La asistenta

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Segunda parte » Capítulo 46

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Paso número seis: aprende a vivir con ello

Abro unos centímetros la ventanilla del Audi de Suzanne, de modo que el viento me alborota la clara cabellera mientras ella me lleva a casa desde el restaurante donde hemos almorzado juntas. Se suponía que íbamos a tratar temas relacionados con la AMPA, pero nos hemos distraído y entregado al cotilleo. Como para no cotillear. Hay demasiadas amas de casa aburridas en esta ciudad.

La gente cree que soy una de ellas.

Andy y yo llevamos siete años casados ya. Y él ha cumplido todas y cada una de sus promesas. En muchos sentidos, ha sido un marido estupendo. Me ha brindado sustento económico, ha representado una figura paterna para Cecelia, tiene un carácter tranquilo y agradable. A diferencia de muchos hombres de por aquí, no bebe más de la cuenta ni tontea con otras a mis espaldas. Es casi perfecto.

Y lo odio a muerte.

He hecho todo lo posible por salir de esta relación. He negociado con él. Le propuse que me dejara marcharme solo con Cecelia y con lo puesto, pero, por toda respuesta, él se rio. Dado mi historial de problemas psiquiátricos, le resultaría fácil convencer a la policía de que he secuestrado a Cece para hacerle daño otra vez. He intentado interpretar el papel de esposa perfecta con el fin de no darle excusas para encerrarme en el desván. Le he preparado cenas caseras deliciosas, he mantenido la casa impecable e incluso he fingido que no me repugna cuando nos acostamos. Pero él siempre encuentra algo, algún detalle que yo nunca habría imaginado que había hecho mal.

Al final, me di por vencida. ¿Para qué esforzarme en ser buena si eso ni siquiera influía en la frecuencia con la que él me llevaba ahí arriba? Mi nueva estrategia consistió en repelerlo. Empecé a portarme como una arpía, a echarle la bronca por cualquier cosilla que me irritara. Esto no le afectó; casi parecía disfrutar con mis insultos. Dejé de ir al gimnasio y comencé a comer lo que me daba la gana, pensando que, si no conseguía causarle repugnancia con mi actitud, tal vez lo lograría con mi aspecto. En una ocasión, me pilló saboreando una porción de tarta de chocolate y, como castigo, me subió a rastras al desván y me privó de comida durante dos días. Sin embargo, después de eso, ya no parecía importarle.

Intenté localizar a Kathleen, su exprometida, con la esperanza de que respaldara mi versión de los hechos para que pudiera acudir por fin a la policía sin que me tomaran por loca. Como tenía cierta idea de su aspecto y edad aproximada, creía que podría encontrarla. Pero ¿sabes cuántas personas de entre treinta y treinta y cinco años se llaman Kathleen? Un montón. Me fue imposible dar con ella. Renuncié a seguir intentándolo.

En promedio, él me encierra en el desván una vez cada dos meses. En cierta ocasión estuve seis meses seguidos sin subir ahí. No sé si es mejor o peor no saber cuándo va a ocurrir. Sería terrible conocer el día exacto y aguardarlo llena de pavor, pero también es terrible la incertidumbre respecto a si pasaré la noche en mi cama o en el incómodo catre. Además, claro está, nunca sé qué tormento me espera en ese cuarto porque nunca sé qué falta he cometido.

Y no se trata solo de mí. Si Cecelia hace algo inaceptable, soy yo quien recibe el castigo. Él ha comprado un armario entero de vestiditos de volantes que ella detesta porque le pican, pero sabe que, si no se los pone o los ensucia, su madre desaparecerá durante días (en los que él seguramente me obligará a desnudarme, para que aprenda que la ropa es un privilegio), así que prefiere obedecer.

Temo que algún día le dé por castigarla a ella, pero, mientras tanto, acepto mi suerte de buen grado si con eso le ahorro sufrimientos a mi hija.

