La asistenta

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Segunda parte » Capítulo 38. Nina

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NINA

Si hace solo unos meses alguien me hubiera dicho que iba a pasar esta noche en una habitación de hotel mientras Andy se quedaba en mi casa con otra mujer —¡la criada!—, no lo habría creído.

Pero aquí estoy, vestida con un albornoz que he encontrado en el armario, tumbada en la cama queen size. El televisor está encendido, pero apenas le presto atención. He sacado el móvil y abro la aplicación que uso desde hace meses. Espero a que me indique la ubicación de Wilhelmina «Millie» Calloway.

Sin embargo, bajo su nombre aparecen las palabras «ubicación no encontrada». Lleva toda la tarde así.

Debe de haber descubierto que la rastreaba y desactivado la aplicación. Chica lista.

Pero no tanto como cree.

Cojo mi bolso de la mesilla de noche y hurgo en él hasta encontrar la única fotografía que tengo de Andy en papel. Hace unos años, le realizaron un retrato profesional para la web de la empresa y me regaló una copia. Contemplo sus ojos, de un castaño intenso, su perfecta cabellera de color caoba, la ligera hendidura en la barbilla. Andy es el hombre más guapo que he conocido en la vida real. Quedé medio colada por él desde el primer momento que lo vi.

A continuación, encuentro otro objeto en el interior de mi bolso y me lo guardo en el bolsillo del albornoz.

Me levanto de la cama queen size, y los pies se me hunden en la mullida moqueta. La habitación de hotel cuesta una fortuna que estoy pagando con la tarjeta de Andy, pero no pasa nada. No me quedaré mucho tiempo aquí.

Entro en el baño y sujeto en alto la fotografía del rostro sonriente de Andy. Acto seguido, extraigo lo que me había metido en el bolsillo.

Es un encendedor.

Oprimo el pulsador hasta que brota una llama amarilla. Acerco la trémula luz al borde de la fotografía hasta que se prende. Observo cómo el apuesto rostro de mi marido se pone marrón y se desintegra, llenando el lavabo de cenizas.

Entonces sonrío. Es mi primera sonrisa auténtica en casi ocho años.

No puedo creer que por fin me haya librado de ese capullo.

Cómo librarte de tu marido sádico y perverso: una guía escrita por Nina Winchester

Paso número uno: quédate preñada en un rollo de una noche de borrachera, deja los estudios y consigue un trabajo de mierda para pagar las facturas

Mi jefe, Andrew Winchester, parece salido de un sueño.

En sentido estricto, no es mi jefe, sino más bien el jefe del jefe de mi jefe. Tal vez haya más niveles en la escala jerárquica entre él (el director ejecutivo de esta empresa desde que se jubiló su padre) y yo (una recepcionista).

Así que, cuando estoy sentada a mi mesa, en la antesala del despacho de mi jefe de verdad, y lo admiro desde lejos, no me estoy prendando de un hombre real. Es más bien como si admirara a un actor famoso en el estreno de una película o incluso un cuadro en una galería de arte, sobre todo porque no tengo espacio en mi vida para citas, y mucho menos para echarme novio.

Pero es tan atractivo… No solo está forrado, sino que también es guapísimo. Me quejaría de lo injusta que es la vida si encima no fuera tan encantador.

Por ejemplo, antes de pasar a hablar con mi jefe, un tío llamado Stewart Lynch, que le saca por lo menos veinte años y muestra un claro resentimiento por recibir órdenes de alguien a quien él se refiere como «el chaval», Andrew Winchester se paró un momento frente a mi mesa, me sonrió y se dirigió a mí por mi nombre.

—Hola, Nina —dijo—. ¿Qué tal estás?

Obviamente, no sabe quién soy. Solo ha leído mi nombre en la placa de mi escritorio. Aun así, es un detalle que se tomara la molestia. Me ha gustado oír de su boca mi vulgar nombre de cuatro letras.

Andrew lleva media hora hablando con Stewart en su despacho. Mi jefe me ha dado instrucciones de que no me vaya mientras el señor Winchester esté ahí dentro, pues podría necesitar que le buscara algunos datos en el ordenador. No tengo idea de a qué se dedica Stewart, pues yo me encargo de todo su trabajo. Pero no pasa nada. Me parece genial, siempre y cuando me pague el sueldo y el seguro médico. Cecelia y yo necesitamos un lugar donde vivir, y, según el pediatra, hay que ponerle varias vacunas el mes que viene (¡contra enfermedades que ni siquiera tiene!).

Pero sí me molesta un poco que Stewart no me haya avisado de que iba a pedirme que me quedara. Se supone que ahora me tocaría una extracción. Tengo los pechos doloridos, henchidos de leche, y siento como si los corchetes de mi sujetador de lactancia cutre estuvieran a punto de estallar. Me esfuerzo por no pensar en Cece, porque estoy convencida de que, en cuanto lo haga, la leche me brotará a chorro de los pezones. Y eso es algo que no conviene que pase cuando una está sentada frente a su escritorio.

