La asistenta

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Segunda parte » Capítulo 39

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Paso número dos: comete la ingenuidad de casarte con un hombre sádico y perverso

Andy y yo llevamos tres meses casados, y a veces tengo que pellizcarme.

Nuestro noviazgo fue breve. Antes de conocer a Andy, todos los hombres con los que salía solo querían jugar conmigo. Pero Andy no estaba para jueguecitos. Desde la noche de aquella mágica primera cita, me dejó claras sus intenciones. Estaba buscando una relación seria. Había estado prometido con una mujer llamada Kathleen un año antes, pero la cosa no había funcionado. Estaba dispuesto a casarse, a hacerse cargo de mí y también de Cecelia.

Y, desde mi punto de vista, él reunía todo lo que yo buscaba. Quería un hogar seguro para mi hija y para mí. Quería un marido con un trabajo estable, que pudiera asumir el papel de figura paterna para mi niña. Quería un hombre atento, responsable y…, bueno, sí, atractivo. Andy cumplía todos los requisitos.

Durante los días previos a la boda, no paraba de intentar encontrarle algún defecto. Era imposible que existiera alguien tan perfecto como Andy Winchester. Seguro que tenía un problema secreto con el juego, o tal vez una familia oculta en Utah. Incluso consideré la posibilidad de llamar a Kathleen, su exprometida. Él me había mostrado fotos de ella —era rubia, como yo, y con un rostro muy dulce—, pero, como no sabía su apellido, no conseguí localizarla en las redes sociales. Por lo menos no estaba poniéndolo a parir por todo internet. Lo tomé como una buena señal.

Lo único que no me parece ideal de Andy es…, bueno, su madre. Evelyn Winchester pasa un poco más de tiempo con nosotros del que a mí me gustaría. Y no la describiría como la persona más cariñosa del mundo. Pese a que Andy asegura que «adora a los bebés» y está «encantada» de cuidar a Cece, siempre parece incomodarse cuando le pedimos que se quede con ella. Y el día termina invariablemente con una serie de críticas sobre mi papel como madre, mal disfrazadas de «sugerencias».

Pero voy a casarme con Andy, no con su madre. A nadie le cae bien su suegra, ¿no? Puedo soportar a Evelyn, sobre todo porque no muestra interés en mí más allá de mis deficientes aptitudes maternales. Si el único fallo de Andy es su madre, la cosa pinta bastante bien.

Así que me casé con él.

Y, aunque ya han pasado tres meses, sigo montada en una nube. Aún me parece increíble contar con la suficiente estabilidad económica para quedarme en casa con mi niña. Tengo la intención de retomar los estudios de posgrado algún día, pero ahora mismo quiero disfrutar al máximo de mi familia. De Cece y Andy. ¿Cómo puede una mujer ser tan afortunada?

A cambio, intento ser la esposa perfecta. En el poco tiempo libre de que dispongo, voy al gimnasio para mantenerme en plena forma. He llenado el armario de ropa blanca poco práctica porque le encanta verme vestida de blanco. He estudiado recetas que he encontrado en internet y le cocino siempre que puedo. Quiero hacerme digna de la increíble vida que me ha regalado.

Esta noche beso a Cecelia en la tersa mejilla y me recreo unos segundos más contemplándola y aspirando el aroma a talco para bebés. Le coloco un mechón rubio y suave detrás de una de sus orejas casi traslúcidas. La quiero tanto que a veces me entran ganas de comérmela entera.

Cuando salgo de su cuarto, me encuentro a Andy esperándome fuera. Me sonríe, con su cabello oscuro impecable, sin un pelo fuera de lugar, tan apuesto como el día que lo conocí. Sigo sin entender por qué me eligió a mí. Podría tener a cualquier mujer del mundo. ¿Por qué yo?

Pero tal vez no debería darle tantas vueltas, sino simplemente centrarme en mi felicidad.

—Hey —dice, colocándome un mechón rubio tras la oreja, como he hecho antes con Cecelia—. Veo que se te empiezan a notar las raíces.

—Ah. —Cohibida, me llevo la mano al nacimiento del pelo. Como a Andy le vuelve loco el cabello rubio, empecé a ir al salón de belleza después de que nos prometiéramos para aclararme el pelo y darle un tono más dorado—. Vaya, supongo que he estado tan liada con Cece que se me ha pasado.

