La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 33
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Tengo el domingo libre, así que decido pasarlo fuera de casa. Hace un estupendo día veraniego —ni demasiado caluroso ni demasiado fresco—, de modo que voy en coche hasta el parque local y me siento en un banco a leer mi libro. Cuando estás en la cárcel, te ves privado de placeres sencillos como pasar un rato al aire libre, leyendo en el parque. A veces el anhelo es tan fuerte que incluso te produce dolor físico.
No pienso volver ahí jamás.
Después de pillar algo para comer en el servicio por ventanilla de un restaurante de comida rápida, emprendo el camino de regreso. No cabe duda de que la residencia Winchester es preciosa. Aunque cada vez desprecio más a Nina, no puedo odiar esa casa. Es una maravilla.
Tras aparcar en la calle, como siempre, camino hasta la puerta principal de la casa. Durante el trayecto de vuelta, el cielo se ha ido encapotando y, justo cuando llego frente a la entrada, las nubes empiezan a descargar una cascada de gotitas de lluvia. Abro la puerta de un tirón y me apresuro a entrar antes de quedar empapada.
En el salón me encuentro a Nina sentada en la penumbra. No está leyendo, ni viendo la tele. Simplemente está en el sofá, sin hacer nada. Y, cuando abro la puerta, sus ojos se ponen alerta.
—¿Nina? —digo—. ¿Va todo bien?
—La verdad es que no. —Vuelve la vista hacia el otro extremo del sofá, y advierto que a su lado hay un montón de vestidos. Se trata de las mismas prendas que insistió en regalarme cuando empecé a trabajar aquí—. ¿Qué hacía mi ropa en tu habitación?
Me quedo mirándola mientras el destello de un relámpago ilumina la habitación.
—¿Qué? Pero ¿de qué hablas? Tú me diste esa ropa.
—¡Que se la di, dice! —Suelta una carcajada estentórea que resuena en la estancia, ahogada solo en parte por el restallido del trueno—. ¿Por qué iba yo a darle a la criada unos vestidos que valen miles de dólares?
—Tú… —Me tiemblan las rodillas—. Tú me dijiste que te venían pequeños. Te empeñaste en que me quedara con ellos.
—¿Cómo puedes mentir de esa manera? —Da un paso hacia mí, con una expresión gélida en los ojos azules—. ¡Me has robado esa ropa! ¡Eres una ladrona!
—No… —Intento agarrarme de algo antes de que me fallen las piernas, pero mis manos no encuentran más que aire—. Nunca haría una cosa así.
—¡Ja! —resopla—. ¡Me lo merezco, por haberle ofrecido trabajo en mi casa a una delincuente!
Sube tanto la voz que llega hasta oídos de Andrew, que está arriba. Sale a toda prisa de su despacho y, a la luz de otro rayo, vislumbro su apuesto rostro en lo alto de la escalera. Dios santo, ¿qué va a pensar de mí? Bastante malo es que esté enterado de mis antecedentes carcelarios. No quiero que encima crea que he robado en su propio hogar.
—¿Nina? —Baja los escalones de dos en dos—. ¿Qué está pasando?
—¡Yo te diré qué está pasando! —anuncia ella con aire triunfal—. Aquí Millie ha estado saqueándome el guardarropa. Me ha robado todas estas prendas. Las he encontrado en su armario.
Poco a poco, a Andrew se le agrandan los ojos.
—Dices que ella…
—¡Yo no he robado nada! —Me escuecen las lágrimas—. Te lo juro. Nina me regaló esos vestidos. Según ella, ya no le quedaban bien.
—Como si fuéramos a creernos tus mentiras. —Me dedica una mueca desdeñosa—. Debería denunciarte a la policía. ¿Sabes cuánto vale esta ropa?
—No, por favor, no…
—Ah, sí, es verdad. —Nina se ríe al ver mi expresión—. Estás en libertad condicional, ¿verdad? Si te denunciara, volverías derechita a la prisión.
