La asistenta

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Segunda parte » Capítulo 42

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Paso número cuatro: que todo el mundo crea que estás loca

Me despierta el sonido de agua que corre a lo lejos.

Aún me siento grogui y perdida. ¿Cuánto tarda el organismo en restablecerse tras pasar dos días privado de comida y agua? Echo un vistazo a mi reloj. Es por la tarde.

Frotándome los ojos, intento identificar la procedencia del gorgoteo. Me parece que viene del baño de la habitación principal, que está cerrado. ¿Se está duchando Andy ahí dentro? En caso afirmativo, no dispongo de mucho tiempo para salir por piernas de aquí.

Mi teléfono está en la mesilla, junto a la cama. Me apresuro a cogerlo, tentada de llamar a la policía para denunciar a Andy. Pero no: esperaré a estar muy lejos de él.

Sin embargo, veo que he recibido un montón de mensajes de texto de Andy. Debe de haberme despertado el sonido de notificación cuando me han llegado. Con el ceño fruncido, los leo uno tras otro.

¿Te encuentras bien?

Tu comportamiento esta mañana me ha parecido muy extraño. Por favor, llámame para que sepa que estás bien.

Nina, ¿va todo bien? Estoy a punto de entrar en una reunión, pero dime algo.

¿Cómo estáis Cece y tú? Por favor, llámame o escríbeme.

El último mensaje es el que capta mi atención. Cecelia. Hace dos días que no la veo. Hasta entonces, no había pasado un solo día sin ella. Ni siquiera quise separarme de ella para irme de luna de miel. ¿Dónde está ahora?

Después de todo, Andy no me habría dejado sola con ella estando yo dormida, ¿no?

Alzo la vista hacia la puerta cerrada. ¿Quién está dentro del baño del dormitorio principal? Había dado por sentado que se trataba de Andy, pero no es posible. Ha estado mandándome mensajes desde la oficina. ¿Habré dejado yo el agua corriendo sin querer? A lo mejor me he levantado para ir al baño y me he olvidado de cerrar el grifo. No es una posibilidad descabellada, teniendo en cuenta lo aturdida que estoy.

Me destapo las piernas. Tengo las manos pálidas y trémulas. Intento levantarme, pero me cuesta. Aunque he bebido agua y he descansado, todavía me encuentro fatal. Tengo que agarrarme a la cama para caminar. No sé si conseguiré llegar hasta el baño.

Respiro hondo y, aguantando el mareo, avanzo lo más lentamente posible. Recorro unas dos terceras partes del camino antes de caer de rodillas. Dios mío, ¿qué me pasa?

Pero necesito saber qué es ese ruido. ¿Por qué hay agua fluyendo en el baño? Ahora que estoy más cerca, veo que la luz está encendida al otro lado de la puerta. ¿Quién está dentro? ¿Quién se ha metido en mi baño?

Me arrastro hasta ahí. Cuando por fin llego a la puerta, levanto el brazo para accionar la manija y empujo para abrir. Y al entrar veo algo que no olvidaré mientras viva.

Es Cece. Está en la bañera, con los ojos cerrados, recostada contra la parte de atrás. La bañera se está llenando con rapidez, y el agua le llega ya a los hombros. Dentro de un par de minutos, le cubrirá la cabeza.

—Cecelia —jadeo.

No dice una palabra. No llora ni me llama. Pero le tiemblan ligeramente los párpados.

Tengo que salvarla. Tengo que cerrar el grifo y sacarla a rastras de la bañera. Pero los pies no me responden, y todos mis movimientos son lentos y torpes, como si estuviera sumergida en melaza. A pesar de todo, la salvaré. Salvaré a mi hija, aunque tenga que poner en ello las pocas fuerzas que me quedan. Aunque me cueste la vida.

Avanzo a gatas por el suelo del baño. La cabeza me da vueltas de forma tan vertiginosa que no sé si seré capaz de mantenerme consciente. Pero no puedo perder el conocimiento. Mi bebé me necesita.

«Ya voy, Cece. Por favor, resiste. Por favor».

Cuando mis dedos rozan la porcelana de la bañera, por poco rompo a llorar de alivio. El agua casi le llega ya a la barbilla. Alargo el brazo hacia la llave del grifo, pero una voz áspera me hace pararme en seco.

—No se mueva, señora Winchester.

Llevo la mano hacia el grifo de todas maneras. Nadie va a impedir que salve a mi niña. Consigo cerrar el agua, pero, antes de que pueda hacer nada más, unos dedos fuertes me asen del brazo y me obligan a ponerme de pie. Entre brumas, veo que un hombre uniformado saca a Cecelia de la bañera.

—¿Qué hacen? —intento preguntar, pero me cuesta articular las palabras.

El hombre que ha rescatado a Cecelia hace caso omiso de mi pregunta.

—Está viva —anuncia otra voz—, pero al parecer le han administrado alguna droga.

—Sí —consigo murmurar—. Droga.

Ellos lo saben. Saben lo que Andy ha estado haciéndonos. Y ahora nos ha drogado a las dos. Menos mal que ha venido la policía. Ahora un sanitario acuesta a Cecelia en una camilla, mientras a mí me colocan en otra. Saldremos de esta. Han venido a socorrernos.

Un hombre vestido como un policía me enfoca los ojos con una linterna. Desvío la vista, crispando el rostro por la intensidad de aquella luz.

—Señora Winchester —dice con sequedad—, ¿por qué intentaba usted ahogar a su hija?

Abro la boca, pero no emito sonido alguno. ¿Ahogar a mi hija? Pero ¿de qué habla? Estaba intentando salvarla. ¿Es que no se dan cuenta?

Pero el agente se limita a sacudir la cabeza. Se vuelve hacia uno de sus colegas.

—Está demasiado ida. Por lo visto se ha puesto hasta arriba de narcóticos también. Llevadla al hospital. Llamaré al marido para comunicarle que hemos llegado a tiempo.

¿Que han llegado a tiempo? Pero ¿qué dice? Llevo durmiendo todo el día. Por Dios santo, ¿qué es lo que creen que he hecho?

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