La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 27

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Huelga decir que no pillamos habitaciones separadas en el Plaza.

O sea que sí, me he acostado con mi jefe, que está casado.

Desde el momento en que me besó en el taxi, ya no hubo vuelta atrás. Llegados a ese punto, prácticamente nos arrancábamos la ropa el uno al otro. Nos costó un gran esfuerzo mantener las manos quietas mientras Andrew gestionaba nuestro registro en el hotel. Nos dimos el lote en el ascensor como un par de adolescentes.

Y, cuando llegamos a la habitación, no hubo ocasión de intentar comportarnos o tomarnos las cosas con calma por el bien de su matrimonio. No sé cuánto llevaba Andrew sin echar un polvo, pero en mi caso era tanto tiempo que temía que él se encontrara con telarañas. Ni loca iba a desaprovechar esa oportunidad. Incluso llevaba unos condones en el bolso de cuando creía que podía ocurrir algo con Enzo.

Y estuvo bien. No, mejor que bien. Fue una puñetera maravilla. Justo lo que necesitaba.

El sol acaba de asomar por el gigantesco ventanal con vistas a la ciudad. Estoy tumbada en la decadente cama queen size del hotel Plaza, con Andrew dormido a mi lado, exhalando con suavidad entre los labios con cada respiración. Me recorre un delicioso escalofrío al recordar lo que hicimos anoche. Una parte de mí se muere de ganas de despertarlo para preguntarle si le apetece volver a la carga, pero mi parte más realista sabe que es algo que no se repetirá, que no puede repetirse.

A ver, Andrew está casado. Yo soy su criada. Él estaba borracho. No fue más que un rollo de una noche.

Pero por un instante contemplo su atractivo perfil mientras duerme y me doy el capricho de fantasear un poco. A lo mejor se despierta y decide que está harto de Nina y sus gilipolleces, que me ama y quiere vivir conmigo en su preciosa casa rodeada por una verja. Entonces yo podré darle ese hijo que tanto ansía y que Nina jamás podrá darle. Recuerdo que, según esas odiosas mujeres de la reunión de la AMPA, Andrew y Nina habían firmado un acuerdo prematrimonial a prueba de balas. Si él la dejara, no perdería mucho dinero, aunque no me cabe duda de que sería generoso con ella.

Qué chorrada. Eso nunca ocurrirá. Si él supiera la verdad sobre mí, se apresuraría a poner tierra por medio. Pero no pierdo nada con soñar despierta.

Soltando un gruñido, Andrew se frota los ojos con la base de la mano. Vuelve la cabeza a un lado y entreabre los párpados. Me tomo como una buena señal que no ponga cara de horror al verme acostada a su lado.

—Hola —dice con voz ronca.

—Hola.

Se restriega los ojos de nuevo.

—¿Qué tal? ¿Estás bien?

Salvo por la ansiedad que me oprime el pecho, estoy genial.

—Muy bien. ¿Y tú?

Intenta incorporarse en la cama, pero no lo consigue. Deja caer la cabeza sobre la almohada.

—Creo que tengo resaca. Virgen santa, ¿cuánto bebimos?

Él bebió mucho más que yo, pero peso poco, así que se me subió tanto como a él.

—Dos botellas de vino.

—Entonces… —Arruga la frente—. Entre tú y yo, ¿todo bien?

—Todo bien. —Logro esbozar una sonrisa—. Sin problemas. Te lo aseguro.

Cuando intenta incorporarse por segunda vez, su rostro se contrae en una mueca por el dolor de cabeza. Sin embargo, esta vez lo consigue.

—Lo siento mucho. No debería haber…

Doy un respingo al oír su disculpa.

—No te preocupes. —Se me entrecorta la voz, así que me aclaro la garganta—. Voy a ducharme. Seguramente deberíamos irnos ya a casa.

—Sí… —Exhala un suspiro—. No le dirás nada a Nina, ¿verdad? O sea, los dos estábamos muy borrachos y…

Era de esperar. Es lo único que le importa.

—No le diré nada.

—Gracias. Muchísimas gracias.

Estoy desnuda bajo las sábanas, pero no quiero que me vea así. Me envuelvo en una de ellas antes de levantarme y encaminarme hacia el baño con paso tambaleante. Noto los ojos de Andrew clavados en mí, pero no me vuelvo hacia él. Me da demasiada vergüenza.

—Millie…

—¿Qué? —pregunto, aún sin mirarlo.

—No me arrepiento de nada —asegura—. Anoche lo pasé muy bien contigo y no lamento nada de lo sucedido. Y espero que tú tampoco.

Me atrevo a dirigir la vista hacia él. Sigue en la cama, tapado hasta la cintura, con el musculoso pecho al descubierto.

—No, no me arrepiento en absoluto.

—Pero… —Suspira de nuevo—. No puede volver a ocurrir. Lo sabes, ¿verdad?

Muevo la cabeza afirmativamente.

—Sí, lo entiendo.

Con expresión atribulada, se pasa la mano por el oscuro cabello para atusárselo.

—Desearía que las cosas fueran distintas.

—Lo sé.

—Ojalá te hubiera conocido cuando…

No le hace falta terminar la frase. Sé qué está pensando. Ojalá nos hubiéramos conocido cuando él estaba soltero. Si hubiera entrado en el bar en el que trabajaba como camarera, nuestras miradas se habrían encontrado, y, cuando él me hubiera pedido mi número, yo se lo habría dado. Pero la situación es distinta. Él está casado. Es padre. No puede volver a pasar nada entre nosotros.

—Lo sé —digo de nuevo.

Mantiene la vista fija en mí y, por un momento, pienso que va a preguntarme si puede ducharse conmigo. Al fin y al cabo, ya hemos profanado esta habitación de hotel. No pasaría nada por repetirlo una vez. Pero se comporta. Me vuelve la espalda, se arrebuja en las mantas y yo me dispongo a darme una ducha fría.

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