La asistenta
Segunda parte » Capítulo 44
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De qué tienes miedo, Nina?
Alzo la vista al oír la pregunta del doctor Hewitt. Llevo cuatro meses asistiendo a estas sesiones, dos veces por semana, desde que recibí el alta en Clearview. El doctor Hewitt no habría sido mi primera opción. Para empezar, seguramente habría elegido a una psicóloga mujer y más joven, que al menos no tuviera todo el cabello cano. Sin embargo, la madre de Andy nos recomendó encarecidamente al doctor John Hewitt y no me atreví a negarme, considerando el dineral que le ha costado a Andy mi tratamiento psiquiátrico.
De todos modos, el doctor Hewitt ha resultado ser muy competente. Es verdad que me presiona para que responda a preguntas difíciles. Ahora mismo, por ejemplo, ha sacado a colación el hecho de que no me he acercado al desván desde que regresé a casa.
Me revuelvo en su sofá de piel. Los muebles caros de la consulta atestiguan el éxito de mi psicólogo.
—No sé de qué tengo miedo. Ese es el problema.
—¿De verdad crees que hay un calabozo en el desván?
—Un calabozo no, pero…
Tras mi declaración sobre lo que me había ocurrido en nuestra casa, la policía envió a un agente para que echara un vistazo al desván. Examinó la habitación y confirmó que no era más que un trastero, abarrotado de cajas y papeles.
Todo fue fruto de una alucinación. Algo falló en la química de mi cerebro y me imaginé que Andy me tenía prisionera. Mira que creer que me había obligado a arrancarme cabellos y meterlos en un sobre porque me había saltado una cita con la estilista… Parece una auténtica locura, en retrospectiva.
Pero en su momento se me antojaba muy real. Y he sido muy escrupulosa respecto al tinte de mi cabello desde que he vuelto a casa. Por si acaso.
Andy ha mantenido cerrada la puerta de las escaleras que suben al desván. Que yo sepa, no la ha abierto desde mi regreso.
—Creo que tendría un efecto terapéutico que subieras allí —me dice el doctor Hewitt, juntando sus pobladas y blancas cejas—. De ese modo, el lugar ya no ejercerá poder alguno sobre ti. Comprobarás en persona que no es más que un trastero.
—Tal vez…
Andy también ha estado animándome a subir. «Míralo por ti misma. No hay nada que temer».
—Prométeme que lo intentarás, Nina —dice.
—Lo intentaré.
Quizá. Ya veremos.
El doctor Hewitt me acompaña hasta la sala de espera, en una de cuyas sillas de madera está sentado Andy, leyendo algo en el móvil. Cuando me ve, se le dibuja una sonrisa en el rostro. Ha reorganizado su agenda para poder traerme a todas y cada una de estas sesiones. No sé cómo es posible que aún me quiera tanto después de las acusaciones tan terribles que lancé contra él. Pero estamos trabajando juntos para cerrar las heridas.
No me pregunta sobre la sesión hasta que estamos dentro de su BMW.
—¿Qué tal ha ido?
—Cree que debería subir a la habitación del desván.
—¿Y?
Trago saliva mientras contemplo el paisaje que desfila tras la ventanilla.
—Me lo estoy planteando.
Andy asiente con la cabeza.
—Me parece una buena idea. En cuanto entres ahí, te darás cuenta de que todo aquello no fue más que un producto de tu imaginación. Será como una revelación, ¿sabes?
O a lo mejor sufro otra crisis nerviosa e intento matar a Cecelia de nuevo. Cosa que no resultaría nada fácil, por otra parte, dado que en la actualidad no se me permite quedarme a solas con ella. En todo momento están presentes Andy o su madre. Fue una de las condiciones que impusieron para dejarme volver a casa. No sé durante cuánto tiempo necesitaré una carabina para estar con mi hija, pero ahora mismo queda claro que nadie se fía de mí.
Cece está en el suelo, jugando con uno de los juguetes educativos que le ha comprado Evelyn. Cuando nos ve entrar, interrumpe su juego y se abalanza hacia mí hasta que su cuerpecito entra en contacto con mi pierna izquierda. Por poco me tira al suelo. Aunque me han prohibido estar con ella sin compañía de un tercero, me rompe el corazón ver lo mimosa que está conmigo desde mi vuelta.
—¡Mamá, upa! —Levanta los brazos hacia mí hasta que la levanto a pulso. Lleva un vestido blanco de volantes un poco ridículo para una niña tan pequeña que simplemente está jugando en el salón. Se lo habrá puesto Evelyn—. Mamá casa.
Mi suegra no se pone de pie con la misma agilidad que Cece. Se levanta del sofá despacio, pasándose las manos por los inmaculados pantalones blancos como para limpiarlos. No me había percatado de la frecuencia con que viste de blanco, el color que Andy siempre ha preferido para mí. Pero a ella le sienta bien. Su cabello, que da la impresión de haber sido rubio alguna vez y ahora tira más a blanco, parece sorprendentemente sano y abundante para una mujer de su edad. Por lo general, Evelyn está muy bien conservada y presenta siempre un aspecto impoluto. Jamás he visto una sola hilacha en uno de sus jerséis.
—Gracias por cuidar de Cece, madre —dice Andy.
—No faltaba más —responde Evelyn—. Hoy se ha portado muy bien, pero… —Alza los ojos al techo—. He visto que habéis dejado la luz encendida en la habitación. Es un despilfarro de electricidad.
Le dirige una mirada de reproche a Andy, que se pone rojo como un tomate. He notado lo desesperado que está por ganarse la aprobación de su madre.
—Ha sido culpa mía —intervengo. No estoy segura de si ha sido así, pero qué más da: Evelyn ya me tiene manía de todos modos—. Yo me he dejado la luz encendida.
Evelyn se vuelve hacia mí.
—Nina, se consumen muchos recursos del planeta en generar electricidad. No olvides apagar todas las luces cuando salgas de una habitación.
—No tengas dudas de que así lo haré —le prometo.
Evelyn me mira como si no se lo acabara de creer, pero ¿qué va a hacer? Ya fracasó en su intento de evitar que su hijo se casara conmigo. Claro que, en vista de la atrocidad que cometí, tal vez estaba en lo cierto respecto a mí.
—Hemos parado a comprar comida para llevar, mamá —dice Andy—. Hay de sobra. ¿Nos acompañas?
Evelyn niega con la cabeza, lo que me llena de alivio. No es una comensal agradable. Si se queda a cenar con nosotros, no faltarán las críticas a nuestro comedor, a la limpieza de nuestros platos y cubiertos, y a la comida en sí.
—No, será mejor que me vaya —dice—. Tu padre me espera. —Se detiene frente a Andy, vacilante. Por un momento, casi tengo la impresión de que va a besarlo en la mejilla, cosa que nunca le he visto hacer antes. En vez de ello, alarga la mano, le arregla el cuello y le alisa la camisa. Tras examinarlo con la cabeza ladeada, asiente satisfecha—. Muy bien. Me despido.
Una vez que se ha marchado, pasamos un rato agradable cenando juntos, los tres solos. Cecelia, sentada en su trona, come noodles con los dedos. En algún momento, un noodle se le adhiere a la frente por alguna razón y se queda ahí pegado durante el resto de la cena. Sin embargo, aunque intento disfrutar el momento, noto cierto malestar en la base del estómago. No dejo de pensar en lo que ha dicho el doctor Hewitt. Opina que debería subir al desván. Andy también.
Tal vez los dos tengan razón.
Así que, después de acostar a Cecelia, cuando Andy saca el tema, le digo que sí.