La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 26
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El resto de la cena resulta de lo más agradable. No volvemos a tocar el tema de Nina, y la conversación fluye con naturalidad, sobre todo a partir de la segunda botella de vino. No recuerdo la última vez que tuve una salida nocturna tan placentera. Me pongo triste cuando se acerca al final.
—Muchas gracias por todo —le digo mientras paga la cuenta. Ni siquiera me atrevo a echarle una ojeada. El vino por sí solo debía de costar una fortuna.
—No, gracias a ti. —Está casi radiante—. Lo he pasado genial. No me había divertido tanto desde… —Se aclara la garganta—. En fin, que ha sido muy divertido. Justo lo que necesitaba.
Cuando se pone de pie después de firmar el recibo, se tambalea ligeramente. Ha bebido mucho vino esta noche. Esto ya supondría un problema en circunstancias ideales, pero acabo de recordar que encima tiene que conducir de regreso a Long Island. Por la autopista.
Andrew parece leerme el pensamiento. Se agarra a la mesa para estabilizarse.
—No debería conducir —reconoce.
—No —respondo—. Seguramente no.
Se frota la cara.
—Aún tenemos la habitación reservada en el Plaza. ¿Qué opinas?
Bueno, no hace falta ser un genio para saber que sería un error monumental. Los dos estamos borrachos, su esposa está fuera, y al parecer lleva bastante tiempo sin echar un polvo. Yo llevo mucho, mucho más. Debería responderle que no. La cosa no puede acabar bien.
—Creo que no es muy buena idea —balbuceo.
Andrew se lleva la mano al pecho.
—Seré todo un caballero. Te lo juro. Es una suite. Habrá dos camas.
—Lo sé, pero…
—¿No te fías de mí?
No me fío de mí misma. Ese es el mayor problema.
—Pues ahora mismo no estoy en condiciones de conducir de vuelta a la isla. —Baja la vista hacia su Rolex—. Te propongo una cosa. Pediré dos habitaciones separadas en el Plaza.
—¡Madre mía, eso te saldrá por un ojo de la cara!
Agita la mano como restándole importancia.
—Qué va, conseguiré un descuento porque a veces alojo a mis clientes ahí. No te preocupes.
Salta a la vista que Andrew está demasiado bebido para conducir, y seguramente yo también, incluso aunque no me aterrara la idea de llevar su cochazo. Supongo que podríamos tomar un taxi a la isla, pero no ha sugerido la idea.
—De acuerdo, siempre y cuando estemos en habitaciones separadas.
Para un taxi a fin de que nos lleve al hotel Plaza. Cuando subimos al asiento trasero del coche amarillo, el vestido blanco se me vuelve a remangar hasta los muslos. ¿Qué problema hay con este estúpido vestido? Me estoy esforzando por portarme bien, pero el dichoso vestido no me deja. Agarro el dobladillo para tirar de él hacia abajo, pero advierto que Andrew se está recreando la vista de nuevo. Esta vez, cuando lo pillo, despliega una gran sonrisa.
—¿Qué pasa? —dice. Caray, debe de ir como una cuba.
—¡Me estás mirando las piernas!
—¿Y qué? —La sonrisa se ensancha—. Tienes unas piernas estupendas. Y no hay nada de malo en mirar.
Le pego un manotazo en el brazo y se lleva la mano al hombro, fingiendo que le he hecho daño.
—Dormiremos en habitaciones separadas, no lo olvides.
Pero sus ojos castaños se encuentran los míos desde lados opuestos del asiento trasero del taxi. Por unos instantes, me falta la respiración. Andrew quiere serle fiel a Nina. Estoy segura de ello. Sin embargo, ella está en otro estado, él está borracho y los dos tienen problemas, tal vez desde hace mucho. Por lo que yo veo, ella lo ha tratado fatal durante todo el tiempo que llevo trabajando para ellos. Él se merece algo mucho mejor.
—¿Y tú qué miras? —dice él en voz baja.
Trago saliva para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta.
—Nada.
—Esta noche estás preciosa, Millie —jadea—. No sé si ya te lo he dicho, pero tienes que saberlo.
—Andrew…
—Es que… —La nuez le sube y le baja por la garganta—. Últimamente he estado tan…
Antes de que pueda terminar, el taxi da un bandazo a la izquierda. Como no llevo el cinturón de seguridad, me veo arrojada hacia él. Me sujeta a tiempo para que no me pegue un cabezazo contra el cristal. Su cuerpo se aprieta contra el mío y noto su aliento en el cuello.
—Millie —susurra.
Entonces me besa.
Y, que Dios me perdone, pero me dejo llevar.