La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 29

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Hacia las dos de la tarde, Nina vuelve a casa de su viaje al campamento para llevar a Cecelia. Entra en el salón con cuatro bolsas grandes, pues ha hecho una parada improvisada en el camino de regreso para comprar de forma compulsiva, y las deja caer sin miramientos en el suelo.

—He descubierto una tiendecita monísima —me informa—. ¡No he podido resistirme!

—Genial —digo con un entusiasmo fingido.

Nina tiene las mejillas encendidas, manchas de sudor en las axilas y la rubia cabellera encrespada. Aún no se ha teñido las raíces, y se le ha apelmazado el rímel del ojo derecho. Para ser sincera, al repasarla con la mirada, no logro entender qué ve Andrew en ella.

—¿Puedes subir esas bolsas, Millie? —Se desploma en el sofá de piel y extrae su teléfono—. Muchas gracias.

Levanto una de las bolsas y, hostia, cómo pesa. ¿En qué clase de tienda ha estado? ¿En una de mancuernas? Voy a tener que hacer dos viajes. A diferencia de Enzo, no tengo brazos como jamones.

—Es bastante pesada —comento.

—¿En serio? —Se ríe—. A mí no me lo ha parecido. A lo mejor deberías empezar a ir al gimnasio, Millie. Te estás volviendo una flojucha.

Me arden las mejillas. ¿Yo me estoy volviendo una flojucha? Nina no parece tener un gramo de músculo en el cuerpo. Que yo sepa, nunca hace ejercicio. Nunca la he visto con zapatillas de deporte.

—Ah, por cierto, Millie —me grita mientras subo las escaleras a paso lento y trabajoso cargada con dos de las bolsas.

—¿Sí? —respondo con las mandíbulas apretadas.

Nina se gira en el sofá para mirarme.

—Llamé a casa anoche. ¿Cómo es que nadie me contestó?

Me quedo paralizada. Los brazos me tiemblan por el peso de las bolsas.

—¿Qué?

—Anoche marqué el número de casa —repite, esta vez de forma más pausada—. Hacia las once. Atender el teléfono es una de tus obligaciones. Pero ni tú ni Andrew lo cogisteis.

—Eh… —Dejo las bolsas en un escalón y me froto la barbilla, fingiendo que pienso—. A lo mejor ya estaba dormida y el sonido del teléfono se oye demasiado bajo en mi habitación como para despertarme. Tal vez Andrew salió…

Arquea una ceja.

—¿Andrew salió a las once un domingo por la noche? ¿Con quién?

Me encojo de hombros.

—Ni idea. ¿Probaste a llamarlo al móvil?

Sé que no lo hizo. Yo estaba con Andrew a las once. Estábamos juntos en la cama.

—No —responde, pero no da más explicaciones.

Me aclaro la garganta.

—Bueno, como te he dicho, yo estaba en mi cuarto a esa hora. No tengo idea de qué estaba haciendo él.

—Hummm. —Se le ensombrecen los ojos azul celeste mientras me mira con fijeza desde el salón—. Tal vez tengas razón. Ya se lo preguntaré.

Asiento con la cabeza, aliviada por el fin del interrogatorio. No sabe lo que pasó. No sabe que fuimos a la ciudad, vimos el espectáculo al que ella debía asistir con él y luego pasamos la noche juntos en el hotel Plaza. Solo Dios sabe lo que me haría si se enterara.

Pero el caso es que no lo sabe.

Recojo las bolsas y subo con dificultad los escalones que me faltan. Tras dejarlas en el dormitorio principal, me froto los brazos, que se me han entumecido por el camino. La vista se me va hacia el baño, que he limpiado esta mañana…, aunque, desde la partida de Nina, estaba extrañamente limpio. Entro en él con sigilo. Es casi tan espacioso como mi habitación del desván y cuenta con una bañera de porcelana grande. Es tan alta que el borde me llega a las rodillas.

La contemplo con el ceño fruncido, imaginando lo que sucedió hace tantos años. La pequeña Cecelia está dentro, mientras la bañera se llena poco a poco de agua. De pronto, Nina la agarra, la sumerge por la fuerza y observa como boquea, pugnando por respirar…

Cierro los ojos y me aparto de la bañera. No quiero pensar en eso, pero no puedo olvidar lo frágil que es Nina desde el punto de vista emocional. No debe enterarse jamás de lo que ocurrió anoche entre Andrew y yo. Eso la destrozaría. Y luego ella me destrozaría a mí.

Así que me llevo la mano al bolsillo para sacar mi teléfono. Escribo un mensaje y lo envío al móvil de Andrew.

Solo para avisarte: Nina llamó a casa anoche.

Él sabrá qué hacer, como siempre.

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