La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 30
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La casa está más tranquila en ausencia de Cecelia.
Aunque sale bastante poco de su habitación, desprende una energía particular que lo invade todo. Ahora que no está, es como si el silencio se hubiera apoderado de la residencia Winchester. Y, para mi sorpresa, Nina parece más alegre. Gracias a Dios, no ha vuelto a mencionar su intento de llamar la noche que no estábamos.
Andrew y yo hemos estado evitándonos a conciencia, lo que no resulta fácil considerando que vivimos en la misma casa. Cuando nos cruzamos, los dos desviamos la mirada. Es bastante duro saber que no tengo posibilidades de establecer una relación de verdad con el primer tío que me gusta desde hace una década.
Estoy preparando la cena a toda prisa para dejarla lista sobre la mesa antes de que regrese Andrew. Sin embargo, cuando estoy llevando los vasos de agua al comedor, me topo con él. Literalmente. Se me cae uno de los vasos, que se hace añicos contra el suelo.
—¡Mierda! —grito.
Me atrevo a alzar la vista hacia Andrew. Lleva un traje azul marino y una corbata oscura, y una vez más resulta arrebatadoramente atractivo. Ha estado trabajando todo el día, y su barba incipiente le confiere un aspecto aún más sexy. Nuestras miradas se encuentran por una fracción de segundo y, muy a mi pesar, me sacude un ramalazo de atracción. Él abre mucho los ojos, y noto que siente lo mismo.
—Te ayudaré a recoger esto —dice.
—No hace falta.
Pero él insiste. Barro los trozos de vidrio grandes mientras él sujeta el recogedor, antes de ir a la cocina a tirarlos. Nina nunca me echaría una mano, pero Andrew no es como ella. Cuando coge la escoba de entre mis manos, nuestros dedos se rozan. Mis ojos vuelven a encontrarse con los suyos, y esta vez no podemos fingir que no saltan chispas. La imposibilidad de estar con este hombre me produce dolor físico.
—Millie —musita con un susurro ronco.
Tengo la garganta muy seca. Está a solo unos palmos de mí. Si me inclinara hacia delante, me besaría. Lo sé.
—¡Ay, madre! ¿Qué ha pasado?
Al oír la voz de Nina, Andrew y yo nos separamos de un salto como si el otro estuviera en llamas. Agarro la escoba con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.
—He roto un vaso —contesto—. Solo estaba, ya sabes…, recogiendo los pedazos.
Nina baja la vista al suelo, donde los pequeños cristales brillan bajo las luces del techo.
—Ay, Millie —me reconviene—. Por favor, ten más cuidado la próxima vez.
Hace meses que trabajo aquí, y es la primera vez que se me cae o rompo algo. Bueno, salvo por aquella noche en que nos pilló a Andrew y a mí viendo Family Feud a las tantas de la noche. Pero eso no lo sabe.
—Sí, perdona. Voy a por la aspiradora.
Andrew me sigue con la mirada cuando regreso al armario del material de limpieza (que es ligeramente más grande que mi habitación del desván), guardo la escoba y saco la aspiradora. Tiene una expresión contrariada. Le queman en la lengua las palabras que quería decirme hace un minuto, pero no puede estando Nina delante.
O tal vez sí.
—Tenemos que hablar más tarde —me murmura al oído, antes de seguir a Nina al salón para esperar a que yo recoja el estropicio—. ¿De acuerdo?
Hago un gesto afirmativo. No sé de qué quiere hablarme, pero lo interpreto como una buena señal. Habíamos acordado no volver a tocar el tema de lo que ocurrió aquella noche en el Plaza, así que, si quiere retomarlo…
Pero no debería hacerme muchas ilusiones.
Unos diez minutos después, no queda un solo cristal en el suelo y me dirijo al salón para avisarles de que pueden regresar al comedor. Me los encuentro sentados en el sofá, pero en extremos opuestos. Están mirando sus móviles, sin intentar siquiera hablar el uno con el otro. He notado que también se comportan así durante la cena desde hace un tiempo.
Me siguen de vuelta al comedor y Nina se sienta frente a Andrew. Le echa un vistazo a la fuente de chuletas de cerdo con compota de manzana y bimi. Me sonríe, y en ese momento reparo en que hay algo raro en el carmín rojo intenso que lleva. Lo tiene corrido en el lado derecho de los labios, lo que casi la hace parecer un payaso demoniaco.
—Esto tiene una pinta deliciosa, Millie.
—Gracias.
—Huele de maravilla, ¿a que sí, Andy? —añade.
—Mmmm. —Coge su tenedor—. Muy bien.
—Apuesto a que no comías cosas como estas en la cárcel, ¿verdad, Millie?
Bum.