No sé cómo interpretar su expresión. Aunque continúa sonriendo, hay algo en su sonrisa que parece fuera de lugar. No estará molesto porque me he saltado una cita con la estilista, ¿verdad?

—Oye —continúa—, antes necesito que me eches una mano con algo.

Levanto una ceja, aliviada de que no parezca demasiado disgustado por lo de mi cabello.

—Faltaría más. ¿Con qué?

Alza la vista hacia el techo.

—Tengo unos papeles del trabajo guardados en alguna parte del trastero de arriba. Me preguntaba si podrías ayudarme a buscarlos. Debo tener listo un contrato esta noche. Después de eso, podríamos… —Me sonríe de oreja a oreja—. Ya sabes.

No me espero a que me lo diga dos veces.

Llevo ya unos cuatro meses viviendo en esta casa, y nunca he estado en el trastero del desván. Subí las escaleras una vez, mientras Cece se echaba una siesta, pero la puerta estaba cerrada con llave, así que volví a bajar. Según Andy, solo se trata de un montón de papeles. Nada muy emocionante.

A decir verdad, no me apasiona la idea de ir ahí arriba. No padezco algún tipo absurdo de fobia a los desvanes, pero la escalera que conduce hasta ese lugar da un poco de mal rollo. Está oscura, y los peldaños chirrían con cada paso. Subo detrás de Andy, intentando mantenerme lo más cerca posible de él.

Cuando llegamos arriba, Andy me guía por el pequeño pasillo que desemboca en la puerta cerrada. Saca su juego de llaves e introduce una de las pequeñas en la cerradura. A continuación, abre la puerta de un empujón y tira de un cordón para encender la luz.

Parpadeo hasta que los ojos se adaptan a ella y entonces paseo la vista alrededor. El trastero no es como lo había imaginado. Parece más bien un dormitorio reducido, con un catre arrumbado en un rincón. Incluso hay una cómoda pequeña y una mininevera. Al fondo del cuarto hay un ventanuco diminuto.

—Ah. —Me rasco la barbilla—. Es una habitación. Me esperaba un espacio de almacenamiento lleno de cachivaches.

—Bueno, lo guardo todo en ese mueble de ahí —explica, señalando el armario situado cerca de la cama.

Me acerco y echo un vistazo dentro. No hay nada salvo un cubo de plástico azul. No veo documentos por ninguna parte, y mucho menos un montón de ellos que requiera que dos personas rebusquen en él. No entiendo muy bien qué pretende Andy que haga.

De pronto, oigo un portazo.

Alzo la cabeza y me vuelvo. Me percato de que estoy sola en la minúscula habitación. Andy ha salido y cerrado la puerta tras de sí.

—¿Andy? —lo llamo.

Cruzo la habitación con dos zancadas y llevo la mano al pomo. No gira. Lo intento con más fuerza, apoyando todo mi peso sobre él, pero no hay suerte. El pomo no se mueve.

La puerta está cerrada con llave.

—¿Andy? —llamo de nuevo. No obtengo respuesta—. ¡Andy!

¿Qué demonios pasa aquí?

A lo mejor ha bajado las escaleras para ir a por algo y la corriente ha cerrado la puerta. Pero eso no explica por qué no hay papeles en este cuarto, pese a que eso es lo que ha dicho que veníamos a buscar.

Aporreo la madera con el puño.

—¡Andy!

Sigo sin recibir respuesta.

Aplico la oreja a la puerta. Percibo unas pisadas, pero no se acercan. Por el contrario, se alejan escaleras abajo hasta apagarse.

Seguro que no me oye. Es la única explicación posible. Me palpo los bolsillos, pero he dejado mi móvil en el dormitorio. Imposible llamarlo.

Mierda.

Mis ojos se posan en la única y exigua ventana que está en un rincón de la habitación. Me dirijo hacia ella y, al mirar al exterior, descubro que da al jardín trasero. O sea que no hay manera de captar la atención de nadie de fuera. Me quedaré aquí atrapada hasta que regrese Andy.

No soy especialmente claustrofóbica, pero este cuarto es muy pequeño, y el techo está inclinado hacia la cama. Además, la idea de estar encerrada aquí empieza a ponerme los nervios de punta. Sí, Andy volverá pronto, pero no me gusta este espacio cerrado. Se me acelera la respiración y noto un hormigueo en la yema de los dedos.

Tengo que abrir esa ventana.

