La asistenta

La asistenta


Segunda parte » Capítulo 43

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Los siguientes ocho meses de mi vida los paso en el hospital psiquiátrico de Clearview.

La historia que me han contado una y otra vez es que me tomé un puñado de tranquilizantes que me recetó el médico y que también eché unos cuantos en el biberón de mi hija. Luego la metí en la bañera y abrí el grifo. Al parecer, mi intención era matarnos a las dos. Por fortuna, mi maravilloso marido Andy sospechaba que algo no iba bien, y la policía acudió a tiempo para evitar la tragedia.

No recuerdo nada de eso. No recuerdo haberme tomado pastillas. No recuerdo haber metido a Cecelia en la bañera. Ni siquiera recuerdo que me hayan prescrito ese fármaco, pero el médico de familia que nos atiende a Andy y a mí asegura que sí.

Según el psiquiatra que trata mi caso en Clearview, padezco una depresión mayor y trastorno delirante. Este último es el responsable de que creyera que mi esposo me mantuvo dos días encerrada en un cuarto. La depresión fue lo que me impulsó a intentar suicidarme.

Al principio, no me lo creía. Los recuerdos que guardo de mi reclusión en el desván son tan vívidos que casi siento el escozor en el cuero cabelludo por los pelos que me arranqué. Sin embargo, el doctor Barringer me ha explicado en repetidas ocasiones que, cuando sufrimos delirios, nos parecen muy reales, pese a no serlo.

Así que ahora tomo dos pastillas distintas para que esto no vuelva a suceder jamás: un antipsicótico y un antidepresivo. Durante mis sesiones con el doctor Barringer, acepto la responsabilidad de mis actos, a pesar de que no me acuerdo de nada de eso. Solo recuerdo que me desperté y descubrí que Cecelia estaba en la bañera.

Pero debe de ser verdad que soy la responsable. No había nadie más en casa.

Lo que me acabó de convencer de mi culpabilidad es que Andy nunca me habría hecho una cosa así. Desde el día que lo conocí, se ha portado siempre de maravilla conmigo. Y, desde que me internaron en Clearview, me visita cada vez que encuentra un hueco. El personal lo adora. Trae muffins y galletas para las enfermeras. Y siempre guarda una para mí.

Hoy me ha traído un muffin de arándanos. Llama a la puerta de mi habitación individual en Clearview, un servicio para personas que además de problemas psiquiátricos tienen mucho dinero. Ha venido directo del trabajo, por lo que lleva traje y corbata y está tan guapo que casi duele mirarlo.

Durante mis primeros días en este lugar, me tuvieron encerrada en la habitación. No obstante, he mejorado tanto con la medicación que me han concedido el privilegio de entrar y salir cuando quiera. Andy se sienta en la otra punta de la cama mientras yo me llevo el muffin a la boca. Los antipsicóticos me han avivado el apetito, así que he engordado diez kilos desde que estoy aquí.

—¿Estás lista para volver a casa la semana que viene? —me pregunta.

Muevo la cabeza afirmativamente, limpiándome las migas y trocitos de arándanos de los labios.

—Creo…, creo que sí.

Hace ademán de tomarme de la mano y, aunque me estremezco, consigo reprimir el impulso de apartarla. Al principio, no soportaba que me tocara, pero he logrado superar la repugnancia que me producía. Andy no me hizo nada. Fue mi cerebro, que está hecho una mierda, el que se lo imaginó todo.

Aunque la sensación era tan real…

—¿Cómo está Cecelia? —pregunto.

—Está genial. —Me da un apretón en la mano—. Está muy ilusionada por tu regreso.

Yo temía que ella se olvidara de mí durante mi ausencia, pero no ha sido así. Aunque durante mis primeros meses en el hospital no me permitían verla, cuando Andy por fin me la trajo las dos nos abrazamos, y, cuando el horario de visita terminó, prorrumpió en unos berridos desconsolados que me partieron el alma.

Tengo que volver a casa. Tengo que recuperar la vida que llevaba. Andy se lo ha tomado con una entereza admirable. El pobre no se imaginaba dónde se estaba metiendo al casarse conmigo.

—Bueno, pasaré a recogerte el domingo a mediodía —dice—. Luego te llevaré a casa. Mi madre se quedará con Cece.

—Estupendo —contesto.

Aunque estoy muy emocionada porque voy a salir de aquí y ver a mi hija, la idea de regresar a esa casa me provoca una sensación nauseabunda en la boca del estómago. No estoy deseando pisar de nuevo ese lugar. Y menos aún el desván.

Jamás volveré a subir allí.

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