La asistenta

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Segunda parte » Capítulo 47

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Llevo unas veinte horas en el desván.

Andy me trajo aquí anoche, después de que Cecelia se fuera a la cama. He aprendido a no rechistar. Si protestara, me ganaría otra temporada en Clearview. O tal vez, cuando al día siguiente fuera a buscar a Cecelia al colegio, no la encontraría allí y me pasaría una semana sin verla por estar ella «fuera de la ciudad». Andy no quiere hacerle daño, pero no se lo pensaría dos veces si lo considerase necesario. Después de todo, si la policía no se hubiera presentado justo en el momento en que lo hizo, ella se habría ahogado en la bañera años atrás. Un día le saqué el tema, pero él simplemente me sonrió. «Fue una buena manera de enseñarte una lección, ¿a que sí?».

Andy quiere otro hijo. Otra personita a la que yo amaré y desearé proteger, y que él utilizará para controlarme durante varios años más. No puedo permitir que ocurra. Por eso voy en coche a una clínica en la ciudad, doy un nombre falso y les pago en efectivo para que me implanten un DIU. He ensayado la expresión de perplejidad que debo poner cuando mis test de embarazo salgan negativos.

Esta vez mi falta consistió en echar demasiado ambientador en nuestro dormitorio. Utilicé la misma cantidad de siempre, y, si no hubiera perfumado la habitación, él me habría encerrado en el desván con algo hediondo, como un pescado podrido. Ya sé cómo funciona su mente.

El caso es que anoche, por algún motivo, el olor del ambientador le pareció demasiado fuerte y le irritó los ojos. ¿Mi castigo? Rociarme a mí misma con gas pimienta.

Ni más ni menos.

Dejó el espray sobre la cómoda. «Apúntate a los ojos y presiona el pulsador».

«Ah, y mantén los ojos abiertos. Si no, no vale».

Así que lo he hecho. Me he rociado con espray de pimienta solo para salir de la puñetera habitación. ¿Alguna vez te han lanzado gas pimienta a la cara? No te lo recomiendo. Arde como un demonio, y los ojos se me arrasaron en lágrimas de inmediato. Sentí como si se me abrasara el rostro. Entonces empecé a moquear. Al cabo de unos segundos, noté que me goteaba dentro de la boca aquella sustancia, que producía un fuerte picor y tenía un sabor atroz. Durante varios minutos, me quedé sentada en la cama, luchando por respirar. Durante casi una hora, apenas pude abrir los ojos.

Desde luego ha sido mucho peor que oler un poco de ambientador.

Pero han pasado varias horas. Ahora puedo mantener los párpados abiertos. Aún noto como si tuviera el rostro quemado por el sol y mis ojos siguen hinchados, pero ya no siento que me voy a morir. Seguro que Andy querrá esperar a que recupere un aspecto más o menos normal antes de dejarme salir.

Lo que tal vez se traduzca en una noche de encierro más. Pero espero que no.

La ventana no está cubierta con tablas, como en otras ocasiones, así por lo menos entra algo de luz natural en la habitación. Es lo único que impide que pierda la cabeza del todo. Me acerco a la ventana y echo un vistazo al jardín de atrás, deseando estar ahí y no aquí dentro.

En ese momento reparo en que el jardín no está vacío.

Enzo está trabajando ahí fuera. Empiezo a retroceder, pero él alza la vista hacia la ventana por casualidad justo en el momento en que yo me encuentro delante de ella. Se queda mirándome y, aun desde el segundo piso de la casa, alcanzo a ver como se le ensombrece la expresión. Tras quitarse los guantes a tirones, sale del jardín con grandes zancadas.

Ay, no. Esto no me gusta nada.

No sé qué piensa hacer Enzo. ¿Llamar a la policía? No sé si eso es conveniente o no. Andy siempre se las ha ingeniado para volver estas situaciones en mi contra. Siempre va un paso por delante. Hace como un año, empecé a acumular billetes en una bota que guardo en el armario, para contar con algunos ahorros cuando consiguiera huir de él. Sin embargo, un día el dinero desapareció, y al día siguiente Andy me obligó a subir al desván.

