La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 25

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Es una preciosa tarde de junio. Me he traído un chal, pero hace tanto calor fuera que acabo dejándolo en el coche de Andrew, así que solo llevo el vestido blanco y mi bolso, que no combinan, mientras esperamos en cola para entrar en el teatro.

Cuando lo veo por dentro, se me corta el aliento. No recuerdo haber visto cosa parecida en la vida. La platea por sí sola contiene filas y filas de butacas, pero, cuando alzo los ojos, veo que hay dos pisos más de asientos que llegan hasta el techo. Y, al frente, hay un telón rojo iluminado desde abajo por una incitante luz amarilla.

Cuando por fin consigo arrancar la mirada de todo ese esplendor, advierto que Andrew me observa con expresión risueña.

—¿Qué pasa?

—Me enternece —dice— la cara que se te ha quedado. Yo estoy acostumbrado a esto, pero me encanta verlo a través de tus ojos.

—Es que es tan grande… —me justifico, cohibida.

Un acomodador se acerca para entregarnos el programa de mano y guiarnos hasta nuestras butacas. Y entonces viene lo más alucinante: echa a andar hacia delante y sigue avanzando y avanzando sin detenerse. Cuando por fin llegamos a nuestros asientos, me impresiona ver lo cerca que estamos del escenario. Si quisiera, podría agarrar a los actores por los tobillos. Prefiero no hacerlo porque eso supondría una violación de la libertad condicional, pero poder, podría.

Cuando me acomodo al lado de Andrew en uno de los mejores asientos del musical más sonado de la ciudad en este teatro tan flipante, no me siento como una chica que acaba de salir de la cárcel sin un centavo y tiene un empleo que detesta. Me siento especial. Tal vez como si mereciera estar aquí.

Echo un vistazo al perfil de Andrew. Todo esto es gracias a él. Habría podido tomarse lo ocurrido como un capullo y cobrarme el precio de los billetes o asistir a la función de esta noche con un amigo suyo. Y habría estado en todo su derecho. Pero, en vez de ello, me ha invitado a mí. Es algo que no olvidaré nunca.

—Gracias —balbuceo.

Vuelve la cabeza hacia mí y curva los labios. Está tan guapo cuando sonríe…

—No hay de qué.

Entre la música que suena y el barullo de los espectadores que buscan sus asientos, a duras penas oigo el zumbido que procede de mi bolso. Es mi teléfono. Cuando lo saco, descubro que Nina me ha mandado un mensaje:

No te olvides de sacar la basura.

Me rechinan los dientes. No hay nada que chafe más mis fantasías de ser algo más que una asistenta que un mensaje de mi jefa indicándome que lleve las bolsas de residuos a rastras hasta el bordillo. Nina me lo recuerda todos los días, semana tras semana, pese a que no se me ha pasado una sola vez. Pero lo peor es que, al leer su mensaje, caigo en la cuenta de que hoy sí se me ha olvidado sacar la basura. Por lo general lo hago después de la cena, y el cambio de rutina me ha despistado por completo.

Pero no pasa nada. Basta con que me acuerde de sacarla esta noche, cuando regresemos. Después de que el BMW de Andrew se convierta de nuevo en una calabaza.

—¿Todo bien?

Con las cejas juntas, Andrew me observa mientras leo el mensaje. Mis sentimientos de cariño hacia él se desvanecen ligeramente. Andrew no es un tío con el que estoy saliendo y que me agasaja con un musical de Broadway. Es mi jefe. Está casado. Me ha traído solo porque le doy pena por ser tan inculta.

No debo dejar de tenerlo presente.

El espectáculo es una auténtica pasada.

Me tiene al borde de mi asiento de la sexta fila, boquiabierta. No me extraña que sea una de las obras más populares de Broadway. Las melodías de los números musicales son de lo más pegadizas, las coreografías están muy trabajadas y el actor que interpreta al protagonista es adorable.

Aun así, no puedo evitar pensar que no es tan apuesto como Andrew.

Después de tres rondas de aplausos con el público de pie, la función termina al fin, y la multitud empieza a desfilar poco a poco hacia las salidas. Andrew se levanta de su asiento sin prisas y se estira para desentumecer la espalda.

—Bueno, ¿qué tal si cenamos algo?

Me guardo el programa de mano en el bolso. Es un poco arriesgado conservarlo, pero estoy desesperada por aferrarme al recuerdo de esta experiencia tan mágica.

—Por mí, bien. ¿Tienes pensado algún sitio?

—Hay un restaurante francés estupendo a un par de manzanas de aquí. ¿Te gusta la cocina francesa?

