La asistenta
Segunda parte » Capítulo 41
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Logro completar la tarea antes de las siete de la tarde.
He obtenido unos veinte cabellos pasándome los dedos varias veces por el pelo. Después, sabía que tendría que arrancarme de raíz los que faltaban, uno a uno. Procedí a coger un cabello, respirar hondo y tirar de él, y así hasta ochenta veces. Intenté desarraigar mechones enteros, pero eso dolía una barbaridad. Por fortuna, tengo el cabello sano, así que casi todos salían con el folículo intacto. Después de alumbrar a Cecelia, habría tenido que quedarme calva a tirones para reunir suficientes pelos con la raíz entera.
Así que, cuando dan las siete, estoy sentada en el catre, sujetando un sobre que contiene cien cabellos míos. Me muero de ganas de entregárselo y largarme de aquí. Y presentarle los papeles de divorcio a ese capullo enfermo.
—¿Nina?
Consulto mi reloj. Las siete en punto. El tío es puntual, eso hay que reconocérselo.
Me levanto de la cama como un resorte y apoyo la cabeza contra la puerta.
—Lo tengo —anuncio.
—Pásalo por debajo.
Deslizo el sobre por la rendija de debajo de la puerta. Imagino a Andrew al otro lado, rasgando el sobre y examinando mis folículos. A estas alturas me da igual lo que haga, siempre y cuando me saque de aquí. He hecho lo que me ha pedido.
—¿Te vale? —pregunto. Me arde la garganta de tan seca que la tengo. A lo largo del día me he terminado los dos botellines de agua que me quedaban, tras reservar el último para la hora final. Cuando salga de aquí, me beberé cinco vasos de agua seguidos. Y haré pis en un retrete de verdad.
—Dame un minuto —dice—. Lo estoy comprobando.
Aprieto los dientes, intentando no prestar atención a los gruñidos rabiosos de mi estómago. Ya hace veinticuatro horas que no pruebo bocado y estoy mareada de hambre. Ha llegado un momento en que los pelos empezaban a parecerme apetitosos.
—¿Dónde está Cece? —pregunto con voz ahogada.
—Abajo, en su parque —responde. Creamos una zona acotada en el salón donde pudiéramos dejarla jugar sin temor a que se hiciera daño. Fue idea de Andy. Es tan atento…
No, no lo es. Esa faceta suya no era más que una ilusión. Una farsa.
Es un monstruo.
—Hummm —dice Andy.
—¿Qué pasa? —pregunto con un hilillo de voz.
—A ver —contesta—. Casi todos los cabellos están bien, pero hay uno sin folículo.
Qué hijo de puta.
—Vale. Te daré otro.
—Me temo que no será posible. —Suspira—. Tendrás que volver a empezar. Pasaré a visitarte mañana por la mañana. Espero que entonces tengas cien cabellos intactos para mí. De lo contrario, tendremos que seguir intentándolo.
—No… —Sus pisadas se pierden pasillo abajo, y de pronto cobro conciencia de que me está abandonando de verdad, sin comida ni agua—. ¡Andy! —Apenas consigo alzar mi cascada voz por encima de un susurro—. ¡No me hagas esto! ¡Por favor, no lo hagas!
Pero se ha ido.
Tengo listos los cien cabellos adicionales antes de la hora de dormir, por si acaso se presenta de nuevo, pero no. Incluso añado diez cabellos de propina. Por alguna razón, ahora se me desprenden con mayor facilidad. Casi no siento nada cuando un pelo se separa de mi cuero cabelludo.
Solo puedo pensar en beber. En comer y beber, pero sobre todo en beber. Y en mi Cecelia, claro. No sé si volveré a verla jamás. No tengo claro cuánto tiempo puede pasar una persona sin agua, pero seguro que no es mucho. Andy me ha jurado que me sacaría de aquí, pero ¿y si mentía? ¿Y si planea dejarme morir aquí?
Y todo por haberme saltado una visita a la peluquería.
Cuando por la noche se me cierran los ojos, sueño con una charca. Bajo la cabeza hacia ella, pero el agua se aleja. Cada vez que intento beber, el líquido huye de mí. Es como una de esas torturas del infierno.
—¿Nina?
La voz de Andy me despierta. No estoy segura de si me he quedado dormida o me he desmayado. Pero llevo esperándolo toda la noche, así que tengo que levantarme y darle lo que quiere. De lo contrario, jamás saldré de aquí.
