La asistenta
Primera parte. Tres meses antes » Capítulo 37
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A pesar de lo increíblemente incómodo que es mi catre en comparación con el fabuloso colchón del cuarto de invitados, me quedo frita en él poco después de hacer el amor con Andrew, bien arropada entre sus brazos. Nunca imaginé que echaría un polvo en esta habitación, sobre todo por las estrictas condiciones que me impuso Nina para recibir invitados.
Desde luego, le salió un poco el tiro por la culata.
Me despierto de nuevo como a las tres de la madrugada. Lo primero que noto es una ligera pero incómoda sensación de presión en la vejiga. Tengo que ir al baño. Por lo general voy antes de acostarme, pero Andrew me dejó agotada y se me cerraron los ojos antes de que pudiera reunir las fuerzas necesarias.
Entonces noto algo más: una sensación de vacío. Andrew ya no está en el catre.
Sospecho que, en cuanto me dormí, decidió trasladarse a su propia cama. Y no es para menos. El catre resulta bastante incómodo para una persona, no digamos ya para dos, y el ambiente en el cuarto es demasiado claustrofóbico. Tal vez ha intentado sobrellevarlo lo mejor posible, pero, después de pasarse un rato dando vueltas, ha optado por emigrar al piso de abajo.
Me alegro mucho de que esta haya sido la última noche que he pasado aquí. Tal vez después de ir al lavabo, baje a ver a Andrew.
Me levanto, y las tablas del suelo crujen bajo mis pies. Camino hasta la puerta y giro el pomo. Como de costumbre, va muy duro, así que vuelvo a intentarlo con más decisión.
Sigue sin ceder.
El pánico me inunda el pecho. Apoyo mi peso contra la puerta, de modo que las astillas de las marcas de uñas en la madera se me clavan en el hombro, y mi mano derecha agarra el pomo con firmeza. Pruebo de nuevo a girarlo en el sentido de las agujas del reloj. No se mueve. Ni un milímetro. En ese momento comprendo lo que está ocurriendo.
La puerta no se ha atascado.
Está cerrada con llave.