La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 36
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A Andrew se le complicaron las cosas en la oficina esta tarde.
A las siete menos cuarto me envió un mensaje pesaroso.
Problemas en el trabajo. Tendré que quedarme por lo menos una hora más. Cena sin mí.
Le contesté:
Tranquilo. Conduce con cuidado.
Aunque en el fondo me llevé un buen chasco. Lo había pasado tan bien en aquella cena en Manhattan con Andrew que intenté reproducir uno de los platos que nos habían servido en el restaurante francés: solomillo a la pimienta. Lo preparé con granos de pimienta negra que compré en el supermercado (después de reunir el valor suficiente para volver), chalotas picadas, coñac, vino tinto, caldo de ternera y nata para montar. Olía de maravilla, pero no aguantaría una o dos horas más; el solomillo recalentado no está igual de bueno. No me quedó más remedio que comerme mi magnífica cena sola. Ahora me pesa en el estómago como una piedra mientras zapeo sentada frente al televisor.
No me gusta quedarme sola en esta casa. Cuando Andrew está aquí, tengo la sensación de encontrarme en su casa, y así es. Pero, en su ausencia, todo apesta a Nina. Su perfume emana de todos los huecos y grietas. Ha marcado su territorio con su olor, como un animal.
Pese a que Andrew me dijo que no lo hiciera, limpié la casa a fondo tras regresar de hacer la compra para intentar eliminar la fragancia de Nina. Sin embargo, aún la percibo.
A pesar de lo desagradable que estuvo conmigo en el súper, Patrice me ha hecho un gran favor. En efecto, Nina me controlaba a través del móvil. Encontré la aplicación de rastreo oculta en una carpeta escogida al azar, donde jamás la habría descubierto. La desinstalé de inmediato.
Sin embargo, no consigo sacudirme la sensación de que me vigila.
Cierro los ojos y pienso en la advertencia que me hizo Enzo esta mañana. «Tienes que irte de aquí. Corres un grave peligro». Le da miedo Nina. Se lo noté en la mirada cuando estaba hablando con él, y ella pasó más o menos cerca.
«Corres un grave peligro».
Contengo una oleada de náuseas. Ella ya no está.
Pero aún podría hacerme daño.
El sol se ha puesto, y, cuando vuelvo la vista hacia la ventana, solo veo mi reflejo. Me levanto del sofá y me acerco a ella, con el corazón martilleándome en el pecho. Apoyo la frente en el frío cristal y escruto el oscuro exterior.
¿Hay un coche aparcado frente a las puertas de la verja?
Escudriño las sombras con los párpados entornados, intentando dilucidar si son solo imaginaciones mías. Supongo que podría salir para echar un vistazo más de cerca, pero eso me obligaría a descorrer el cerrojo de la puerta principal.
Por otro lado, ¿qué más da que el cerrojo esté echado si Nina tiene llave?
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el timbre de mi teléfono, que está sobre la mesa de centro. Me apresuro a cogerlo para responder la llamada a tiempo, pero arrugo el entrecejo al ver de nuevo las palabras «número oculto» en la pantalla. Sacudo la cabeza. Otra llamada comercial. Justo lo que necesitaba.
Pulso el botón verde para contestar, preparada para oír uno de aquellos irritantes mensajes pregrabados. En vez de ello, oigo una voz distorsionada y robótica.
—¡Aléjate de Andrew Winchester!
Inspiro bruscamente.
—¿Nina?
No he podido identificar si se trataba de una voz masculina o femenina, y menos aún si era la de Nina. Entonces suena un clic al otro lado de la línea. Se ha cortado la comunicación.
Trago saliva. Estoy harta de los jueguecitos de Nina. A partir de mañana, voy a adueñarme de esta casa. Llamaré a un cerrajero para que cambie las cerraduras de las puertas. Y esta noche la pasaré en el dormitorio principal. Se acabó esa gilipollez de dormir en la habitación de invitados. Ya no soy una invitada aquí.
Andrew dice que quiere que esto se convierta en algo permanente. Así que, desde este momento, esta casa es mía también.
Enfilo la escalera y subo los peldaños de dos en dos. Sigo ascendiendo hasta que llego a la sofocante habitación del desván: mi dormitorio. Desde esta misma noche, dejará de serlo. Voy a trasladar todas mis cosas al primer piso. Esta será la última vez que entre en este cuartucho con esa absurda cerradura por fuera.
Saco una bolsa del armario y comienzo a echar cosas dentro de cualquier manera, ya que solo voy a bajar un tramo de escalera con ella. Tendré que pedirle permiso a Andrew antes de vaciar un cajón del dormitorio principal, por supuesto, pero no puede esperar que siga viviendo aquí arriba. Sería inhumano. Esta habitación es una especie de cámara de tortura.
—Millie, ¿qué haces?
La voz que suena a mi espalda casi me provoca un ataque al corazón. Llevándome las manos al pecho, me vuelvo.
—Andrew. No te he oído entrar.
Desplaza la vista por mi equipaje.
—¿Qué haces?
Meto en la bolsa el manojo de sujetadores que tengo en la mano.
—Bueno, he pensado en mudarme al primer piso.
—Ah.
—¿Te…, te parece bien? —De pronto me siento cohibida. Tal vez me he precipitado al suponer que Andrew estaría conforme con mi decisión.
Da un paso hacia mí. Me muerdo el labio con fuerza hasta que empieza a dolerme.
—Claro que me parece bien. Yo mismo iba a proponértelo, pero no estaba seguro de si accederías.
Dejo caer los hombros.
—Por supuesto que quiero. Ha…, ha sido un día un poco duro para mí.
—¿A qué te has dedicado? He visto algunos libros míos sobre la mesa de centro. ¿Has estado leyendo?
Ojalá no hubiera hecho otra cosa hoy.
—La verdad es que no me apetece hablar de ello.
Se acerca otro paso, alarga el brazo y me desliza la yema de un dedo por la mandíbula.
—A lo mejor puedo ayudarte a que te olvides…
Me estremezco al notar su contacto.
—Seguro que sí…
Y, en efecto, puede.