La asistenta
Segunda parte » Capítulo 45
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Paso número cinco: descubre que no estás loca, después de todo
—Iremos despacio —me promete Andy cuando nos detenemos juntos frente a la puerta de la escalera que conduce al desván—. Pero te hará bien comprobar por ti misma que no hay nada que temer. Que todo estaba en tu cabeza.
—Ya —consigo murmurar. Sé que tiene razón, pero la sensación era tan real…
Andy me toma de la mano. Ya no me da repelús que me toque. Hemos vuelto a hacer el amor. Ha recuperado mi confianza. Este será el último paso , y entonces podremos volver al punto en el que estábamos antes de que yo realizara ese acto tan espantoso. Antes de que se me trastornara el cerebro.
—¿Lista? —dice. Muevo la cabeza afirmativamente.
Ascendemos por la escalera cogidos de la mano. Deberíamos instalar una lámpara aquí en alguna parte. El resto de la casa es precioso… Tal vez si esta zona fuera menos tétrica, me daría menos mal rollo. Aunque eso no justifica en absoluto lo que hice.
Antes de lo que yo hubiera querido, llegamos a la habitación del desván, el trastero que mi cabeza había convertido en un calabozo. Andy me mira arqueando las cejas.
—¿Estás bien?
—Creo…, creo que sí.
Gira el pomo y abre la puerta con un empujoncito. La luz está apagada, y la habitación está oscura como boca de lobo. Lo que me extraña, porque tiene una ventana y sé que esta noche hay luna llena; la he admirado desde la ventana del dormitorio. Doy un paso al interior, escudriñando las sombras con los ojos entornados.
—Andy. —Trago para deshacer el nudo que se me ha formado en la garganta—. ¿Podrías encender la luz?
—Por supuesto, cariño.
Tira del cordón y el cuarto se ilumina, pero no con una claridad normal. La luz que procede de arriba resulta casi cegadora. Es el resplandor más vivo que he visto jamás. Suelto la mano de Andy para protegerme los ojos.
Y entonces oigo el portazo.
—¡Andy! —grito—. ¡Andy!
La vista se me adapta lo suficiente a esta luminosidad extrema para distinguir los objetos que hay en la habitación si entorno los párpados. Y… todo está tal como lo recuerdo. El sórdido catre en un rincón. El armario con el cubo. La mininevera que contenía tres minúsculos botellines de agua.
—¿Andy? —grazno.
—Estoy aquí fuera, Nina. —Su voz me llega amortiguada.
—¿Dónde? —Busco a tientas en torno a mí, con los ojos entrecerrados—. ¿Adónde te has ido?
Mis dedos entran en contacto con el frío metal. Tuerzo la muñeca hacia la derecha y…
No. No. No puede ser.
¿Estoy sufriendo otra crisis nerviosa? ¿Lo estaré imaginando todo? No puede ser. Parece muy real.
—Nina. —Percibo de nuevo la voz de Andy—. ¿Me oyes?
Me pongo la mano en la frente, a modo de visera.
—Hay demasiada luz aquí dentro. ¿Por qué hay tanta luz?
—Apaga la luz.
Voy palpando las cosas hasta que encuentro el cordón de la lámpara y le doy un buen tirón. Me siento aliviada cuando las tinieblas me envuelven de nuevo. La sensación dura un par de segundos, lo que tardo en descubrir que es como si estuviera totalmente ciega.
—Se te acostumbrarán un poco los ojos —dice—, pero no te servirá de mucho. La semana pasada entablé la ventana e instalé bombillas nuevas. Si apagas la luz, el mundo se sumirá en una oscuridad absoluta. Si las enciendes…, bueno, esas bombillas ultrabrillantes deslumbran bastante, ¿no?
Al cerrar los párpados, no veo más que negrura. Al abrirlos, también. No hay diferencia alguna. Se me acelera la respiración.
—La luz es un privilegio, Nina —continúa—. Mi madre se ha fijado antes en que te has dejado una luz encendida. ¿Sabes que hay países donde la gente ni siquiera tiene electricidad? Y tú vas y la malgastas.
Apoyo la palma de las manos contra la puerta.
—Esto está pasando de verdad, ¿no?
—¿Tú qué crees?
—Creo que eres un loco enfermo hijo de puta.
Andy suelta una carcajada al otro lado de la puerta.
—Tal vez. Pero tú eres la que pasó una temporada en el manicomio por intentar suicidarte y matar a tu hija. La policía te pilló in fraganti. Tú misma reconociste haberlo hecho. Y cuando subieron aquí a echar una ojeada, el cuarto tenía toda la pinta de un trastero.
—Todo era real —jadeo—. Era real desde el principio. Tú…
—Quería que comprendieras cuál es tu situación —dice en tono risueño. Está disfrutando con esto—. Que vieras lo que te pasaría si intentabas huir.
—Lo he entendido. —Me aclaro la garganta—. Te juro que no me iré. Pero déjame salir.
—Aún no. Primero debo escarmentarte por desperdiciar electricidad.
Estas palabras me provocan una angustiosa sensación de déjà vu. Me entran ganas de vomitar. Me agacho hasta acabar de rodillas.
—Esto es lo que hay, Nina —dice—. Como soy muy buena persona, te ofrezco dos opciones. Puedes elegir entre la luz de esas bombillas o la oscuridad. La decisión está en tus manos.