«¡Arriba, Nina!».
En cuanto me incorporo en el catre, la cabeza empieza a darme vueltas sin control. Durante un segundo, lo veo todo negro. Agarrada al borde del delgado colchón, aguardo a que se me aclare la vista. Tarda un minuto largo.
—Me temo que no puedo dejarte salir a menos que me entregues esos cabellos —declara Andy desde el otro lado de la puerta.
El sonido de su espantosa voz provoca una descarga de adrenalina que me impulsa a ponerme de pie. Con los dedos temblorosos, cojo el sobre y me acerco a la puerta dando traspiés. Lo paso por debajo antes de dejarme caer contra la pared y resbalar hasta el suelo.
Espero mientras él cuenta. Me parece que le lleva una eternidad. Si decide que no he cumplido sus exigencias, no sé qué voy a hacer. No aguantaré doce horas más aquí. Será el fin. Moriré en este cuarto.
No, tengo que resistir como sea. Por Cece. No puedo dejarla en manos de este monstruo.
—Vale —dice al fin—. Buen trabajo.
Algo gira en la cerradura, y la puerta se abre.
Andy ya lleva puesto su traje y está listo para irse a trabajar. Me había imaginado que, en el momento en que viera a ese hombre después de pasar dos noches atrapada en esta habitación, me abalanzaría sobre él y le sacaría los ojos con las uñas. Pero, en vez de eso, me quedo en el suelo, pues estoy demasiado débil para moverme. Cuando Andy se acuclilla junto a mí, advierto que tiene en las manos un vaso grande de agua y un bagel.
—Toma —dice—. Te he traído esto.
Debería tirarle el agua a la cara. Ganas no me faltan. Pero no creo que pueda salir de aquí sin antes comer y beber algo. Así que acepto su ofrenda, despacho el agua de un trago y engullo trozos del bagel hasta que no queda ni una migaja.
—Siento haber tenido que tomar esa medida —comenta—, pero es la única manera de que aprendas.
—Vete a la mierda —siseo.
Intento ponerme de pie, pero vuelvo a tambalearme. Incluso después de hidratarme, sigo mareada. No puedo andar en línea recta. Dudo que pueda bajar hasta el primer piso.
Así que, aunque me odio a mí misma por ello, me dejo ayudar por Andy. Tengo que apoyar buena parte de mi peso en él mientras descendemos por la escalera. Cuando llego a la primera planta, oigo a Cecelia cantar más abajo. Está sana y salva. No le ha hecho daño. Gracias a Dios.
No pienso darle otra oportunidad.
—Tienes que acostarte —dice Andy con severidad—. No te encuentras bien.
—No —gimo. Quiero estar con Cecelia. Mis brazos ansían estrecharla.
—Ahora mismo estás demasiado débil —replica él, como si me estuviera recuperando de una gripe y no de un encierro de dos días en un cuartucho. Me habla como si aquí la loca fuera yo—. Vamos.
A pesar de todo, tiene razón respecto a que necesito echarme un rato. Me tiemblan las piernas con cada paso y mi cabeza no deja de dar vueltas. Por tanto, dejo que me lleve hasta nuestra cama extragrande y me arrope. Si tenía alguna posibilidad de escapar de aquí, esta se esfuma en cuanto me tiendo en la cama. Es como dormir en una nube después de caer desmayada en ese catre dos noches seguidas.
Los párpados me pesan como si fueran de plomo; no puedo luchar contra el sueño que se ha apoderado de mí. Andy se sienta a mi lado, al borde de la cama, y me pasa los dedos por el cabello.
—Has estado malita —dice—. Necesitas dormir todo el día. No te preocupes por Cecelia. Me aseguraré de que esté bien cuidada.
Habla en un tono tan suave y cariñoso que empiezo a preguntarme si no me lo habré imaginado todo. Al fin y al cabo, ha sido un muy buen marido. ¿De verdad sería capaz de encerrarme en una habitación y obligarme a arrancarme el pelo? No me parece algo propio de él. ¿No será que me ha dado fiebre y todo esto no ha sido más que una horrible alucinación?
No. No ha sido una alucinación. Ha ocurrido de verdad. Estoy segura.
—Te odio —musito.
Sin hacer caso de mi comentario, Andy continúa acariciándome el cabello hasta que se me cierran los ojos.
—Duerme un poco —susurra con dulzura—. Es lo único que te hace falta.