Andrew está inspeccionando las prendas amontonadas en el sofá con un profundo surco entre las cejas.
—Nina…
—Voy a llamarlos. —Nina se saca el móvil del bolso—. A saber qué más nos habrá robado, ¿no, Andy?
—Nina. —Alza la vista de la pila de ropa—. Millie no te ha robado estos vestidos. Recuerdo que vaciaste tu guardarropa. Lo metiste todo en bolsas de basura y dijiste que ibas a donarlo a la caridad. —Levanta un vestidito blanco diminuto—. Hace años que esto no te entra.
Ver cómo se le sonrojan las mejillas a Nina resulta de lo más satisfactorio.
—¿Qué insinúas? ¿Que estoy demasiado gorda?
Andrew se vuelve hacia mí, que permanezco indecisa cerca del sofá.
—Millie. —Pronuncia mi nombre con voz suave—. ¿Podrías irte arriba para dejarnos solos? Necesito hablar con Nina.
—Por supuesto —asiento. Encantada.
Los dos se quedan de pie, en silencio, mientras yo remonto el tramo de escaleras hasta el primer piso. Una vez arriba, me dirijo a la puerta que conduce al desván y la abro. Me paro un momento a rumiar qué hacer a continuación. Entonces cierro la puerta sin cruzar el umbral.
Con paso mucho más sigiloso, empiezo a desandar el camino. Me detengo al final del pasillo, justo antes de salir al hueco de la escalera. Aunque no alcanzo a ver a Nina ni a Andrew, me llegan sus voces. No está bien espiar a la gente, pero no puedo evitarlo. Al fin y al cabo, esta conversación sin duda girará en torno a las acusaciones de Nina contra mí.
Espero que él siga defendiéndome ahora que no estoy presente. ¿Logrará convencerlo Nina de que le mangué la ropa? Después de todo, soy una expresidiaria. Basta con cometer un error en la vida para que ya nunca nadie se fíe de ti.
—… no cogió esos vestidos —dice Andrew—. Sé que no.
—¿Cómo puedes ponerte de su parte en vez de apoyarme? —le grita Nina—. La chica estuvo en prisión. Esa gente no es digna de confianza. Es una embustera y una ladrona, y seguramente merece que la vuelvan a encerrar.
—¿Cómo eres capaz de decir eso? Millie ha sido un encanto.
—Sí, claro, eso es lo que tú piensas.
—¿Cuándo te volviste tan cruel, Nina? —Le tiembla la voz—. Has cambiado. Eres una persona distinta.
—Todo el mundo cambia —le espeta ella.
—No. —Andrew baja tanto la voz que tengo que aguzar el oído para percibirla por encima del repiqueteo de la lluvia sobre el asfalto—. Tú has cambiado más. Ya ni siquiera te reconozco. No eres la misma persona de la que me enamoré.
Se impone un largo silencio, interrumpido por un trueno tan fuerte que estremece los cimientos de la casa. Cuando el estruendo se apaga, oigo la siguiente frase de Nina con toda claridad.
—¿Qué estás diciendo, Andy?
—Estoy diciendo que… Creo que ya no estoy enamorado de ti, Nina. Creo que deberíamos separarnos.
—¿Que ya no estás enamorado de mí? —vocifera ella—. Pero ¿tú te estás oyendo?
—Lo siento. Supongo que aceptaba las cosas como venían y me conformaba con la vida que llevábamos juntos, sin darme cuenta de que no era feliz.
Nina se queda callada un buen rato mientras asimila estas palabras.
—¿Tiene esto algo que ver con Millie?
Aguanto la respiración en espera de su respuesta. Aquella noche en Nueva York surgió algo entre nosotros, pero no soy tan ilusa de creer que dejará a Nina por mí.
—Esto no va de Millie —dice él al fin.
—¿En serio? ¿O sea que vas a mentirme a la cara y fingir que no sucedió nada entre ella y tú?
Mierda. Lo sabe. O, al menos, eso cree.
