La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 31

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Como parte de mi régimen de torturas diarias, Nina se ha propuesto complicarme al máximo la tarea de la compra. Me ha escrito una lista de artículos que necesitamos del súper, pero todos son superespecíficos. No quiere leche, sino leche ecológica de Queensland Farm. Y, si no encuentro el producto exacto que quiere, tengo que comunicárselo en un mensaje de texto y mandarle fotos de las posibles alternativas. Para colmo, se lo toma con mucha calma, así que tengo que quedarme en medio del puto pasillo de los lácteos, aguardando su respuesta.

En este momento, estoy en el pasillo del pan. Le escribo a Nina:

No queda pan de masa madre de Nantucket. Aquí tienes algunas alternativas.

Le envío fotografías de todos los panes de masa madre que tienen en existencia. Me preparo para esperar a que se digne mirarlas. Al cabo de varios minutos, recibo su contestación:

¿No hay brioches?

Ahora tendré que enviarle imágenes de todos los tipos de brioche disponibles. Juro que me voy a pegar un tiro antes de salir del súper. Me está atormentando aposta. Por otro lado, es verdad que me acosté con su marido.

Mientras hago fotos de los panes, advierto que un tipo fornido y canoso me observa desde el otro extremo del pasillo. Ni siquiera se esfuerza por disimular. Le lanzo una mirada de pocos amigos y, gracias a Dios, se retira. Ya solo me faltaba tener que lidiar con un acosador.

Mientras Nina examina las fotografías del pan con todo detenimiento, dejo vagar la mente. Como de costumbre, vaga hacia Andrew Winchester. Después de que Nina revelara que yo había estado presa, Andrew no ha vuelto a buscarme para «hablar», como había prometido. Sin duda está demasiado acojonado. No lo culpo.

Andrew me gusta. No, no solo me gusta: estoy enamorada de él. Pienso en él a todas horas, y me duele que, viviendo bajo el mismo techo, no pueda dejarme llevar por mis sentimientos hacia él. Por otro lado, merece algo mejor que Nina. Sería feliz conmigo. Incluso podría darle el hijo que tanto desea. Además, seamos sinceros: cualquiera sería mejor que ella.

Sin embargo, aunque sabe que hemos conectado, nunca estaremos juntos. Sabe de mi paso por la cárcel. No quiere a una expresidiaria como pareja, así que seguirá llevando una vida desdichada al lado de esa bruja, seguramente hasta el fin de sus días.

Mi móvil vibra de nuevo.

¿Hay baguettes?

Me lleva diez minutos más, pero consigo encontrar una barra de pan que se ajusta a las exigencias de Nina. Mientras empujo el carrito del súper en dirección a la caja, reparo de nuevo en el tipo fornido. No cabe duda de que me está mirando. Y, lo que resulta aún más inquietante, no lleva carro. Me pregunto qué está haciendo exactamente.

Pago lo más deprisa posible. Vuelvo a meter la compra en el carrito, distribuida en bolsas de papel, para llevarla hasta mi Nissan, en el aparcamiento. Cuando estoy a punto de llegar a la salida, una mano se posa en mi hombro. Al erguir la cabeza, advierto que tengo al hombre delante.

—¡Con permiso! —Intento soltarme, pero me aferra el brazo con fuerza. Cierro el puño derecho. Hay algunas personas mirando, así que por lo menos contaré con testigos—. Pero ¿tú de qué vas?

Señala una pequeña tarjeta identificativa que le cuelga del cuello de la camisa de vestir azul y en la que no me había fijado antes.

—Soy vigilante de seguridad del supermercado. Acompáñeme, por favor, señorita.

Creo que voy a vomitar. Me he pasado casi hora y media en este lugar para comprar un puñado de artículos, ¿y ahora encima me detienen? Pero ¿por qué?

—¿He hecho algo malo? —Trago saliva.

Se ha formado un corro de curiosos en torno a nosotros. Reconozco a un par de mujeres del día que fui a recoger a Cecelia de clase y que sin duda estarán encantadas de chivarse a Nina de que han visto como un segurata del súper apresaba a su asistenta.

—Por favor, acompáñeme —repite el tipo.

Me voy con él, pero me llevo el carro porque no me atrevo a dejarlo donde está. Contiene comestibles por valor de más de doscientos dólares, y estoy segura de que Nina me obligaría a pagárselos si se perdieran o alguien los robara. Sigo al hombre hasta un pequeño despacho con un escritorio de madera cubierto de rayaduras y dos sillas de plástico colocadas delante. Me indica con un gesto que me siente, así que me acomodo en una de las sillas, que emite un chirrido amenazador bajo mi peso.

—Tiene que tratarse de un error… —Me fijo en la tarjeta identificativa del tipo. Se llama Paul Dorsey—. ¿Qué significa esto, señor Dorsey?

Me mira con expresión ceñuda y los carrillos colgando.

—Una clienta me ha informado de que estaba usted robando artículos del supermercado.

Suelto un grito ahogado.

—¡Yo nunca haría eso!

—Tal vez no. —Engancha el pulgar bajo el cinturón—. Pero tengo que comprobarlo. ¿Me enseña el tique de compra, por favor, señorita…?

—Calloway. —Rebusco en mi bolso hasta que encuentro la tira de papel arrugada—. Aquí tiene.

—Debo advertirle que en caso de robo siempre presentamos denuncia.

Permanezco sentada en la silla de plástico con las mejillas encendidas mientras el vigilante de seguridad revisa mi compra de forma meticulosa, cotejándola con lo que llevo en el carrito. Se me revuelve el estómago al pensar en la aterradora posibilidad de que la cajera no haya marcado bien algún artículo y el hombre crea que lo he robado. Y entonces ¿qué? Siempre presentan denuncia. Eso significa que llamarán a la policía, y sin duda se consideraría que he infringido la libertad condicional.

Caigo en la cuenta de que esto le resolvería la papeleta a Nina. Se libraría de mí sin tener que echarme a la calle y quedar como la mala de la película. Además, sería una manera de vengarse por haberme acostado con su marido. Acabar en la cárcel por adulterio es un castigo algo excesivo, desde luego, aunque tengo la sensación de que Nina no opinaría lo mismo.

Pero eso no va a suceder. No he robado nada en el súper. El hombre no va a encontrar nada en el carrito que no figure en el tique.

¿O tal vez sí?

Lo observo mientras examina la tira de papel y pienso que la tarrina de helado de pistacho que está en el carro debe de estar derritiéndose. El corazón me late con fuerza en el pecho y me cuesta respirar. No quiero volver a prisión. No quiero. No puedo. Antes prefiero matarme.

—Bueno —dice al fin—. Parece que todo cuadra.

Por poco me echo a llorar.

—Ya. Claro.

Suelta un gruñido.

—Siento las molestias, señorita Calloway, pero tenemos muchos problemas de robos, así que debo tomarme en serio estas cosas. He recibido una llamada avisándome de que una clienta cuya descripción encaja con la suya podía estar planeando hurtar algo.

¡¿Una llamada?! ¿Quién querría telefonear al supermercado para darle mi descripción al personal de seguridad y acusarme de pretender robar algo? ¿Quién sería capaz de algo así?

Solo se me ocurre una persona.

—Muy bien —dice el hombre—. Gracias por su paciencia. Puede irse.

Estas son las dos palabras más hermosas de nuestro idioma. «Puede irse». Saldré de este supermercado con las manos libres, empujando mi carrito con la compra. Podré volver a casa.

Por esta vez.

Pero me embarga la angustiosa sensación de que aquí no acaba todo. Nina me tiene reservadas más sorpresas.

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