—Nunca la he probado —confieso—. Aunque me gusta la tortilla.

Se ríe.

—Creo que te encantará. Invito yo, por supuesto. ¿Qué opinas?

Opino que a Nina no le gustaría descubrir que su marido me ha llevado a ver un musical de Broadway y luego a cenar a un restaurante francés de postín. Pero qué puñetas. Ya estamos aquí, y ella no se cabrearía más por lo de la cena que si solo hubiéramos ido al teatro. Así que de perdidos al río.

—Suena bien.

En los viejos tiempos, cuando aún no trabajaba para los Winchester, ni en broma habría podido ir a un restaurante francés como este al que me lleva Andrew. La carta está expuesta en la puerta y únicamente miro por encima algunos precios, pero solo por pagar cualquiera de los aperitivos me quedaría sin blanca durante semanas. Aun así, en compañía de Andrew y con el vestido blanco de Nina, no desentono aquí. O por lo menos nadie me va a pedir que me marche.

Cuando entramos en el restaurante, estoy segura de que todos creen que estamos juntos. He visto nuestro reflejo en el cristal de la puerta, y estamos deslumbrantes. Para ser sincera, formamos mejor pareja que Nina y él. Nadie se fija en que él lleva alianza y yo no. Tal vez sí que se fijan en cómo me posa la mano en la parte baja de la espalda para guiarme hasta nuestra mesa y luego me acerca la silla.

—Qué caballeroso —comento.

Suelta una risita.

—Agradéceselo a mi madre. Me educó así.

—Pues te educó muy bien.

Me dedica una sonrisa radiante.

—Se pondría muy contenta si te oyera.

Por supuesto, esto me lleva a pensar en Cecelia, esa mocosa malcriada que parece disfrutar mangoneándome. Por otro lado, no lo ha tenido tan fácil. Después de todo, su madre intentó asesinarla.

Cuando el camarero se acerca para preguntarnos qué queremos beber, Andrew pide una copa de vino tinto, así que yo lo imito. Ni siquiera echo un vistazo a los precios. Solo serviría para ponerme mala, y el hombre ha dejado claro que pagará él.

—No tengo idea de qué pedir. —Ninguno de los nombres de los platos me resulta familiar; toda la carta está en francés—. ¿Tú entiendes lo que dice aquí?

Oui —responde Andrew.

Arqueo las cejas.

—¿Sabes francés?

Oui, mademoiselle. —Me guiña un ojo—. De hecho, lo hablo con fluidez. Cursé el penúltimo año de carrera en Francia.

—Guau. —Yo no solo no estudié francés en la universidad, sino que no cursé ninguna carrera. No me gradué en el instituto, pero conseguí el título al presentarme a un examen oficial de conocimientos generales.

—¿Quieres que te traduzca la carta?

Se me encienden las mejillas.

—No hace falta. Elige tú los platos que crees que me gustarán.

Mi respuesta parece gustarle.

—Vale, eso haré.

El camarero nos trae una botella de vino y dos copas. Lo observo mientras saca el corcho y las llena casi hasta el tope. Andrew le indica con un gesto que deje la botella. Cojo mi copa y bebo un sorbo largo.

Madre mía, qué bueno que está. Mucho mejor que lo que compro por cinco pavos en la licorería del barrio.

—¿Y qué me dices de ti? —pregunta—. ¿Hablas algún otro idioma?

Niego con la cabeza.

—A duras penas hablo el mío.

Mi broma no lo hace sonreír.

—No te menosprecies, Millie. Llevas meses trabajando para nosotros, y admiro tu ética laboral y tu inteligencia. Ni siquiera sé por qué quieres seguir en este empleo, aunque contar contigo es un lujo para nosotros. ¿No tienes otras aspiraciones profesionales?

Jugueteo con la servilleta, rehuyéndole la mirada. No sabe nada de mí. Si me conociera mejor, lo entendería.

—Prefiero no hablar de eso.

Titubea un momento antes de asentir en señal de que respeta mi voluntad.

—Bueno, sea como sea, me alegro de que hayas venido esta noche.

Cuando alzo la vista, sus ojos castaños me contemplan por encima de la mesa.

—Yo también.

Hace ademán de añadir algo, pero entonces le suena el teléfono. Se lo saca del bolsillo y mira la pantalla mientras yo tomo otro sorbo de vino. Está tan rico que lo despacharía de un trago. Pero eso no quedaría muy bien.

—Es Nina. —A lo mejor son imaginaciones mías, pero me parece entrever una mueca de disgusto—. Más vale que lo coja.