He dejado a Cece al cuidado de Elena, la vecina. También es madre soltera, así que nos alternamos en las labores de canguro. Mi horario es más regular que el suyo, y ella trabaja en el turno de noche en un bar, así que unas veces yo me ocupo de Teddy, y otras veces ella se ocupa de Cece. Y así vamos tirando. A duras penas.

Cuando estoy en la oficina, echo de menos a la niña. Pienso en ella a todas horas. Siempre había fantaseado con que, cuando tuviera un bebé, podría quedarme en casa durante los primeros meses, por lo menos. En vez de ello, me tomé mis dos semanas de vacaciones y luego tuve que volver al trabajo, aunque aún me dolía un poco cuando caminaba. Me habrían concedido una baja de doce semanas, pero no habría cobrado las otras diez. ¿Quién puede permitirse estar diez semanas sin cobrar? Yo no, desde luego.

A veces, Elena parece resentida con su hijo por haber tenido que renunciar a tantas cosas por él. Yo estaba cursando sin prisas un doctorado en filología inglesa y viviendo en un estado de semipobreza cuando el test de embarazo salió positivo. Al ver las dos rayas azules, comprendí que con mi estilo de vida de eterna estudiante de posgrado me sería imposible mantenerme a mí misma y al niño que estaba por nacer. Al día siguiente dejé el doctorado y comencé a patearme las calles en busca de un empleo que me permitiera pagar las facturas.

Este no es el trabajo de mis sueños ni mucho menos, pero el sueldo es decente, las prestaciones estupendas, y la jornada fija y no demasiado larga. Además, me aseguran que hay posibilidades de ascenso. A la larga.

Ahora mismo, solo tengo que aguantar los próximos veinte minutos sin que se me salga la leche.

Estoy a esto de irme corriendo al baño con la mochilita en la que guardo el extractor y los pequeños biberones cuando la voz crepitante de Stewart suena por el intercomunicador.

—Nina —me brama—, ¿podrías traerme los datos de Grady?

—¡Sí, señor, enseguida!

En mi ordenador, cargo los archivos que me ha pedido y le doy a imprimir. Los datos ocupan unas cincuenta páginas, así que me quedo sentada dando golpecitos en el suelo con los pies mientras contemplo cómo la impresora escupe una hoja tras otra. Una vez impresa la última página, cojo el fajo de papeles y me dirijo a toda prisa al despacho de Stewart.

Abro la puerta unos centímetros.

—Con permiso, señor Lynch.

—Adelante, Nina.

Dejo que la puerta se abra del todo. Enseguida me percato de que los dos clavan los ojos en mí, y no con una mirada de admiración como las que solía atraer en los bares antes de que me dejaran preñada y mi vida diera un vuelco. Me observan como si tuviera una araña gigante colgando del pelo y ni siquiera me hubiera enterado. Estoy a punto de preguntarles qué coño miran cuando bajo la vista y lo descubro.

Me he manchado. Se me ha escapado leche de las tetas, como a una vaca. Tengo un círculo enorme en torno a cada pezón, y unas gotitas se me escurren por la blusa. Me entran ganas de meterme gateando debajo de una mesa y morirme.

—¡Nina! —exclama Stewart—. ¡Haz el favor de limpiarte!

—Claro —digo de forma atropellada—. Lo…, lo siento mucho. Es que…

Dejo caer los papeles sobre el escritorio de Stewart y salgo del despacho lo más deprisa que puedo. Me pongo el abrigo para taparme la blusa, parpadeando para contener las lágrimas. No sé si estoy más afectada por el hecho de que el jefe del jefe de mi jefe me haya visto con la ropa manchada o por toda la leche que acabo de desperdiciar.

Llevo el extractor al baño, lo conecto y consigo aliviar la presión en los pechos. Aunque estoy muerta de vergüenza, descargar toda esa leche resulta de lo más placentero. Tal vez incluso más que el sexo. Aunque apenas me acuerdo de lo que se siente al echar un polvo, pues la última vez fue ese puñetero rollo de una noche que me llevó a encontrarme en esta situación para empezar. Lleno dos biberones enteros de ciento cincuenta mililitros y los meto en la mochila con una bolsa de hielo. Debo guardarla en la nevera hasta que llegue la hora de irme a casa. Por el momento, tengo que regresar a mi mesa y llevar el abrigo puesto toda la tarde, pues acabo de descubrir que, incluso una vez seca, la leche deja mancha.

Cuando entreabro la puerta del baño, me sobresalto al ver a alguien ahí de pie. Y no se trata de cualquiera, sino de Andrew Winchester, nada menos. El jefe del jefe de mi jefe. Tiene el puño alzado, en ademán de llamar a la puerta. Abre mucho los ojos cuando me ve.

—Eh…, hola —titubeo—. El aseo de caballeros, hum, está allí.