Andy me ha dejado muy claro que, como intente alejarme de él, Cecelia pagará las consecuencias. Estuvo a punto de ahogarla. Su otro método favorito para mortificarme consiste en mantener un tarro de mantequilla de cacahuete en la despensa, pese a que sabe que ella es alérgica. Aunque lo he tirado a la basura decenas de veces, siempre reaparece, y a veces recibo un escarmiento por la transgresión. Por fortuna, no es una alergia que ponga en riesgo su vida; solo ocasiona que le salgan ronchas por todo el cuerpo. De tanto en tanto, él le echa un poco en la comida solo para darme alguna lección cuando, un rato después, aparece el sarpullido con su molesto picor.

Si supiera que no voy a ir a la cárcel, empuñaría un cuchillo carnicero y se lo clavaría en el cuello.

Sin embargo, Andy se ha prevenido contra esa eventualidad. Sabe que mi tentación de pagarle a alguien para que lo mate o de asesinarlo con mis propias manos puede volverse incontenible. Me ha comunicado que, en caso de fallecer él, sea cual sea la causa, su abogado enviará una carta a la policía informándole de mi conducta inestable y las amenazas homicidas que he lanzado contra él. Tampoco es que le haga mucha falta, dado mi historial psiquiátrico.

Así que me quedo con él. Y no lo liquido mientras duerme. Ni contrato a un asesino a sueldo. Pero eso no me impide fantasear. Cuando Cecelia sea mayor y ya no me necesite, tal vez consiga largarme. Entonces él ya no podrá seguir amenazándome. Una vez que ella esté a salvo, me da igual lo que me pase a mí.

—¡Bueno, ya estamos aquí! —anuncia Suzanne en tono jovial cuando nos detenemos frente a la verja de nuestra casa. Tiene gracia recordar que, la primera vez que me encontré ante estas puertas, pensé en lo bonito que sería vivir en un hogar rodeado por una verja. Ahora lo veo como lo que es: una cárcel.

—Gracias por traerme —digo, aunque ella no me ha agradecido que le pagara el almuerzo.

—De nada —gorjea—. Esperemos que Andrew no tarde en volver a casa.

Tuerzo el gesto al percibir el deje de preocupación en su voz. Un día, hace unos años, cuando Suzanne y yo empezábamos a estar muy unidas, tomamos algunas copas de más en su casa y se lo confesé todo. Absolutamente todo. Le supliqué que me ayudara. Le dije que quería acudir a la policía, pero no podía sin alguien que me apoyara.

Conversamos durante horas. Suzanne me tomó de la mano y me juró que todo saldría bien. Rompí a llorar de alivio, pues creía que mi pesadilla por fin tocaba a su fin.

Pero, cuando llegué a casa, Andy estaba esperándome.

Al parecer, cada vez que yo entablaba una nueva amistad, Andy contactaba con esa persona, se sentaba a hablar con ella y la ponía en antecedentes sobre mis problemas mentales. Le contaba lo que yo había intentado hacer unos años antes y le pedía que, si veía algún motivo de preocupación, lo llamara de inmediato.

Sin yo saberlo, Suzanne se había escabullido un momento durante nuestra conversación con el pretexto de que tenía que ir al baño y había telefoneado a Andy. Le advirtió que yo había recaído en el delirio. Por eso, cuando llegué a casa, él estaba ahí para recibirme. Eso me valió otra estancia de dos meses en Clearview, donde descubrí que por lo menos uno de los directores jugaba al golf con el padre de Andrew.

Cuando salí, Suzanne se deshizo en disculpas. «Estaba muy preocupada por ti, Nina. Me alegro de que hayas recibido ayuda». La perdoné, por supuesto. Había sido víctima de un engaño, como yo. Pero nuestra relación ya nunca fue la misma. Y ya no pude volver a confiar en nadie.

—Entonces nos vemos el viernes, ¿no? —pregunta Suzanne—. En la obra del cole.

—Claro —contesto—. ¿A qué hora me has dicho que empieza?

Suzanne no me responde, distraída de pronto por algo que ha visto.

—¿Empieza a las siete? —insisto.

—Ajá —responde.