Aunque no distingo las palabras de Nina, alcanzo a oír su voz temblorosa desde el otro lado de la mesa. Suena alterada. Andrew, que sujeta el móvil como a un centímetro de su oreja, crispa el rostro con cada frase.

—Nina —dice—. Oye, es… Sí, no voy a… Nina, por favor, cálmate. —Frunce los labios—. No puedo hablar de esto contigo ahora mismo. Te veo mañana en casa cuando regreses, ¿vale?

Tras pulsar un botón en su teléfono para finalizar la llamada, lo golpea sobre la mesa y lo deja a un lado. Por último, levanta su copa de vino y se echa al cuerpo como la mitad de su contenido.

—¿Todo bien? —le pregunto.

—Sí. —Se aprieta las sienes con los dedos—. Es solo que… quiero a Nina, pero a veces no consigo entender cómo ha acabado mi matrimonio en esta situación en que el noventa por ciento de nuestras interacciones son gritos de ella hacia mí.

No sé qué responder a esto.

—Lo…, lo siento. Si te sirve de consuelo, el noventa por ciento de mis interacciones con ella son así también.

Tuerce los labios.

—Bueno, ya tenemos algo en común.

—¿Antes… era diferente?

—Totalmente diferente. —Agarra su copa y apura lo que queda del vino—. Cuando nos conocimos, era una madre soltera con dos empleos. Me despertó una gran admiración. Había tenido una vida difícil, y lo que me atraía de ella era su fuerza. Pero ahora… no hace nada más que quejarse. No muestra el menor interés en trabajar. Malcría a Cecelia. Y lo peor es que…

—¿Qué?

Coge la botella y se llena la copa de nuevo. Desliza el dedo por el borde.

—Nada. Olvídalo. No debería… —Pasea la vista por el interior del restaurante—. ¿Dónde se ha metido nuestro camarero?

Me muero por saber qué estaba a punto de confesarme. Pero entonces aparece el camarero, ansioso por ganarse una propina que se promete generosa, y me da la impresión de que el momento ha pasado.

Andrew pide por los dos, tal como habíamos quedado. Ni siquiera le pregunto qué platos van a traernos, pues quiero que sea una sorpresa y no me cabe duda de que estarán de muerte. Por otro lado, me impresiona su acento en francés. Siempre he deseado aprender idiomas, pero probablemente es demasiado tarde para mí.

—Espero que te guste lo que he pedido —dice, casi con timidez.

—Seguro que sí. —Le sonrío—. Tienes muy buen gusto. No hay más que ver tu casa. ¿O lo eligió todo Nina?

Bebe otro sorbo de la copa que se acaba de servir.

—No, la casa es mía y casi todo el diseño estaba terminado antes de que nos casáramos. Incluso antes de que nos conociéramos, de hecho.

—¿En serio? La mayoría de los hombres que trabajan en la ciudad prefieren tener un pisito de soltero antes de sentar cabeza.

Se le escapa un resoplido.

—Qué va, a mí nunca me interesó eso. Quería casarme. De hecho, justo antes de conocer a Nina estuve prometido con otra persona…

¿Justo antes de conocer a Nina? ¿Eso qué significa? ¿Me está diciendo que rompió su compromiso por ella?

—En fin —dice—. El caso es que yo quería sentar la cabeza, comprar una casa, tener varios hijos…

Al declarar esto último, curva los labios hacia abajo. Aunque no ha tocado el tema, estoy convencida de que aún le duele haberse enterado de que Nina no puede volver a quedarse embarazada.

—Me sabe mal lo de… —Hago girar el vino en la copa—. Ya sabes, lo de la infertilidad. Debe de ser muy duro para los dos.

—Sí… —Levanta la vista de su copa y suelta—: No hemos tenido relaciones desde esa visita al especialista.

Por poco vuelco mi copa. En ese momento, el camarero vuelve con los aperitivos. Son pequeñas rodajas de pan untadas con una pasta rosa. Pero apenas puedo concentrarme en ellas tras la confesión de Andrew.

Canapés à la mousse de saumon —explica cuando el camarero se aleja—. Es decir, espuma de salmón ahumado sobre rebanadas de baguette.

Simplemente me quedo mirándolo.

—Perdona —suspira—. No debería haber dicho eso. Ha sido de pésimo gusto.

—Hum…

—Tal vez deberíamos… —Señala con un gesto las pequeñas rodajas de pan que hay sobre la mesa—. Disfrutemos de la cena. Por favor, olvídate de que he dicho eso. Nina y yo… estamos bien. Todas las parejas pasan por periodos de sequía.

—Claro.

Pero intentar olvidar lo que ha dicho sobre Nina sería un ejercicio inútil.

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