La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 28
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Casi no hablamos durante el trayecto de regreso a Long Island. Andrew enciende la radio y escuchamos el parloteo banal del pinchadiscos. De pronto me acuerdo de que ha mencionado que tiene una reunión más tarde en la ciudad, así que habrá de dar media vuelta en cuanto lleguemos a casa. Pero no está realizando este viaje solo por mí. Va vestido con la misma ropa que ayer, y estoy segura de que quiere presentarse en la reunión con un traje limpio.
—Ya falta poco —murmura cuando salimos de la autopista de Long Island. Lleva unas gafas de sol que hacen que su expresión resulte inescrutable.
—Genial.
La falda se me está subiendo otra vez. Este maldito vestido es la causa de todos nuestros problemas. Tiro de él hacia abajo, y, a pesar de las gafas, no puedo evitar notar que Andrew está fijándose de nuevo. Cuando lo miro alzando las cejas, él sonríe, avergonzado.
—Solo quería aprovechar una última vez.
Mientras avanzamos por una calle de un barrio residencial, gira con brusquedad para esquivar un camión de la basura. En ese momento, caigo en la cuenta de algo terrible.
—Andrew —siseo—. ¡No saqué la basura anoche!
—Ah…
No parece muy consciente de la gravedad de la situación.
—Nina me mandó un mensaje expresamente para pedirme que sacara la basura anoche. No lo hice porque no estaba en casa. Nunca se me había olvidado. Como se entere…
Se quita las gafas oscuras, revelando unos ojos enrojecidos.
—Mierda. ¿Aún estás a tiempo de hacerlo?
Observa el camión de la basura, que circula en dirección contraria a la de su casa.
—Lo dudo. Me temo que es demasiado tarde. Pasan muy temprano.
—Pero podrías decirle que se te olvidó y ya está, ¿no?
—¿Crees que Nina se lo tragaría?
—Mierda —dice de nuevo. Tabalea sobre el volante con los dedos—. Vale, yo me encargo de esto. No te preocupes.
La única manera de encargarse de esto sería que llevara él mismo la basura al vertedero. Ni siquiera sé por dónde cae, pero el maletero de mi Nissan es diminuto, por lo que tendría que hacer varios viajes, esté donde esté. Así que espero que Andrew hable en serio cuando dice que él se encargará.
Al llegar frente a la casa, Andrew pulsa un botón de su coche para que las puertas de la verja se abran de forma automática. Enzo, que está trabajando en nuestro jardín, yergue la cabeza en cuanto ve que el BMW enfila el camino de entrada. No es habitual que Andrew vuelva a estas horas —tendría más sentido que estuviera marchándose—, por lo que su sorpresa está garantizada.
Yo habría debido agacharme, pero es demasiado tarde. Enzo interrumpe su labor de jardinería, y sus ojos negros se encuentran con los míos. Entonces mueve la cabeza de un lado a otro, como el primer día.
Joder.
Andrew también repara en él, pero se limita a alzar la mano para saludar como si no tuviera nada de extraño que llegue a las nueve y media de la mañana con una mujer que no es su esposa. Para el coche justo antes de entrar en el garaje.
—Déjame ver si Enzo puede ocuparse de la basura —dice.
Siento el impulso de rogarle que no se lo pida, pero, antes de que logre abrir la boca, él se apea y deja la puerta entornada. Enzo retrocede un paso como si quisiera evitar esa conversación.
—Ciao, Enzo. —Andrew le dedica una sonrisa de oreja a oreja. Dios, cómo está cuando sonríe. Cierro los ojos unos instantes y me estremezco al recordar cómo sus manos me recorrían todo el cuerpo anoche—. Necesito tu ayuda.
Por toda respuesta, el paisajista se queda mirándolo.
—Tenemos un problema con la basura. —Andrew señala con un gesto las cuatro bolsas repletas colocadas a un lado de la casa—. Anoche se nos olvidó sacarlas para que las recogieran los del camión. ¿Crees que podrías llevarlas al vertedero en tu camioneta? Te pagaré cincuenta pavos.
Enzo dirige la vista a las bolsas de basura y la posa de nuevo en Andrew. No dice nada.
—Basura… —repite Andrew—. Para… tirar. En vertedero. Capisci?
Enzo niega con la cabeza.
Con los dientes apretados, Andrew se saca la cartera del bolsillo de atrás.
—Si nos haces el favor de quitarnos de encima la basura, te daré… —Hurga en su cartera—. Cien dólares. —Despliega los billetes frente a las narices de Enzo—. Tira la basura. Tienes una camioneta. Llévala al vertedero.
—No —dice Enzo al fin—. Yo ocupado.
—Ya, pero es nuestro jardín, y… —Con un suspiro, abre de nuevo su cartera—. Doscientos dólares. Por una ida al vertedero. Échame una mano. Por favor.
Al principio, estoy convencida de que Enzo se negará otra vez, pero alarga el brazo y coge el dinero que le ofrece Andrew. Acto seguido, se acerca al costado de la casa y recoge las bolsas de basura. Consigue cargar con todas a la vez, mientras se le marcan los bíceps bajo la camiseta blanca.
—Eso es —dice Andrew—. Al vertedero.
Enzo clava la vista en él un momento antes de pasar de largo con las bolsas. Sin mediar palabra, las echa en la parte de atrás de su camioneta y arranca. Supongo que ha captado el mensaje.
Andrew regresa al coche dando grandes zancadas y se sienta al volante.
—Bueno, problema resuelto. Pero, madre mía, menudo gilipollas.
—Me parece que no te entendía.
—Sí, claro. —Pone los ojos en blanco—. Entiende más de lo que aparenta. Estaba haciéndose el sueco para que le soltara más pasta.
Estoy de acuerdo en que Enzo no parecía dispuesto a llevarse la basura, pero no creo que fuera porque quería más dinero.
—No me gusta ese tío —gruñe Andrew—. Trabaja en todas las casas del barrio, pero se pasa la tercera parte del tiempo en nuestro jardín. Siempre está ahí. La mitad de las veces ni siquiera sé qué coño está haciendo.
—Bueno, vuestra casa es la más grande de la manzana —señalo—. Y vuestro jardín también.
—Ya, pero… —Andrew sigue con la mirada la camioneta de Enzo, que se aleja por la calle hasta desaparecer—. No sé. Le he pedido a Nina que le dé la patada y contrate a otro, pero ella dice que todo el mundo utiliza sus servicios y que, por lo visto, es «el mejor».
Huelga decir que, desde que me rechazó de forma no precisamente sutil, Enzo no es mi persona favorita, pero eso no es lo que me inquieta de él. No consigo quitarme de la cabeza el momento en que me susurró «peligro» en italiano el primer día que estuve aquí, ni su aparente temor a desobedecer a Nina, pese a que es lo bastante fuerte para aplastarla con una mano. ¿Tiene Andrew alguna idea del grado de recelo que su esposa suscita en Enzo?
Bueno, pues no seré yo quien se lo diga.