Una sonrisa cordial se le dibuja en los demoniacos labios. Andrew, sentado delante de ella, me mira boquiabierto. Salta a la vista que es la primera noticia que tiene de esto.
—Hum… —digo.
—¿Qué te daban de comer allí? —insiste—. Es algo que siempre me ha picado la curiosidad. ¿Cómo es el rancho de las cárceles?
No sé qué responder. No puedo negarlo. Está enterada de mi pasado.
—No está mal.
—Pues espero que no vayas a inspirarte en alguno de esos platos. —Se ríe—. Cíñete a lo que has estado cocinando aquí. Se te da bien.
—Gracias —balbuceo.
Andrew se ha puesto lívido. Obviamente, no tenía idea de que yo había estado en prisión. Ni siquiera se me pasó por la cabeza contárselo. Por alguna razón, cuando estoy con él, esa etapa de mi vida se me antoja algo perteneciente a un pasado remoto, a otra vida. Pero la mayoría de la gente no lo ve así. Para la mayoría de la gente no soy más que una expresidiaria.
Y Nina quiere asegurarse de ponerme en mi sitio.
Ahora mismo, estoy ansiosa por alejarme de la expresión de asombro de Andrew. Giro sobre los talones para dirigirme a mi habitación. Cuando estoy a punto de llegar al pie de la escalera, Nina me llama.
—¿Millie?
Me detengo, con la espalda rígida. Hago acopio de toda mi fuerza de voluntad para no contestarle con brusquedad cuando me vuelvo hacia ella. Regreso al comedor con paso lento y una sonrisa forzada.
—¿Sí, Nina?
Frunce el ceño.
—Te has olvidado de poner en la mesa el salero y el pimentero. Y, por desgracia, estas chuletas están un poco sosas. Deberías ser más generosa a la hora de sazonar.
—Ya. Lo siento.
Entro en la cocina en busca de los recipientes de la sal y la pimienta. Están a solo unos dos metros de donde se encuentra sentada Nina, en la habitación contigua. Los llevo al comedor y, pese a mis esfuerzos por contenerme, los dejo sobre la mesa con un golpe. Cuando miro a Nina, advierto que le tiemblan las comisuras de la boca.
—Muchas gracias, Millie —dice—. Por favor, no vuelvas a olvidarte.
Ojalá pise un vidrio roto.
Ni siquiera me atrevo a mirar a Andrew. Solo Dios sabe qué pensará de mí. Parece mentira que creyera que podía tener algún tipo de futuro con él. En el fondo no lo creía, pero, por un momento… Bueno, cosas más raras se han visto. Pero más vale que me olvide de eso. Ha puesto cara de horror cuando ella ha mencionado mi paso por la cárcel. Ojalá pudiera explicárselo…
Esta vez consigo llegar a las escaleras sin que Nina me llame de nuevo para pedirme, qué sé yo, que le pase la mantequilla que está en la otra punta de la mesa o algo por el estilo. Subo trabajosamente los escalones hasta el primer piso antes de enfilar la escalera más angosta que conduce hasta mi habitación. Cierro la puerta de golpe y, no por primera vez, desearía poder echar la llave.
Me dejo caer en la cama, intentando evitar que se me llenen los ojos de lágrimas. Me pregunto desde cuándo conoce Nina mi historial. ¿Lo ha descubierto hace poco, o resulta que sí que investigó mis antecedentes cuando me contrató? A lo mejor le atrajo la idea de tener a una expresidiaria a su servicio, para mangonearla a su antojo. Cualquier otra persona se habría largado hace meses.
Estoy sentada en la cama, compadeciéndome de mí misma, cuando algo en la mesilla de noche capta mi atención.
Es el programa de mano de Showdown.
Lo cojo, desconcertada. ¿Por qué está en mi mesilla? Me lo metí en el bolso después del espectáculo, y desde entonces lo tengo ahí guardado, como recuerdo de aquella noche mágica. Mi bolso está en el suelo, apoyado contra la cómoda. ¿Cómo ha llegado el programa de mano hasta la mesilla de noche? Yo desde luego no lo saqué. Estoy segura de eso.
Ha tenido que dejarlo ahí otra persona. Había cerrado la habitación por fuera, pero no soy la única que tiene una llave.
Se me encoge el estómago. Por fin entiendo por qué Nina ha soltado el comentario de que estuve en la cárcel. Sabe que asistí a la función con Andrew. Sabe que estuvimos en Manhattan los dos solos. No tengo claro si sabe que pasamos la noche en el Plaza, pero sí que sabe que no estábamos en casa a las once. Y no me cabe duda de que, si es lo bastante astuta, se las habrá ingeniado para averiguar si nos registramos o no en el hotel.
Nina lo sabe todo.
Acabo de ganarme un enemigo peligroso.