Miro por encima de su hombro para averiguar qué ha captado su atención. Cuando lo descubro, pongo los ojos en blanco. Es Enzo, el paisajista local que contratamos hace un par de meses para que se ocupara de nuestro jardín. Es bueno en su trabajo —siempre suda la camiseta sin poner excusas—, y he de reconocer que no está nada mal. Pero me parece una locura que siempre que alguien nos visita se le caiga la baba al verlo trabajar y de repente se acuerde de que necesita que le arreglen el jardín.

—Guau —jadea Suzanne—. Me habían dicho que tu jardinero estaba bueno, pero madre mía…

Pongo cara de exasperación.

—Solo cuida de nuestro jardín. Nada más. Ni siquiera habla inglés.

—Eso no supone un problema para mí —asegura Suzanne—. Maldita sea, a lo mejor hasta sería una ventaja.

No me deja tranquila hasta que le facilito el número de teléfono de Enzo. En el fondo, no me molesta. Parece un tipo bastante majo, y me alegro de conseguirle más trabajo, aunque solo sea por su físico y no por sus dotes de paisajista.

Cuando me apeo del coche y atravieso la verja, Enzo levanta la vista de su podadera y me saluda con un gesto de la mano.

Ciao, signora.

Le devuelvo la sonrisa.

Ciao, Enzo.

Me cae bien. Aunque no nos entendemos, parece buena persona. Se le nota. Planta flores preciosas por todo el jardín. Cece a veces lo observa y, cuando le hace preguntas sobre las flores, él las señala una a una con toda su paciencia y las va nombrando. Ella repite los nombres, y él asiente con una sonrisa. En algunas ocasiones, Cece se ofrece a echarle una mano, y entonces él se vuelve hacia mí y pregunta: «¿Va bien?». Cuando yo respondo afirmativamente, le encarga alguna tarea en el arriate, a pesar de que eso más bien entorpece su labor.

Tiene tatuajes en toda la parte superior de los brazos, aunque la camiseta se los tapa casi por completo. Una vez, cuando lo estaba mirando trabajar, vi que lleva en el bíceps un corazón con el nombre Antonia inscrito en él. Me llevó a preguntarme quién sería la tal Antonia. Estoy casi segura de que Enzo no está casado.

Hay algo en él que me intriga. Si al menos hablara mi idioma, creo que podría hacerle confidencias. Tal vez él es la única persona que me creería, que podría ayudarme de verdad.

Me quedo de pie, observando cómo poda nuestros setos. No he vuelto a trabajar desde el día que me mudé aquí; Andy no me deja. Lo echo de menos. Enzo me comprendería. Estoy segura. Lástima que no hable inglés. Aunque, en cierto modo, eso hace que me resulte más fácil abrirme a él. A veces me embarga la sensación de que, si no me desahogo, perderé la razón de verdad.

—Mi marido es un monstruo —digo en voz alta—. Me tortura. Me aprisiona en el desván.

A Enzo se le tensan los hombros. Baja la podadera con el ceño fruncido.

Signora… Nina…

Se me hiela el estómago. ¿Por qué habré dicho eso? No debería haber pronunciado esas palabras. Pero sabía que no me entendería, y sentía la necesidad de confesárselo a alguien que no me delatara a Andy. Me parecía seguro decírselo a Enzo. Al fin y al cabo, no sabe inglés. Sin embargo, cuando lo miro a los ojos negros, percibo en ellos un brillo de comprensión.

—Olvídalo —me apresuro a añadir.

Da un paso hacia mí, y yo retrocedo, sacudiendo la cabeza. He cometido un grave error. Seguramente tendré que despedirlo.

Pero entonces parece hacerse cargo de la situación. Recoge su podadera y pone manos a la obra de nuevo.

Entro en casa a toda velocidad y cierro de un portazo. Junto a la ventana, hay un arreglo floral espectacular. Diría que contiene todos los colores del arcoíris. Andy lo trajo anoche de la oficina para darme una sorpresa y demostrarme lo buen marido que es cuando «me porto bien».

Dirijo la vista más allá de las flores y a través de la ventana al jardín delantero. Enzo sigue trabajando ahí fuera, con la afilada podadera entre las manos enguantadas. Sin embargo, hace una pausa y alza los ojos hacia la ventana. Nuestras miradas se encuentran por una fracción de segundo.

Hasta que desvío la vista.

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