—Andy, por favor…
—Buenas noches, Nina. Mañana seguimos hablando.
—¡Por favor, Andy, no me hagas esto!
Los ojos se me inundan de lágrimas mientras sus pisadas se alejan. Gritar no servirá de nada. Lo sé, porque hace un año sucedió exactamente lo mismo. Él me encerró aquí tal como ha hecho ahora.
Y, por alguna razón, he caído de nuevo en la trampa.
Me imagino que las cosas se desarrollarán como la otra vez. Que saldré de esta habitación débil y aturdida. Que él lo amañará todo de forma que parezca que intentaba hacerme daño a mí misma o, lo que es peor, a Cecelia. Todos se tragarán su versión sin pensarlo dos veces, como la última vez. Me imagino que volverán a arrancarme del lado de mi hija, justo cuando acabo de recuperarla. No puedo permitir que eso ocurra. De ninguna de las maneras.
Haré lo que sea.
Andy ha vuelto a dejarme tres botellines de agua en la nevera. Decido reservarlos para el día siguiente, pues no cuento con más y no tengo idea de cuánto tiempo estaré aquí dentro. Me los guardaré para cuando no sea capaz de soportar ni un minuto más, cuando tenga la garganta como una lija.
La cuestión de la luz me está desquiciando. Hay dos bombillas desnudas colgando del techo, ambas ultrabrillantes. Si enciendo el interruptor, un fulgor dolorosamente intenso inundará el cuarto. Pero, si lo mantengo apagado, reina una oscuridad absoluta. Se me ocurre la idea de empujar la cómoda hasta colocarla debajo de las bombillas. Luego me encaramo al mueble y desenrosco una de ellas. La iluminación resulta un poco más soportable con solo una bombilla, pero su intensidad aún me obliga a entornar los ojos.
Andy no regresa en toda la mañana. Me paso el día sentada en la habitación, preocupada por Cecelia, preguntándome qué diablos voy a hacer cuando salga, si es que salgo algún día. Pero esto no es un delirio, ni una alucinación. Me está pasando de verdad.
Tengo que recordarlo.
A la hora de dormir, por fin oigo unos pasos que se aproximan. He estado tumbada en la cama, habiendo optado por la negrura. De día, se colaban unos minúsculos rayos de sol que casi me permitían vislumbrar la silueta de los muebles. Sin embargo, ahora que el sol se ha puesto, vuelve a estar como boca de lobo.
—¿Nina?
Abro la boca, pero tengo la garganta demasiado seca para hablar. Me veo obligada a carraspear.
—Aquí estoy.
—Voy a dejarte salir.
Aguardo a que añada «aunque todavía no», pero no lo hace.
—Antes, sin embargo —dice—, vamos a establecer una serie de normas básicas.
—Lo que tú digas.
«Pero, por lo que más quieras, sácame de aquí».
—Para empezar, no debes contarle a nadie lo que ha sucedido en esta habitación —me indica con firmeza—. No se lo dirás a tus amigas, a tu médico, a nadie. Porque nadie te creerá, y, si lo comentas, lo interpretarán como un síntoma de que vuelves a sufrir delirios y la pobre Cecelia podría correr peligro.
Me quedo contemplando las tinieblas. Aunque sabía que diría eso, oírlo me llena de rabia. ¿Cómo puede esperar que no le hable a nadie de lo que acaba de hacerme?
—¿Lo has entendido, Nina?
—Sí —consigo responder.
—Bien. —Casi puedo ver su sonrisilla de satisfacción—. En segundo lugar, si de vez en cuando resulta necesario imponerte un castigo, este se te administrará en esta habitación.
¿Está de broma?
—Ni hablar. Olvídalo.
—No estás en condiciones de negociar, Nina. —Suelta un resoplido—. Solo te estoy explicando cómo serán las cosas. Ahora eres mi esposa, y debes estar a la altura de expectativas muy concretas. En realidad, es por tu bien. Te he enseñado una valiosa lección sobre el despilfarro de electricidad, ¿no?
Pugno por respirar en la oscuridad. Siento que me ahogo.
—Hago esto por ti, Nina —continúa—. Piensa en las pésimas decisiones que tomaste en la vida antes de que apareciera yo. Tenías un trabajo sin futuro por el que cobrabas el salario mínimo. Te dejó preñada algún pobre diablo que ni siquiera se quedó a tu lado. Yo solo intento enseñarte a ser mejor persona.
—Ojalá no te hubiera conocido nunca —espeto.
—No es un comentario muy agradable. —Se ríe—. Supongo que no debería echártelo en cara. Pero me impresiona que hayas conseguido desenroscar una de esas bombillas. Ni siquiera me había planteado esa posibilidad.
—¿Me has…? ¿Cómo lo has…?
—Te vigilo, Nina. Te vigilo en todo momento. —Oigo su respiración al otro lado de la puerta—. Así va a ser nuestra vida de ahora en adelante. Seremos un matrimonio feliz, como todos los demás. Y tú serás la mejor esposa de todo el barrio. Me aseguraré de ello.
Me aprieto los globos oculares con los dedos para intentar acabar con el dolor de cabeza que me martillea las sienes.
—¿Lo has entendido, Nina?
Me arden los ojos, pero no puedo llorar. Estoy demasiado deshidratada; no brotan las lágrimas.
—¿¡Lo has entendido, Nina!?