La asistenta

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Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 32

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No puedo dormir.

Hace tres días que estuve a punto de ser detenida en el supermercado. No sé qué hacer. Nina ha estado bastante agradable, así que a lo mejor considera que he aprendido la lección sobre quién manda en esta casa. Tal vez no pretende enviarme a la cárcel.

Pero esa no es la razón por la que estoy dando vueltas y vueltas en la cama.

La verdad es que no dejo de pensar en Andrew. En aquella noche que pasamos juntos. En las sensaciones que me invaden cuando estoy con él. Nunca antes me había sentido así. Y, hasta que Nina soltó la bomba acerca de mi pasado, él sentía lo mismo. Yo lo notaba.

Pero ya no. Ahora cree que no soy más que una delincuente común.

Me quito las mantas de encima de las piernas a patadas. Hace un calor sofocante en mi habitación, incluso por la noche. Ojalá pudiera abrir esa estúpida ventana. Pero dudo que Nina esté dispuesta a mover un dedo por contribuir a mi comodidad.

Al final, me doy por vencida y bajo a la cocina. Aunque tengo aquella mininevera en el cuarto, no guardo mucha comida dentro. Es tan pequeña que le caben muy pocas cosas.

Al entrar en la cocina, advierto que la luz del porche trasero está encendida. Con el ceño fruncido, me acerco a la puerta de atrás. Es entonces cuando descubro por qué está iluminado el porche. Hay alguien ahí fuera.

Es Andrew.

Sentado a solas en una de las sillas exteriores, bebe a morro de una botella de cerveza.

Deslizo la puerta trasera para abrirla, con cuidado de no hacer ruido. Andrew alza la vista hacia mí, parpadeando sorprendido, pero, en vez de hablar, le pega otro lingotazo a la botella.

—Hola —digo.

—Hola —responde.

Me retuerzo las manos.

—¿Puedo sentarme aquí?

—Claro. Tú misma.

Salgo a las frías tablas de madera del porche y tomo asiento a su lado, deseando tener también una cerveza. Ni siquiera me mira. Simplemente sigue bebiendo, contemplando el enorme jardín trasero.

—Me gustaría explicarte. —Me aclaro la garganta—. Me refiero a por qué no te conté lo de…

—No tienes por qué explicarme nada. —Vuelve la vista hacia mí antes de bajarla de nuevo hacia su bebida—. La razón por la que no me hablaste de ello es bastante obvia.

—Quería contártelo. —No es cierto. No quería. Esperaba que no se enterara jamás, aunque era un deseo poco realista—. En cualquier caso, lo siento.

Hace girar el líquido en el interior de la botella con suavidad.

—Bueno, ¿y por qué estuviste presa? —Qué bien me vendría esa cerveza ahora mismo. Abro la boca para responder, pero, cuando aún estoy buscando las palabras adecuadas, él añade—: Olvídalo. No quiero saberlo. No es asunto mío.

Me mordisqueo el labio.

—Oye, siento no habértelo dicho. Estaba intentando dejar atrás mi pasado. No pretendía perjudicar a nadie.

—Ya…

—Además… —Bajo la mirada hacia mis manos, que tengo apoyadas sobre el regazo—. Me daba vergüenza. No quería que pensaras mal de mí. Tu opinión es muy importante para mí.

Vuelve la cabeza para mirarme con ojos tiernos bajo la tenue luz del porche.

—Millie…

—También quiero que sepas que… —Respiro hondo—. Lo pasé de maravilla la otra noche. Fue una de las mejores noches de mi vida. Por ti. Así que, ocurra lo que ocurra, te estoy agradecida por ello. Solo…, solo quería que lo supieras.

Se le forma una arruga en el entrecejo.

—Yo también lo pasé muy bien. No había estado tan feliz desde hacía… —Se pellizca el caballete de la nariz—. Un tiempo. Y ni siquiera era consciente de ello.

Nos quedamos mirándonos unos instantes. Siguen saltando chispas entre nosotros. Le noto en los ojos que él también lo siente. Echa un vistazo a la puerta trasera y, cuando me doy cuenta, sus labios están pegados a los míos.

Me besa durante lo que se me antoja una eternidad, aunque en realidad se acerca más a los sesenta segundos. Cuando se aparta, percibo arrepentimiento en su expresión.

—No puedo…

—Lo sé…

Lo nuestro es imposible por muchas razones, pero, si él estuviera dispuesto a lanzarse al vacío, yo lo seguiría, incluso si eso me valiera la animadversión de Nina. Correría ese riesgo. Por él.

En vez de ello, me levanto y lo dejo solo en el porche con su cerveza.

Noto en los pies el frío de la madera de los escalones mientras subo de vuelta al primer piso. La cabeza aún me da vueltas por el beso y me cosquillean los labios. Espero que no sea la última vez. No puede serlo. Me he fijado en cómo me miraba. Siente algo de verdad por mí. Aún le gusto, a pesar de que sabe de mi pasado. El único problema es…

Un momento. ¿Qué es eso?

Me quedo paralizada en lo alto de las escaleras. Hay una sombra en el pasillo. La escudriño con los ojos entornados, intentando distinguir aquella forma en la oscuridad.

De pronto, se mueve.

Suelto un alarido y por poco caigo rodando por las escaleras. Consigo salvarme en el último momento agarrándome de la barandilla. La sombra se me acerca, y entonces la identifico.

Es Nina.

—Nina —jadeo.

¿Qué hace aquí de pie en el pasillo? ¿Viene de abajo? ¿Nos ha visto a Andrew y a mí besándonos?

—Hola, Millie. —Aunque el pasillo está en penumbra, casi parece que le brilla el blanco de los ojos.

—¿Qué…, qué haces aquí?

Me mira con hostilidad. La luz de la luna proyecta sombras inquietantes en su rostro.

—Es mi casa. No tengo que dar explicaciones sobre mis idas y venidas.

En sentido estricto, la casa no es suya. Le pertenece a Andrew. Y, si no estuvieran casados, ella no viviría aquí. Si él decidiera dejarla por mí, la casa sería mía.

Es demencial pensar estas cosas. Obviamente, eso no va a suceder.

—Perdona.

Cruza los brazos sobre el pecho.

—¿Y qué haces tú aquí?

—He…, he bajado a por un vaso de agua.

—¿No tienes agua en tu cuarto?

—Me la he bebido toda —miento. Estoy segura de que sabe que es mentira, dada su costumbre de husmear en mi habitación.

Se queda callada un momento.

—Andy no estaba en la cama. ¿Lo has visto abajo por alguna parte?

—Pues… Me parece que estaba fuera, en el porche de atrás.

—Ah.

—Pero no estoy segura. No he hablado con él ni nada.

Nina me mira con cara de no creerse una palabra. Y no se lo reprocho, pues es todo mentira.

—Voy a ver qué hace.

—Y yo voy a subir a mi habitación.

Ella asiente y me propina un empujón en el hombro al pasar por mi lado. El corazón me va a mil por hora. No consigo sacudirme la sensación de que he cometido un error garrafal al contrariar a Nina Winchester. Y, sin embargo, es como si no pudiera evitarlo.

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