Me doy un toque de pintalabios, añado un poco de delineador de ojos y listo. Pase lo que pase esta noche, voy a portarme bien. Lo último que quiero es meterme en líos.

Y no me cabe la menor duda de que, si Nina llegara a olerse que hay algo entre su marido y yo, se marcaría como misión en la vida destruirme.

Cuando bajo las escaleras, Andrew ya está en el salón. Lleva una americana gris y una corbata a juego, y se ha tomado un tiempo para ducharse y afeitarse esa barba incipiente que le sombreaba el mentón. Está… Madre mía, está arrebatador. Irresistiblemente apuesto, tanto que me entran ganas de agarrarlo de las solapas. Pero lo más asombroso es cómo se le desorbitan los ojos y se le escapa un jadeo cuando me ve.

Nos quedamos unos momentos contemplándonos el uno al otro.

—Caray, Millie. —La mano le tiembla un poco mientras se ajusta el nudo de la corbata—. Estás…

No termina la frase, que seguramente era elogiosa, porque me está mirando como no se debe mirar a una mujer que no es tu esposa.

Abro la boca con la idea de preguntarle si estamos cometiendo un error, si deberíamos olvidarnos del plan, pero no consigo forzarme a decirlo.

Cuando logra arrancar la vista de mí, Andrew consulta su reloj.

—Más vale que nos vayamos. Aparcar cerca de Broadway puede ser una pesadilla.

—Sí, desde luego. Vamos.

Ya no hay vuelta atrás.

Cuando me acomodo en el fantástico asiento de piel del BMW de Andrew, casi me siento como una estrella. Este coche no se parece en nada a mi Nissan. No es sino en el momento en que Andrew se sienta al volante que caigo en la cuenta de que tengo la falda a medio muslo. Al ponerme el vestido me llegaba casi a las rodillas, pero, al sentarme, se me ha subido por algún motivo. Tiro de él hacia abajo, pero, en cuanto lo suelto, se me vuelve a remangar.

Por suerte, Andrew no aparta los ojos de la carretera cuando salimos por la verja que rodea la finca. Es un esposo atento y fiel. Que pareciera a punto de desmayarse cuando me ha visto con el vestido no significa que no sea capaz de controlarse.

—Estoy muy ilusionada —comento mientras él conduce hacia la autopista de Long Island—. Me parece alucinante que vaya a ver Showdown.

Él asiente.

—Dicen que es algo increíble.

—Hasta he escuchado algunas de las canciones en el móvil mientras me vestía —reconozco.

Se ríe.

—Dices que estaremos en la fila seis, ¿verdad?

—Así es. —No solo asistiremos al espectáculo de Broadway que causa más furor, sino que estaremos tan cerca de los actores que casi podremos tocarlos. Como vocalicen demasiado, acabaremos bañados en su saliva. Lo que, curiosamente, me hace ilusión—. Pero, oye…

Alza las cejas.

—Me sabe mal que no vayas con Nina. —Doy tironcitos al dobladillo de la falda, que parece empeñado en dejar al descubierto mi ropa interior—. Era ella quien quería estas entradas.

Le resta importancia con un gesto.

—No te preocupes por eso. Durante el tiempo que llevamos casados, Nina ha visto tantos espectáculos de Broadway que ya he perdido la cuenta. Será algo especial para ti. Lo disfrutarás mucho. Estoy seguro de que ella querría que lo disfrutaras.

—Hummm. —Yo no estoy tan segura.

—Créeme, no pasa nada.

Se detiene frente a un semáforo en rojo. Mientras tamborilea con los dedos en el volante, noto que desvía los ojos del parabrisas. Al cabo de un momento, me percato de qué está mirando.

Me está mirando las piernas.

Alzo la vista, y él cae en la cuenta de que lo he pillado. Con las mejillas coloradas, aparta la mirada.

Cruzo las piernas y me revuelvo en el asiento. Estoy convencida de que a Nina no le haría ninguna gracia enterarse de lo que está pasando, pero es imposible que llegue a saberlo. Además, no estamos haciendo nada malo. Andrew me ha mirado las piernas, ¿y qué? Mirar no es delito.

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