La asistenta
Segunda parte » Capítulo 48
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Paso número siete: intenta escapar
Una semana después, me reúno con Enzo para planearlo todo.
Tomamos muchas precauciones. De hecho, mientras estoy con unas invitadas de la AMPA, le echo una bronca exagerada por estropearme los geranios, solo para prevenir posibles chismorreos. Estoy casi segura de que Andy me ha colocado un dispositivo de rastreo en algún lugar del coche, así que no puedo ir a su casa conduciendo. En vez de ello, me acerco a un restaurante de comida rápida, dejo mi vehículo en el aparcamiento y subo al automóvil de Enzo a toda prisa para que nadie me vea.
No pienso correr riesgos.
Enzo vive en un pequeño piso alquilado en un sótano, pero con entrada particular. Me guía hasta su diminuta cocina, donde hay una mesa redonda y unas sillas desvencijadas: la mía emite un chirrido amenazador cuando me siento en ella. Me da no sé qué ver que su casa es mucho más humilde que la nuestra, aunque tengo la impresión de que no es el tipo de persona a la que le importen mucho esas cosas.
Enzo abre el frigorífico, saca una cerveza y la sostiene en alto.
—¿Quieres?
Estoy a punto de decirle que no, pero cambio de idea.
—Sí, gracias.
Regresa a la mesa con dos botellines de cerveza. Tras quitarles la chapa con un abridor, desliza uno hacia mí. Al rodear la botella con las manos, noto las frías gotas de condensación bajo los dedos.
—Gracias —repito.
Se encoge de hombros.
—No es una cerveza muy buena.
Hace crujir los nudillos. Cuando contrae los músculos de los brazos, me cuesta no fijarme en lo increíblemente sexy que es este hombre. Si mis vecinas se enteraran de que he estado en su apartamento, se morirían de celos. Se lo imaginarían arrancándome la ropa mientras charlamos y preparándose para hacerme suya, y seguramente se enfadarían con él por elegirme a mí en vez de a alguna de las mujeres de la manzana que son más atractivas que yo. «Con qué poco se conforma Enzo». No tienen ni idea. Es una visión tan alejada de la verdad que casi hace gracia. Pero no.
—Me daba mala espina —dice—. Tu marido… Ya me parecía que era una mala persona.
Tomo un largo trago de cerveza.
—Yo ni siquiera sabía que hablabas mi idioma.
Enzo suelta una carcajada. Hace ya dos años que trabaja en mi jardín, pero es la primera vez que lo oigo reírse.
—Fingir que no entiendo me hace la vida más fácil. De lo contrario, las amas de casa no me dejarían en paz. Lo captas, ¿no?
A pesar de todo, yo también me río. No le falta razón.
—¿Eres de Italia?
—De Sicilia.
—Bueno… —Hago girar la cerveza en el botellín—. ¿Y qué te trajo hasta aquí?
Se encorva al oír mi pregunta.
—No es una historia muy bonita.
—¿Y la mía sí?
Baja la vista hacia su botella de cerveza.
—El marido de mi hermana Antonia… era como el tuyo. Una mala persona. Una mala persona rica y poderosa que la abofeteaba para sentirse mejor. Yo le decía «déjalo»…, pero no había manera. Hasta que un día él la empujó escaleras abajo, la llevaron al hospital y ella ya no se despertó. —Se recoge la manga de la camiseta para mostrarme el tatuaje que ya había visto: un corazón que lleva inscrito el nombre de Antonia—. Es mi forma de recordarla.
—Ah. —Me llevo la mano a la boca—. Lo siento mucho.
La nuez le sube y le baja por el cuello.
—La justicia no actúa contra los hombres como él. No acabó en la cárcel. No recibió un castigo por asesinar a mi hermana. Así que decidí castigarlo yo mismo.
Me viene a la mente la mirada siniestra que asomó a sus ojos cuando le conté lo que me había hecho Andy. «Lo mataré».
—¿Lo…?
—No. —Hace crujir de nuevo los nudillos, y los chasquidos resuenan por el diminuto apartamento—. No llegué a ese extremo. Y me arrepiento, porque después de eso mi vida no valía nada. Niente. Tuve que gastar todo lo que tenía para largarme. —Bebe un trago de su botellín—. Si algún día regresara, me matarían antes de que saliera del aeropuerto.
No sé qué decir.
—¿Fue duro para ti marcharte?
—¿Será duro para ti marcharte de aquí?
Tras reflexionar un momento, niego con la cabeza. Quiero marcharme. Quiero poner la mayor distancia posible entre Andrew Winchester y yo. Si para eso tengo que irme a Siberia, lo haré.
—Necesitarás pasaportes para ti y para Cecelia. —Hace un gesto al aire como si tachara algo de una lista—. Un carnet de conducir. Partidas de nacimiento. Efectivo suficiente para sobrevivir hasta que encuentres trabajo. Y dos billetes de avión.
Se me acelera el pulso.
—O sea que necesito dinero…
—Tengo algunos ahorros que puedo darte —se ofrece.
—Enzo, de ninguna manera…
Interrumpe mi protesta agitando la mano.
—Pero no es suficiente. Necesitarás más. ¿Puedes conseguirlo?
Tengo que encontrar un modo.
Unos días más tarde, llevo a Cecelia al colegio en coche, como hago casi a diario. Lleva la dorada cabellera recogida hacia atrás en dos trenzas impecables y uno de esos vestidos de volantes de color claro que la hacen resaltar entre sus compañeras. Me da miedo que los otros críos se burlen de ella por esas prendas, que además le impiden jugar como ella querría. Pero, si no se las pone, Andy me castiga a mí por ello.