Cerca de un minuto después, alguien aporrea la puerta del desván. Reculo y me encojo contra la pared.

—¡Nina! —Es la voz de Enzo—. ¡Nina! ¡Sé que estás ahí dentro!

Me aclaro la garganta.

—¡Estoy bien!

Sacude el pomo con violencia.

—Si estás bien, abre la puerta y demuéstramelo.

En ese momento caigo en la cuenta de que Enzo se está expresando de forma bastante fluida. Me había dado la impresión de que entendía un poco el idioma y lo hablaba mucho menos, pero su inglés parece excelente ahora mismo. Ni siquiera se le nota mucho el acento italiano.

—Estoy…, estoy liada —replico en voz más alta de lo normal—. ¡Pero todo bien! Solo estoy trabajando un poco.

—Me dijiste que tu marido te tortura y te encierra en el desván.

Inspiro de golpe. Se lo dije porque creía que no me entendería. Pero queda claro que entendió cada palabra. Tengo que centrarme en el control de daños. No quiero hacer nada que enfurezca a Andy.

—¿Cómo has entrado en la casa, a todo esto?

Enzo emite un suspiro de exasperación.

—Dejáis la llave debajo de la maceta que está frente a la puerta principal. En fin, ¿dónde está la llave de esta habitación? Dímelo.

—Enzo…

—Que me lo digas.

Sí que sé dónde está esa llave. No me sirve de mucho saberlo cuando estoy aquí metida, pero podría indicárselo. Si quisiera.

—Sé que tu intención es buena, pero esto no me ayuda. Por favor, no te metas. Ya me dejará salir más tarde.

Se produce un largo silencio al otro lado de la puerta. Espero que esté sopesando si vale la pena inmiscuirse en la vida personal de una clienta. Ignoro cuál es su estatus migratorio, pero sé que no nació aquí. No me cabe duda de que Andy y su familia poseen suficiente dinero y poder para conseguir que lo deporten.

—Aparta —dice Enzo al fin—. Voy a echar la puerta abajo.

—¡No, no puedes! —Se me humedecen los ojos—. Oye, no lo entiendes. Si no me someto a su voluntad, le hará daño a Cecelia. Y me internará. No sería la primera vez.

—No. No son más que excusas.

—¡No son excusas! —Una única lágrima me resbala por la mejilla—. No te imaginas la cantidad de dinero que tiene. No sabes cómo podría perjudicarte. ¿Quieres que te deporten?

Enzo vuelve a quedarse callado.

—Esto no está bien. Te está haciendo daño.

—Estoy bien. Te lo juro.

Es casi cierto. Aún me arde la cara y me escuecen los ojos, pero Enzo no tiene por qué saberlo. Un día más y estaré bien del todo. Como si nada hubiera ocurrido. Entonces podré volver a mi desdichada vida normal.

—Quieres que me vaya —aventura.

No quiero que se vaya. Lo que más deseo en este mundo es que derribe la puerta, pero sé que Andy lo tergiversará todo. Dios sabe de qué nos acusará a los dos. Nunca lo habría creído capaz de ingresarme en un hospital psiquiátrico varias veces solo por intentar contar la verdad. No quiero arruinarle la vida a Enzo también. Además, Andy tenía motivos para querer que yo saliera del manicomio, mientras que a Enzo lo encerraría para siempre sin el menor reparo.

—Sí —respondo—. Por favor, vete.

Exhala un largo suspiro.

—Me iré. Pero, si no te veo mañana por la mañana, vendré y echaré abajo la puerta. Y llamaré a la policía.

—Me parece bien. —Ya solo me queda un minúsculo botellín de agua, por lo que, si Andy no me saca de aquí antes de mañana por la mañana, me encontraré en un estado bastante lamentable.

Aguardo a oír pisadas alejándose. Pero no las oigo. Él sigue ahí, detrás de la puerta.

—No mereces que te traten así —dice al fin.

Entonces sus pasos se apagan pasillo abajo mientras las lágrimas me ruedan por el rostro.

