La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 35
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Andrew me ha dicho que no quiere que me encargue de tareas domésticas, pero el lunes es el día en que suelo hacer la compra, y nos estamos quedando sin muchas cosas. Después de hojear unos libros que he sacado de la estantería y ver un rato la tele, me muero de ganas de hacer algo. A diferencia de Nina, me gusta mantenerme ocupada.
Me he guardado mucho de volver al supermercado donde aquel vigilante de seguridad estuvo a punto de detenerme. En vez de ello, voy a uno que está en otra zona de la ciudad. Al fin y al cabo, todos son iguales.
Adoro poder pasearme por el súper con el carrito sin tener que guiarme por la estúpida y pretenciosa lista de la compra de Nina. Puedo comprar lo que me dé la gana. Si me apetece brioche, pillaré un brioche. Si me apetece comprar masa madre, pillaré masa madre. No tengo que mandarle cien fotos de cada tipo de pan. Me siento liberada.
Cuando estoy echando un vistazo en el pasillo de los lácteos, me suena el teléfono dentro del bolso. Me asalta la misma desazón de antes. ¿Quién me estará llamando? A lo mejor es Andrew.
Llevo la mano al bolso y saco el móvil. Otra vez el número oculto. Quien sea que me ha telefoneado esta mañana está intentándolo de nuevo.
—Millie, ¿verdad?
Por poco me da un infarto. Cuando levanto la mirada, veo a una de las mujeres a las que Nina invitó a aquella reunión de la AMPA, cuyo nombre no recuerdo. Lleva también un carrito y luce una sonrisa falsa en los rechonchos y pintarrajeados labios.
—Sí… —respondo.
—Soy Patrice —dice—. Eres la chica de Nina, ¿verdad?
La etiqueta que me ha puesto me produce dentera. «La chica de Nina». Guau. Ya verás cuando se entere de que Andrew ha dejado a Nina y de que ella se va a quedar en la puta ruina tras el divorcio gracias al acuerdo prematrimonial. Ya verás cuando se entere de que soy la nueva novia de Andrew Winchester. Tal vez dentro de poco sea a mí a quien tenga que lamerle el culo.
—Trabajo para los Winchester —la corrijo con frialdad. Pero no por mucho tiempo.
—Ah, bien. —Su sonrisa se ensancha—. Llevo toda la mañana intentando comunicarme con Nina. Se suponía que íbamos a tomar el brunch juntas, todos los lunes y jueves quedamos en Kristen’s Diner, pero no se ha presentado. ¿Va todo bien?
—Sí —miento—. Todo va bien.
Patrice frunce los labios.
—Pues entonces me imagino que se le habrá pasado. Como sin duda ya sabes, Nina tiene sus rarezas.
Eso es quedarse muy corto. Pero me abstengo de hacer comentarios.
Posa los ojos en el teléfono que sostengo en la mano.
—¿Ese es el móvil que te facilitó Nina?
—Pues… sí. Este es.
Echa la cabeza atrás y suelta una risotada.
—Reconozco que es todo un detalle por tu parte dejar que ella te mantenga controlada en todo momento. No sé si yo en tu lugar lo llevaría tan bien.
Me encojo de hombros.
—Por lo general solo me manda mensajes. No es tan terrible.
—No me refería a eso —replica, señalando el teléfono con un movimiento de la cabeza—, sino a la aplicación de rastreo que instaló. ¿No te pone de los nervios que quiera saber dónde estás a cada instante?
Siento como si me hubieran arreado un puñetazo a traición en el estómago. ¿Nina me rastrea a través del móvil? Pero ¿qué me está contando?
Qué estúpida soy. Pues claro que ella es capaz de algo así. Tiene todo el sentido del mundo. De pronto caigo en la cuenta de que no le hacía falta hurgar en mi bolso para encontrar ese programa de mano o llamar a casa la noche de la función. Sabía exactamente dónde estaba.
—¡Ay! —Patrice se lleva la mano a la boca de golpe—. Lo siento mucho. ¿No estabas enterada…?
Me entran ganas de abofetearle la cara hinchada de bótox. Ignoro si esta mujer sabía si yo estaba al tanto o no, pero me da la impresión de que está encantada de ser ella quien me ha soltado la bomba. Noto un sudor frío en la nuca.
—Disculpa —le digo a Patrice.
La aparto de mi camino con un ligero empujón y me marcho, dejando el carro con la compra. Me dirijo a paso veloz al aparcamiento y no recupero el aliento sino hasta que me encuentro fuera del supermercado. Me inclino hacia delante, con las manos apoyadas en las rodillas, hasta que mi respiración recupera su ritmo normal.
Al enderezarme, veo que un coche sale del aparcamiento a toda velocidad. Reconozco el Lexus blanco.
Se parece al coche de Nina.
De repente, me empieza a sonar de nuevo el móvil.
Lo saco del bolso con brusquedad. En la pantalla vuelve a aparecer el mensaje de número oculto. Vale, si quiere hablar conmigo, adelante: que me diga lo que me tenga que decir. Si quiere amenazarme y acusarme de ser una destrozahogares, que lo haga.
Pulso el botón verde.
—¿Hola? ¿Nina?
—¡Hola! —dice una voz animada—. Tenemos entendido que al parecer la garantía de su vehículo ha vencido hace unos días.
Me aparto el móvil de la oreja y me quedo mirándolo con incredulidad. Al final, no se trataba de Nina, sino de un estúpido teleoperador comercial. He hecho una montaña de un grano de arena.
Aun así, no logro librarme de la sensación de que estoy en peligro.