La asistenta
Segunda parte » Capítulo 40
Página 44 de 72
40
Paso número tres: descubre que tu marido es la maldad pura
Es medianoche. Han pasado tres horas.
He aporreado y arañado la puerta hasta clavarme astillas bajo las uñas. He gritado hasta desgañitarme. He pensado que, aunque él no quisiera sacarme de aquí, tal vez los vecinos me oirían. Pero al cabo de una hora, he perdido la esperanza.
Estoy sentada en el catre, en un rincón de la habitación. Con los muelles del colchón clavándoseme en las nalgas, por fin dejo que las lágrimas se me deslicen por las mejillas. No sé qué planes tiene para mí, pero no pienso más que en Cecelia, dormidita en su cuna. Sola con ese psicópata. ¿Qué piensa hacer conmigo? ¿Y con ella?
Si consigo salir de aquí, cogeré a la niña y me alejaré lo más deprisa posible de ese hombre. Me da igual cuánto dinero tenga. Me da igual que estemos casados ante la ley. No quiero saber nada de él.
—¿Nina?
Es la voz de Andy. Me levanto de la cama de un salto y me acerco a la puerta.
—Andy —jadeo con la poca voz que me queda.
—Estás afónica —comenta.
No sé qué responder a eso.
—No te molestes en gritar —prosigue—. Debajo del desván, todo está insonorizado. Nadie te va a oír. Podría celebrar una cena con invitados ahí abajo, y ninguno de ellos se enteraría de tus gritos.
—Por favor, sácame de aquí —gimo.
Estoy dispuesta a hacer lo que haga falta. Accederé a todo lo que me pida si me deja salir. Por supuesto, una vez que la puerta esté abierta, lo dejaré. Me da igual que el acuerdo prematrimonial estipule que, si pido el divorcio antes de finalizar el primer año de matrimonio, no recibiré un centavo. Aceptaré cualquier cosa con tal de largarme de aquí.
—No te preocupes, Nina —dice—. Te dejaré salir. Te lo prometo.
Exhalo, aliviada.
—Pero todavía no —añade—. Tienes que tomar conciencia de las consecuencias de lo que has hecho.
—¿De qué hablas? ¿Las consecuencias de qué?
—Tu pelo. —Su voz destila repugnancia—. No puedo permitir que mi mujer vaya por ahí hecha un adefesio, con las raíces oscuras a la vista.
Las raíces. Me parece demencial que esté tan molesto por eso. No son más que unos milímetros de cabello.
—Lo siento mucho. Te prometo que pediré hora en la peluquería de inmediato.
—No basta con eso.
Apoyo la frente contra la madera.
—Iré mañana a primera hora. Te lo juro.
Oigo un bostezo al otro lado de la puerta.
—Me voy a dormir. Ten paciencia, que ya seguiremos hablando mañana de tu castigo.
Sus pisadas se alejan. Aunque me duelen las manos de golpear la puerta, vuelvo a las andadas. Estampo el puño contra la madera con tanta fuerza que me sorprende no romperme todos los huesos de la mano.
—¡Andy, ni se te ocurra dejarme aquí toda la noche! ¡Vuelve aquí! ¡Vuelve!
Pero pasa de mí, como antes.
Duermo en el cuartucho. Pues claro. ¿Qué remedio me queda?
Creía que no pegaría ojo, pero de algún modo conseguí conciliar el sueño. Entre los aullidos y los puñetazos a la puerta, la adrenalina cedió el paso al agotamiento y caí redonda en el viejo e incómodo catre. No es mucho peor que la cama en la que dormía en el apartamento diminuto en que vivíamos Cecelia y yo, pero me he acostumbrado al colchón viscoelástico de Andy.
Me viene a la memoria la época en que estaba sola con Cece. Me pasaba el día agobiada, al borde del llanto. No tenía idea de lo buena que era mi vida antes de casarme con un psicópata capaz de encerrarme durante una noche entera solo por haberme saltado una cita con la estilista.
Cece. Espero que esté bien. Como ese cabrón se atreva a tocarle un pelo, juro que lo mato. Me da igual si me encierran de por vida en la cárcel.
Amanezco con dolor de espalda. Siento como si mi cabeza estuviera a punto de estallar. Lo peor es que tengo la vejiga llena. Tanto que me duele. Ahora mismo, es mi problema más acuciante.
Pero ¿qué puedo hacer? El baño está fuera de la habitación.
Por otro lado, si espero mucho más, me orinaré encima.
Me levanto y echo a andar de un lado a otro por el cuarto. Pruebo a girar el pomo una vez más, con la esperanza de que lo sucedido anoche sea solo fruto de mi imaginación y la puerta se abra como por arte de magia. No hay suerte. Sigue cerrada con llave.
Recuerdo que, cuando eché un vistazo dentro del armario, solo había un objeto. Un cubo.
Andy lo preparó todo. Me engañó para que subiera aquí. Instaló una cerradura en la parte exterior de la puerta. Y si dejó ese cubo ahí fue por algo.