La empujo por la parte de abajo, pero no cede ni un milímetro. Por un momento, me da la impresión de que va a abrirse hacia fuera, pero eso no ocurre. ¿Qué narices le pasa a esta puñetera ventana? Respiro hondo, intentando tranquilizarme. Examino la ventana más de cerca.

Está pegada por la pintura.

Cuando reaparezca Andy, me va a oír. Me considero una persona de buen carácter, pero no me gusta un pelo haberme quedado confinada en este cuarto. Algo tenemos que hacer con esa cerradura para asegurarnos de que no vuelva a cerrarse de manera automática. Porque ¿qué habría pasado si hubiéramos estado dentro los dos? Nos habríamos visto en un buen aprieto.

Vuelvo a golpear la puerta con insistencia.

—¡Andy! —grito a pleno pulmón—. ¡Andy!

Al cabo de quince minutos, me he quedado afónica de tanto chillar. ¿Por qué no ha regresado? Aunque no me oiga, tiene que haberse dado cuenta de que sigo en el desván. ¿Qué se imaginará que estoy haciendo aquí sola? Ni siquiera sé qué documentos quiere.

¿Y si al bajar ha tropezado, ha rodado por las escaleras y ahora yace abajo del todo, en un charco de sangre? Es la única explicación lógica que se me ocurre.

Media hora después, estoy a punto de perder la cabeza. Me duele la garganta y tengo los puños enrojecidos de aporrear la puerta. Quiero estallar en lágrimas. ¿Dónde se habrá metido Andy? ¿Qué sucede aquí?

Justo cuando pienso que voy a enloquecer, oigo una voz al otro lado de la puerta.

—¿Nina?

—¡Andy! —exclamo—. ¡Menos mal! ¡Me he quedado encerrada aquí! ¿No me has oído gritar?

Se produce un largo silencio tras la puerta.

—Sí, te he oído.

No sé ni qué responder a esto. Si me ha oído, ¿por qué no me ha dejado salir? Pero eso es lo de menos ahora mismo. Solo quiero largarme de esta habitación.

—¿Me abres la puerta, por favor?

Otro silencio prolongado.

—No. Todavía no.

¡¿Qué?!

—No lo entiendo —barboteo—. ¿Por qué no puedes abrirme? ¿Has perdido la llave?

—No.

—¡Entonces sácame de aquí!

—Te he dicho que todavía no.

Me estremezco al oír el tono cortante de las dos últimas palabras. No lo entiendo. ¿Qué está pasando? ¿Por qué no me deja salir del desván?

Fijo la vista en la puerta que nos separa. Hago otro intento de girar el pomo, con la esperanza de que se trate de una broma. Sigue sin ceder.

—Andy, necesito que me abras la puerta.

—No me digas lo que tengo que hacer en mi propia casa. —Habla con una entonación tan extraña que apenas reconozco su voz—. Debes aprender la lección antes de salir.

Un escalofrío vertiginoso me baja por la espalda. Durante nuestro noviazgo, Andy me parecía perfecto. Era tierno, romántico, guapo, rico y afectuoso con Cecelia. Yo había estado buscando su único defecto garrafal.

Lo he encontrado.

—Andy —le ruego—, por favor, déjame salir de aquí. No sé por qué estás enfadado, pero podemos solucionarlo. Abre la puerta para que hablemos.

—Va a ser que no —responde con voz serena e imperturbable; justo lo contrario de como me siento en este momento—. La única manera de aprender es ver las consecuencias de tus actos.

Respiro hondo.

—Andy, vas a dejarme salir de esta puta habitación ahora mismo.

Le pego fuertes patadas a la puerta, pero como voy descalza los impactos no son muy contundentes. Al final solo consigo hacerme daño en los dedos. Espero a oír el chasquido del pestillo al descorrerse, pero eso no sucede.

—Hostia santa, Andy —gruño—. Abre la puerta. Abre. La. Puerta.

—Estás alterada —observa—. Ya regresaré cuando te hayas calmado.

Sus pisadas suenan cada vez más lejanas. Se está yendo.

—¡Andy! —bramo—. ¡No te atrevas a largarte! ¡Vuelve! ¡Vuelve y abre la puta puerta! ¡Andy, como no me saques de aquí, te dejo! ¡Que me abras! —Golpeo la puerta con los puños—. ¡Estoy calmada! ¡Déjame salir!

Sin embargo, el sonido de los pasos se atenúa hasta extinguirse.

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