—Siento algo por Millie —confiesa en voz tan baja que estoy segura de que me lo he imaginado. ¿Cómo va a sentir algo por mí ese hombre rico, guapo y casado?—. Pero no se trata de ella. Se trata de ti y de mí. Ya no te quiero.
—¡Menuda gilipollez! —Nina eleva tanto el tono que pronto solo podrán oírla los perros—. ¡Quieres dejarme por la criada! Es lo más ridículo que he oído. No te rebajes de esta manera. Tú vales más que eso, Andrew.
—Nina —dice él con firmeza—. Lo nuestro se ha acabado. Lo siento.
—¿¡Lo sientes!? —Otro trueno hace temblar las tablas del suelo—. Pues más lo vas a sentir…
Se produce una pausa.
—¿Perdona?
—Si intentas seguir adelante con esto —gruñe ella—, te destrozaré en los tribunales. No descansaré hasta que te quedes sin un centavo y sin hogar.
—¿Sin hogar? Este es mi hogar, Nina. Lo compré cuando ni siquiera nos conocíamos. Vives aquí porque yo te lo permito. Como recordarás, firmamos un acuerdo prematrimonial y, cuando nuestro matrimonio se acabe, la casa volverá a ser mía. —Se queda callado unos instantes—. Y, ahora, quiero que te marches.
Me aventuro a asomarme al hueco de la escalera. Si me agacho, alcanzo a ver a Nina de pie en el centro del salón, con la cara muy pálida.
Abre y cierra la boca como un pez.
—No me creo que estés hablando en serio, Andy —balbucea.
—Hablo muy en serio.
—Pero… —Se lleva la mano al pecho—. ¿Qué pasará con Cece?
—Cece es tu hija. Nunca accediste a que yo la adoptara.
—Ah. —Suena como si tuviera los dientes apretados—. Así que ese es el quid de la cuestión: que no puedo tener otro bebé. Quieres estar con alguien más joven que pueda darte un hijo. Ya no soy lo bastante buena para ti.
—Esa no es la razón —replica él, aunque, hasta cierto punto, tal vez sí lo sea. Es verdad que Andrew quiere otro hijo y que no puede tenerlo con Nina.
—Andy —implora ella con voz trémula—, por favor, no me hagas eso. No me humilles de esta manera. Te lo ruego.
—Quiero que te vayas, Nina. Ahora mismo.
—¡Pero si está lloviendo!
—Haz las maletas y márchate. —A Andrew no le tiembla la voz.
Casi oigo a Nina sopesar sus opciones. Pueden decirse muchas cosas de ella, pero no tiene un pelo de tonta. Al final, encorva la espalda.
—Está bien. Me iré.
Los pesados pasos de Nina avanzan en dirección a la escalera. Se me ocurre un segundo demasiado tarde que debería esconderme. Ella alza la mirada y me ve parada en el rellano. Yo nunca había contemplado unos ojos centellear de rabia de esa manera. Debería regresar corriendo a mi habitación, pero una parálisis se apodera de mis piernas, mientras los tacones de Nina acometen un escalón tras otro.
Cuando llega al final de la escalera, el fulgor de un último relámpago le ilumina el rostro como si se encontrara ante las puertas del infierno.
—¿Necesitas…? —Noto un entumecimiento en los labios que me dificulta formar las palabras—. ¿Necesitas que te ayude a hacer las maletas?
Me lanza una mirada que destila tanto veneno que temo que alargue los brazos hacia mi pecho y me arranque el corazón con sus propias manos.
—¿Que si necesito ayuda para hacer las maletas? No, creo que puedo apañármelas sola.
Nina entra en su habitación y cierra de un portazo. No sé muy bien qué hacer. Pienso en subir al desván, pero entonces bajo la vista y advierto que Andrew continúa en el salón. Está mirándome, así que desciendo las escaleras para hablar con él.
—¡Lo siento mucho! —Las palabras me salen atropelladas—. No era mi intención…
—Ni se te ocurra culparte a ti misma —dice—. Esto se veía venir desde hace tiempo.