Andy me deja salir de la habitación esa noche. Cuando por fin me coloco frente a un espejo, me asusto al ver que tengo los ojos hinchados por el espray de pimienta y la cara de un rojo encendido, como si me hubiera escaldado. Sin embargo, a la mañana siguiente, mi aspecto vuelve a ser más o menos el de siempre. Tengo las mejillas rosadas, como si hubiera tomado el sol más de la cuenta el día anterior.

Enzo está atareado en el jardín delantero cuando Andy sale del garaje con el coche. Cece va sujeta al asiento de atrás con el cinturón de seguridad. Hoy va a llevarla al cole mientras yo me quedo descansando. Por lo general, después de dejarme salir del desván se porta muy bien conmigo durante varios días. Seguro que esta noche se presentará en casa con flores y a lo mejor incluso alguna joya para mí. Como si con eso pudiera compensar lo otro.

Desde la ventana lo veo cruzar la verja y enfilar la calle. Cuando el coche desaparece, advierto que Enzo me mira con fijeza. No es habitual que trabaje dos días seguidos en nuestro jardín. Está aquí por una razón que no tiene nada que ver con el estado de nuestros parterres.

Salgo por la puerta principal y me encamino hacia donde se halla Enzo, con su podadera. De pronto pienso en lo afilada que debe de estar. Si se la clavara a Andy en el pecho, ahí se acabaría todo. Por otro lado, no necesitaría la herramienta. Seguramente podría matar a Andy con sus propias manos.

—¿Lo ves? —Le sonrío de manera forzada—. Ya te dije que estaba bien.

No me devuelve la sonrisa.

—De verdad —insisto.

Tiene los ojos tan oscuros que no alcanzo a distinguir las pupilas.

—Dime la verdad.

—No te conviene saber la verdad.

—Dímela.

En los últimos cinco años, todas y cada una de las personas a las que les he contado los malos tratos a los que me somete Andy —los policías, los médicos, mi mejor amiga— me han tratado de loca. De víctima de un «trastorno delirante». Me han recluido por hablar de lo que me ha hecho. Pero hay un hombre que quiere conocer la verdad. Él me creerá.

Así que, de pie en mi jardín delantero en este precioso y soleado día, se lo confieso todo a Enzo. Le hablo de la habitación del desván, de algunos de los tormentos que Andy ha ideado para mí, de cómo me encontré a Cecelia inconsciente en la bañera. Aunque sucedió hace años, recuerdo su carita bajo el agua como si hubiera sido ayer. A medida que avanzo en mi relato, el semblante de Enzo se torna cada vez más sombrío.

Antes de que yo haya terminado, rompe a despotricar en italiano. No entiendo el idioma, pero reconozco una palabrota cuando la oigo. Aprieta la podadera hasta que se le ponen blancos los dedos.

—Lo mato —sisea—. Esta misma noche lo mataré.

Me pongo lívida. Me he quedado muy a gusto contándole todo lo que he pasado, pero ha sido un error. Está más que furioso.

—Enzo…

—¡Es un monstruo! —estalla—. ¿De verdad no quieres que lo mate?

Sí, quiero a Andy muerto. Pero no quiero tener que lidiar con las consecuencias, sobre todo con la carta que recibirá la policía en caso de que fallezca. Estoy deseando que se muera, pero no tanto como para pasarme el resto de mi vida entre rejas.

—No puedes hacer eso. —Sacudo la cabeza de forma enérgica—. Te meterían en la cárcel. Nos meterían a los dos. ¿Es eso lo que quieres?

Enzo masculla algo más en italiano.

—De acuerdo. Pues entonces déjalo.

—No puedo.

—Claro que puedes. Yo te ayudaré.

—¿Qué puedes hacer tú? —No es una pregunta del todo retórica. A lo mejor Enzo es inmensamente rico. A lo mejor tiene contactos en la mafia de los que no estoy enterada—. ¿Puedes conseguirme un billete de avión? ¿Un pasaporte falso? ¿Una nueva identidad?

—No, pero… —Se frota la barbilla—. Encontraré la manera. Conozco a algunas personas. Te ayudaré.

Me muero de ganas de creer que es verdad.

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