No hay vuelta de hoja. Voy a tener que hacerlo.
Supongo que hay cosas peores que orinar en un cubo. Tras sacarlo del armario, hago lo que tengo que hacer. Luego vuelvo a guardarlo. Con un poco de suerte, no me veré obligada a volver a utilizarlo.
Noto la boca seca y me rugen las tripas, aunque comer algo me provocaría arcadas. Me pregunto si, del mismo modo que pensó en poner un cubo ahí, habrá tenido el detalle de dejarme más cosas en otras partes de la habitación. Abro de un tirón la puerta de la mininevera, esperando encontrar algo parecido a un festín en el interior.
No hay más que tres botellines de agua.
Tres preciosos botellines de agua.
Por poco me desmayo de alivio. Cojo una botella, desenrosco el tapón y la despacho casi de un solo trago. Aún siento sequedad en la garganta, pero un poco menos.
Me quedo mirando los otros dos botellines. Me encantaría beberme otro, pero me da miedo. ¿Cuánto tiempo piensa Andy mantenerme aquí encerrada? No tengo la menor idea. Más vale que racione mis provisiones.
—¿Nina? ¿Estás despierta?
Es la voz de Andy, desde el otro lado de la puerta. Me tambaleo hacia ella, y la cabeza me retumba con cada paso.
—Andy…
—Buenos días, Nina.
Cierro los ojos, presa de un mareo.
—¿Cecelia está bien?
—Sí, perfectamente. Le he dicho a mi madre que has ido a visitar a unos familiares, así que ella cuidará de Cecelia hasta que regreses.
Suelto un suspiro. Por lo menos mi hija está a salvo. Evelyn Winchester no es mi persona favorita en el mundo, pero es una niñera concienzuda.
—Andy, por favor, déjame salir.
Hace caso omiso de mi súplica, cosa que a estas alturas no me sorprende.
—¿Has encontrado el agua en la nevera?
—Sí. —Y, aunque me repatea decirlo, agrego—: Gracias.
—Procura que te dure. No puedo darte más.
—Entonces déjame salir —repito con voz ronca.
—Lo haré —asegura—, pero antes tienes que hacer algo por mí.
—¿Qué? Haré lo que sea.
Guarda silencio un momento.
—Tienes que entender que el cabello es un privilegio.
—Vale, lo entiendo.
—¿De veras, Nina? Pues yo creo que, si lo entendieras, no te pasearías por ahí con esas pintas, exhibiendo esas raíces oscuras.
—Lo…, lo siento mucho.
—Como no has sido capaz de cuidar de tu pelo, ahora me lo vas a dar.
Unas náuseas terribles me atenazan la boca del estómago.
—¿Qué?
—No todo. —Suelta una risita, porque eso sería absurdo, desde luego—. Quiero cien cabellos.
—¿Quieres…, quieres que te dé cien cabellos míos?
—Exacto. —Golpetea la puerta—. Si me entregas cien cabellos, te dejaré salir de la habitación.
Es la petición más estrambótica que he oído nunca. ¿Quiere que le dé cien cabellos míos como castigo por dejarme las raíces oscuras? Podría sacarlos de entre los que se han quedado enredados en mi cepillo. ¿Sufrirá una especie de fetichismo capilar? ¿De eso va todo esto?
—Si le echas una ojeada a mi cepillo…
—No —me interrumpe—. Quiero que te los arranques de la cabeza. Quiero ver la raíz.
Me quedo pasmada.
—¿Lo dices en serio?
—¿Te parece que estoy de broma? —espeta. Enseguida suaviza el tono—. En la cómoda encontrarás unos sobres. Quiero que metas los cabellos en uno y me lo pases por debajo de la puerta. Si lo haces, sabré que has aprendido la lección y te dejaré salir.
—Está bien —accedo. Me paso la mano por la rubia cabellera y se me quedan dos pelos pegados a los dedos—. Dentro de cinco minutos lo tendrás.
—Ahora debo irme a trabajar, Nina —replica él, irritado—, pero, cuando regrese a casa, quiero que tengas esos cabellos listos para mí.
—¡Pero si puedo hacerlo en un momento! —Me tiro de nuevo del pelo, y se me desprende otro cabello.
—Estaré de vuelta a las siete —dice—. Y no olvides que quiero cabellos intactos. ¡Si no se ve la raíz, no cuenta!
—¡No, por favor! —Me agarro de los pelos con más violencia. Aunque me lloran los ojos, solo consigo arrancar unos pocos—. ¡Te los doy enseguida! ¡Espera un poco!
Pero no piensa esperar. Se marcha. El sonido de sus pasos se aleja hasta apagarse, como antes.
He aprendido por las malas que, por más que chille o aporree la puerta, no conseguiré que vuelva. Es inútil que malgaste mis energías y empeore mi ya de por sí atroz dolor de cabeza. Más vale que me concentre en conseguirle lo que quiere. Entonces podré regresar al lado de mi hija. Y huir de esta casa para siempre.