Vuelvo la vista hacia la ventana, que está empapada por la lluvia.
—¿Quieres que… me vaya?
Me toca el brazo y me recorre un cosquilleo. Solo pienso en las ganas que tengo de que me bese, pero ahora no puede. No mientras Nina esté en el piso de arriba.
Aunque pronto se irá.
Unos diez minutos después, ella baja las escaleras, soportando a duras penas el peso de las dos bolsas que lleva colgadas, una de cada hombro. Ayer me habría obligado a cargar con ellas y se habría reído de lo debilucha que soy. Ahora tiene que ocuparse ella misma. Cuando alzo la mirada hacia ella, veo que tiene los ojos hinchados y el cabello desgreñado. Su aspecto es lamentable. Creo que en el fondo no me había dado cuenta de lo mayor que es hasta este momento.
—Por favor, no hagas esto, Andy —le implora—. Por favor.
A Andrew le tiembla un músculo de la mandíbula. Suena otro trueno, aunque menos estruendoso que los anteriores. La tormenta se aleja.
—Te ayudo a llevar las bolsas hasta el coche.
Ella reprime un sollozo.
—No te molestes.
Se acerca con dificultad a la puerta del garaje más próxima al salón, batallando con su pesado equipaje. Andrew extiende el brazo para intentar ayudarla, pero ella lo rechaza con un movimiento del hombro. Forcejea con la puerta del garaje. Hace malabarismos para abrirla sin dejar los bultos en el suelo. Cuando lleva varios minutos intentándolo, no soy capaz de soportarlo más. Me abalanzo hacia la puerta y, antes de que ella pueda impedírmelo, giro el pomo y la abro de un empujón.
—Vaya —dice—. Muchas gracias.
No sé cómo reaccionar, de modo que simplemente me quedo ahí parada mientras ella pasa por mi lado con sus bolsas. Justo antes de cruzar el vano, se inclina y me acerca tanto la cara que noto el calor de su aliento en el cuello.
—Esto no se me va a olvidar en la vida, Millie —me susurra al oído.
El corazón me late a mil por hora. Sus palabras resuenan en mis oídos mientras ella echa las bolsas en el maletero de su Lexus blanco, arranca y se aleja a toda velocidad.
Ha dejado abierta la puerta del garaje. A través de ella veo la lluvia, que cae a cántaros sobre el camino de acceso mientras una ráfaga de viento me golpea el rostro. Permanezco ahí un momento, siguiendo con la mirada el coche de Nina hasta que se pierde en la distancia. Casi pego un salto cuando un brazo me rodea los hombros.
No es más que Andrew, por supuesto.
—¿Estás bien? —me pregunta.
Qué hombre tan maravilloso. Después de aquella deprimente escena, tiene el detalle de interesarse por cómo me encuentro.
—Sí, estoy bien. ¿Y tú?
Suspira.
—La cosa podría haber ido mejor. Pero era inevitable que esto pasara. Me resultaba imposible seguir viviendo así. Ya no la quería.
Vuelvo a mirar al exterior.
—¿Crees que estará bien? ¿Dónde se alojará?
Él le resta importancia con un gesto.
—Tiene una tarjeta de crédito. Se registrará en un hotel. No te preocupes por Nina.
El problema es que sí estoy preocupada por Nina. Muy preocupada. Pero no en el sentido que él se imagina.
Me suelta los hombros para pulsar el botón que acciona la puerta del garaje. Me toma de la mano para apartarme de ahí, pero yo no despego la vista de la puerta hasta que queda cerrada del todo, convencida de que el coche de Nina reaparecerá en el último momento.
—Vamos, Millie. —A Andrew le brillan los ojos—. He estado deseando pillarte a solas.
A pesar de todo, se me escapa una sonrisa.
—Ah, ¿sí?
—No te imaginas cuánto…
Me atrae hacia sí para besarme y, mientras me derrito contra él, retumba otro trueno. Me imagino que oigo el motor de Nina a lo lejos. Pero eso es imposible. Se ha ido.
Para siempre.