La asistenta

La asistenta


Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 34

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Amanezco al día siguiente en la habitación de invitados, con Andrew dormido a mi lado.

Anoche, tras la partida de Nina, acabamos aquí. Yo no quería acostarme en su cama, donde Nina había dormido justo la noche anterior. Por otro lado, mi catre en el desván no resulta demasiado cómodo para dos personas. Así que esta fue la solución intermedia.

Supongo que si seguimos así —si lo nuestro se convierte en algo más serio—, al final tendré que instalarme en el dormitorio principal. Pero es demasiado pronto. Ahí dentro aún huele a Nina.

Andrew abre ligeramente los ojos, y una gran sonrisa se le dibuja en los labios cuando me ve tendida junto a él.

—Vaya, vaya… ¿Qué tal? —dice.

—¿Qué tal tú?

Cuando me desliza el dedo por el cuello y el hombro, siento un cosquilleo en todo el cuerpo.

—Encantado de despertar a tu lado en vez de con ella.

Yo también estoy encantada. Espero volver a despertar a su lado mañana. Y la mañana siguiente. Nina no sabía apreciar a este hombre, pero yo sí. Ella no valoraba la vida que llevaba con él.

Es de locos pensar que de ahora en adelante esa será mi vida.

Se inclina hacia mí y me besa en la nariz.

—Más vale que me levante. Tengo una reunión.

Me incorporo en la cama con cierta dificultad.

—Te prepararé el desayuno.

—Ni se te ocurra. —Se levanta, y las mantas resbalan de su perfecta figura. La verdad es que está en muy buena forma; debe de ir al gimnasio—. Nos has preparado el desayuno todas las mañanas desde que llegaste. Hoy te toca quedarte en la cama hasta tarde y hacer lo que te apetezca.

—Por lo general lavo la ropa los lunes. No me importa poner una carga y…

—No. —Me lanza una mirada elocuente—. Oye, no sé muy bien cómo vamos a hacer que esto funcione, pero… me gustas mucho. Quiero que intentemos ir en serio. Y eso significa que no puedes seguir siendo la criada. Encontraré a alguien que se encargue de la limpieza mientras tú te quedas aquí tranquila, hasta que decidas a qué quieres dedicarte.

Se me ponen coloradas las mejillas.

—No resulta tan fácil para mí. Sabes que tengo antecedentes. Nadie está dispuesto a contratar a alguien que…

—Por eso puedes quedarte en esta casa todo el tiempo que quieras. —Alza la mano para acallar mis protestas—. Lo digo en serio. Me encanta tenerte aquí. Y, bueno, tal vez a la larga acabes por instalarte…, ya sabes, de forma permanente.

Me dedica una sonrisa tierna y encantadora que hace que me derrita. Nina tiene que estar como una cabra para haber dejado que se le escapara este tío.

Aún me asusta que quiera recuperarlo.

Observo a Andrew mientras introduce sus musculosas piernas por las perneras del bóxer, aunque finjo que no estoy mirando. Tras guiñarme el ojo por última vez, sale de la habitación para ducharse. Y yo me quedo sola.

Bostezando, me desperezo en la lujosa cama doble. Cuando supe que iba a dormir en el catre del desván me sentí feliz, pero esto está a otro nivel. Me dolía la espalda todo el día, pero, después de pasar solo una noche en este colchón, me encuentro mejor. No me costaría mucho acostumbrarme a esto.

Mi teléfono, que he dejado sobre la mesilla de noche, empieza a zumbar con insistencia. Extiendo el brazo para cogerlo, y se me frunce el ceño al ver las palabras que aparecen en la pantalla.

Número oculto.

Me invade una sensación de mariposas en el estómago. ¿Quién me llama a estas horas de la mañana? Me quedo mirando la pantalla hasta que las vibraciones cesan.

Bueno, problema resuelto.

Dejo caer el móvil sobre la mesilla y me vuelvo a acurrucar en la cama. No solo el colchón resulta confortable. El tacto de las sábanas es como el de la seda, y la manta es calentita y a la vez ligera, mucho mejor que el harapo lanoso con el que me tapaba en el desván y que picaba como un demonio. Y mucho mejor que el delgado cobertor que me dieron en la cárcel, desde luego. Las mantas buenas y caras dan gustito… ¿Quién iba a sospecharlo?

Se me empiezan a cerrar los ojos de nuevo. Pero, cuando estoy a punto de dormirme, el teléfono se pone a vibrar otra vez.

Con un gruñido, alargo de nuevo la mano hacia el móvil. Muestra las mismas palabras:

Número oculto.

¿Quién podría querer telefonearme? No tengo amigos. En el colegio de Cecelia tienen mi número, pero ahora está cerrado por las vacaciones de verano. Solo hay una persona que me llama a veces.

Nina.

Bueno, si se trata de ella, es la persona con quien menos me apetece hablar en este momento. Pulso el botón rojo para rechazar la llamada. Sin embargo, ahora no hay quien duerma, así que me levanto y subo a darme una ducha.

Cuando vuelvo a bajar, Andrew ya se ha puesto el traje y bebe a sorbos de una taza de café. Me toqueteo los vaqueros, cohibida, pues me siento desnuda en comparación con él. De pie frente a la ventana, contempla el jardín delantero, con los labios curvados hacia abajo.