Me siento como una tonta al decir esto. O sea, la empresa es suya. Además, hay una silueta de una mujer con vestido en la puerta del baño. Evidentemente ya se ha dado cuenta de que es el lavabo de señoras.

—Lo cierto es que te buscaba a ti —declara.

—¿A mí?

Asiente con la cabeza.

—Quería ver si estabas bien.

—Sí, estoy bien. —Intento sonreír y disimular la vergüenza por lo de antes—. No es más que leche.

—Lo sé, pero… —Frunce el ceño—. Stewart se ha portado como un idiota contigo. Me ha parecido inaceptable.

—Ya, bueno… —Me siento tentada de enumerar todas las ocasiones en que Stewart se ha portado como un idiota conmigo, pero no es buena idea hablar mal de tu jefe—. No pasa nada. En fin, me iba a ir a comer, así que…

—Yo también. —Arquea una ceja—. ¿Comemos juntos?

Le digo que sí, por supuesto. Aunque no hubiera sido el jefe del jefe de mi jefe, le habría dicho que sí. Para empezar, es guapísimo. Me encantan su sonrisa, las pequeñas arrugas que se le forman en las comisuras de los ojos y el hoyuelo que asoma en su barbilla. Pero no me está proponiendo una cita romántica ni nada por el estilo. Solo le sabe mal lo que ha pasado antes, en el despacho de Stewart. Seguramente alguien de recursos humanos le ha recomendado que me invite para arreglar un poco las cosas.

Sigo a Andrew Winchester hasta la planta baja, al vestíbulo del edificio que le pertenece. Supongo que me llevará a uno de los numerosos restaurantes de postín que hay en la zona, así que me quedo de una pieza cuando me guía hasta el puesto de perritos calientes de enfrente y se pone a la cola.

—Los mejores perritos de la ciudad. —Me guiña un ojo—. ¿Qué te gusta ponerles?

—Pues… ¿mostaza, supongo?

Cuando llegamos al frente de la fila, pide dos perritos calientes con mostaza y dos botellines de agua. Tras entregarme uno de cada, se dirige hacia una casa de piedra rojiza que está en la misma manzana. Se sienta en los escalones de la entrada y yo me acomodo a su lado. Casi resulta cómico ver a ese hombre tan apuesto sentado en la calle con su traje caro y un perrito bañado en mostaza.

—Gracias por el perrito, señor Winchester —digo.

—Andy —me corrige.

—Andy —repito. Le doy un mordisco al perrito. Está bastante bueno, pero… ¿el mejor de la ciudad? No estaría tan segura. A ver, no es más que pan con carne de origen desconocido.

—¿Cuántos meses tiene tu bebé? —pregunta.

Me pongo colorada de gusto como siempre que alguien me pregunta por mi hija.

—Cinco.

—¿Cómo se llama?

—Cecelia.

—Es bonito. —Sonríe—. Como la canción.

Con esto gana bastantes puntos, pues justamente le puse ese nombre por el tema de Simon y Garfunkel, aunque escrito de otra manera. Era la canción favorita de mis padres. Era su canción antes de que ese accidente de avión me los arrebatara. Y rendirles ese homenaje me ayudó a volver a sentirme unida a ellos.

Pasamos veinte minutos sentados en el escalón, comiéndonos los perritos y charlando. Me sorprende lo campechano que es Andy Winchester. Me encanta el modo en que me sonríe y que me pregunte cosas sobre mí, como si le interesara de verdad. Tiene don de gentes. No sé qué le han pedido los de recursos humanos que haga conmigo, pero lo ha bordado. Se me ha pasado del todo el disgusto por el incidente en el despacho de Stewart.

—Más vale que regrese —le digo cuando mi reloj marca la una y media—. Stewart me matará si alargo demasiado la pausa para el almuerzo.

Me abstengo de mencionar que Stewart trabaja para él.

Se pone de pie y se sacude las manos para quitarse las migas.

—Tengo la sensación de que no te esperabas que te llevara a comer perritos.

—Ha estado bien. —Y lo digo con sinceridad. Lo he pasado genial comiendo perritos con Andy.

—Deja que te compense. —Me mira a los ojos—. Te invito a cenar esta noche.

Me quedo boquiabierta. Andrew Winchester podría salir con cualquier mujer que quisiera. Con cualquiera. ¿Por qué quiere llevarme a cenar a mí?

Pero tengo tantas ganas que casi me resulta doloroso rechazar su invitación.

—No puedo. No tengo a nadie que se quede con la niña.

—Mi madre vendrá a la ciudad mañana por la tarde —dice—. Adora a los bebés. Estará encantada de cuidar de Cecelia.

Tengo la boca abierta de par en par. No solo me ha invitado a cenar, sino que, cuando le he planteado un obstáculo, ha ofrecido una solución. Una solución en la que pretende involucrar a su propia madre. No cabe duda que está deseando ir a cenar conmigo.

¿Cómo voy a negarme?

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