—¿Todo bien? —pregunto.

Se sobresalta, sorprendido por mi presencia. Sonríe.

—Sí. Es solo que… Ese condenado paisajista ha vuelto a venir. ¿Qué demonios hace todo el día ahí fuera?

Me sitúo junto a él frente a la ventana. Enzo está agachado sobre un arriate de flores, provisto de una pala de mano.

—¿Labores de jardinería?

Consulta su reloj.

—Son las ocho de la mañana. El tío está aquí todo el santo día. Trabaja para una decena de familias más… ¿Por qué lo veo aquí siempre?

Me encojo de hombros, aunque en el fondo razón no le falta. En efecto, da la impresión de que Enzo pasa un tiempo desproporcionado en nuestro jardín, aun teniendo en cuenta que es más grande que muchos de los otros jardines.

Andrew parece tomar una determinación y deja la taza sobre el alféizar. Me apresuro a cogerla, pues sé que Nina se pondría histérica si se encontrara una mancha circular de café en el alféizar, pero de pronto cambio de idea. Nina ya no me va a hacer la vida imposible. Ni siquiera tengo que volver a verla. A partir de ahora, puedo dejar las tazas de café donde me dé la gana.

Andrew sale al jardín delantero con paso decidido y expresión resuelta, y yo lo sigo, por curiosidad. Resulta evidente que piensa decirle algo a Enzo.

Se aclara la garganta dos veces, pero eso no le basta para captar la atención del paisajista.

—¡Enzo! —le suelta al fin.

El aludido levanta la cabeza y se vuelve muy despacio.

—¿Sí?

—Quiero hablar contigo.

Enzo exhala un largo suspiro mientras se endereza. Se acerca a nosotros con toda la pachorra del mundo.

—¿Eh? ¿Qué quiere?

—Escúchame. —Andrew es alto, pero Enzo lo es aún más, lo que lo obliga a echar la cabeza atrás para mirarlo—. Te agradezco toda tu ayuda, pero ya no necesitamos tus servicios. Por favor, recoge tus cosas y vete a donde sea que tengas que trabajar después.

Che cosa? —dice Enzo.

Los labios de Andrew forman una línea recta.

—Digo que ya no te necesitamos. Se acabó. Fin. Puedes marcharte.

Enzo ladea la cabeza.

—¿Despedido?

Andrew respira hondo.

—Sí. Despedido.

Enzo reflexiona sobre esto unos instantes. Yo retrocedo un paso, consciente de que, aunque Andrew es fuerte y musculoso, Enzo le saca mil puntos de ventaja. Si se enzarzaran en una pelea, no me cabe la menor duda de quién ganaría. Pero el paisajista simplemente se encoge de hombros.

—Vale —dice Enzo—. Me voy.

Su despido parece dejarlo tan indiferente que me pregunto si Andrew se siente un poco ridículo por haber armado todo ese alboroto por el hecho de que el hombre trabajara demasiadas horas aquí. En cambio, asiente, aliviado.

Grazie. Te agradezco la dedicación de los últimos años.

Enzo se limita a mirarlo con cara de no haber entendido una palabra.

Mascullando algo entre dientes, Andrew gira sobre los talones y entra de nuevo en la casa. Comienzo a seguirlo, pero en el instante en que Andrew desaparece por la puerta delantera, algo me retiene. Tardo un segundo en percatarme de que Enzo me ha agarrado del brazo.

Me vuelvo hacia él. Su expresión ha cambiado por completo en cuanto Andrew ha entrado en casa. Clava en mí los ojos desorbitados.

—Millie —jadea—, tienes que irte de aquí. Corres un grave peligro.

Me quedo boquiabierta, no solo por lo que ha dicho, sino por cómo se ha expresado. Desde que entré a trabajar aquí, él no había hilado más de un par de palabras seguidas en mi idioma, y en cambio ahora ha pronunciado dos frases enteras. Además, su acento italiano, tan marcado que a duras penas lo entendía, se ha vuelto mucho más sutil. Es el acento de un hombre que se encuentra muy cómodo hablando otra lengua.

—No pasa nada —replico—. Nina ya no está.

—No. —Sacude la cabeza con firmeza, sin dejar de sujetarme el brazo—. Te equivocas. Ella no…

Antes de que pueda continuar, la puerta principal de la casa se abre de nuevo. Enzo me suelta de inmediato y se aparta.

—¿Millie? —Andrew asoma la cabeza por el vano—. ¿Va todo bien?

—Todo bien —consigo responder.

—¿Vienes?

Quiero quedarme aquí fuera y preguntarle a Enzo a qué se refería exactamente con aquella siniestra advertencia y qué intentaba decirme, pero tengo que regresar adentro.

Mientras cruzo el umbral detrás de Andrew, vuelvo la mirada hacia Enzo, que finge estar ocupado reuniendo sus utensilios. Ni siquiera alza la vista hacia mí. Es casi como si me lo hubiera imaginado todo, salvo porque, cuando bajo la mirada hacia mi brazo, veo las furiosas marcas rojas que me han dejado sus dedos.

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