Cece tamborilea con los dedos en el cristal de la ventana de atrás con aire ausente mientras yo giro por la calle donde se encuentra la academia Windsor. Aunque no coge berrinches por ir a la escuela, me da la impresión de que no le gusta. Querría que tuviera más amiguitos. La apunto a muchas actividades para que se distraiga y conozca a más personas, pero eso no ayuda.
Por otro lado, ya nada de eso importa. Pronto todo va a cambiar.
Muy pronto.
Cuando paro el coche cerca de la entrada del colegio, Cece permanece en el asiento de atrás, con las rubias cejas juntas, sin decidirse a bajar.
—Me recogerás tú y no papá, ¿verdad?
Andy es el único padre que ha conocido. Y aunque ignora los castigos que él me impone, sabe que, cuando hago algo que no le gusta, desaparezco durante varios días seguidos. En esas ocasiones, es él quien la recoge del cole. Eso la asusta. Aunque no lo expresa en voz alta, lo odia.
—Te recogeré yo —le aseguro.
Se le relaja la carita. Me entran ganas de soltarle: «No te preocupes, cielo. Pronto nos iremos de aquí, y él no podrá volver a hacernos daño jamás». Pero no puedo todavía. No debo correr ningún riesgo hasta el día en que pase a buscarla y nos vayamos directas al aeropuerto.
Cuando Cecelia se apea, me doy la vuelta y pongo rumbo a casa. Me queda una semana aquí. Falta una semana para que haga las maletas y realice el trayecto de hora y media hasta el lugar donde estarán esperándome en una caja de seguridad mi pasaporte y carnet de conducir nuevos, junto con un buen fajo de billetes. Una vez en el aeropuerto, pagaré los pasajes en efectivo, pues la última vez que compré unos con antelación me encontré a Andy aguardándome en la puerta de embarque. Enzo me ha ayudado a minimizar las posibilidades de que Andy descubra mis planes. Por el momento, no sospecha nada.
O al menos eso es lo que creo hasta que entro en el salón y lo veo sentado a la mesa del comedor. Esperándome.
—Andy —digo con voz ahogada—. Eh…, hola.
—Hola, Nina.
Es entonces cuando reparo en los tres objetos dispuestos ante él. El pasaporte, el carnet de conducir y el fajo de billetes.
Ay, no.
—Dime, ¿qué te proponías hacer con esto? —Baja la vista y lee el nombre que figura en el carnet—. «Tracy Eaton».
Me cuesta respirar. Me tiemblan tanto las piernas que tengo que agarrarme a la pared para no desplomarme.
—¿De dónde has sacado eso?
Andy se levanta de la silla.
—¿Aún no has comprendido que no puedes ocultarme nada?
Retrocedo un paso.
—Andy…
—Nina —dice—. Ahora toca subir.
No. No pienso subir. No pienso romper la promesa que le he hecho a mi hija de ir a buscarla. No permitiré que me encierre ahí arriba durante días cuando yo creía que pronto estaría en camino hacia la libertad. Se acabó. No puedo seguir así.
Antes de que Andy pueda dar un paso hacia mí, salgo corriendo por la puerta principal y subo de nuevo a mi coche. Arranco tan deprisa que por poco me llevo por delante la puerta de la verja al salir.
No tengo idea de adónde me dirijo. Una parte de mí quiere ir directa al colegio de Cecelia para sacarla de clase y luego conducir hasta la frontera de Canadá. Pero no me resultará fácil escaparme de él sin el pasaporte y el carnet de conducir falsos. No me cabe duda de que ahora mismo estará llamando a la policía para contarles alguna historia sobre la recaída de su desquiciada esposa.
Solo hay una cosa buena en esta situación: no ha encontrado más que una de las cajas de seguridad. Lo de utilizar dos fue idea de Enzo. Andy ha descubierto la que contenía el pasaporte y el carnet de conducir, pero hay un segundo montón de dinero del que no sabe nada.
Sigo conduciendo hasta que llego al barrio de Enzo. Aparco a dos manzanas de su casa y recorro el resto del camino a pie. Está a punto de subir a su camioneta cuando echo a correr hacia él.
—¡Enzo!
Yergue la cabeza de golpe al oír mi voz. Se le pone la cara larga en cuanto ve la mía.
—¿Qué ha pasado?
—Ha encontrado una de las cajas de seguridad. —Hago una pausa para recuperar el aliento—. Se…, se ha ido todo al garete. No puedo irme.
Me desmorono. Antes de que empezara a hablar con Enzo, había asumido que esta sería mi vida, al menos hasta que Cecelia cumpliera los dieciocho años. Pero ahora no me veo capaz de soportarlo. No puedo vivir así. Simplemente, no puedo.
—Nina…
—¿Qué voy a hacer? —gimoteo.
Abre los brazos y me dejo caer en ellos. Deberíamos tener más cuidado. Alguien podría vernos. ¿Y si Andy creyera que estoy liada con Enzo?
No estamos liados, por cierto. Ni siquiera un poquito. Para él soy como Antonia, la hermana a quien no logró salvar. Nunca me ha tocado de una manera que no fuese fraternal. Ahora mismo, acostarnos es lo último que se nos pasaría por la cabeza. En estos momentos, solo puedo pensar que el futuro que se me antojaba al alcance de la mano se ha ido por el retrete. Me espera otra década de convivencia con ese monstruo.
—¿Qué voy a hacer? —repito.
—Muy sencillo —dice—. Pasamos al plan B.
Alzo el rostro surcado de lágrimas.
—¿Cuál es el plan B?
—Que yo mate al hijo de puta.
Me estremezco porque percibo en sus negros ojos que habla en serio.
—Enzo…
—Lo haré. —Se aparta de mí, con la mandíbula tensa—. Merece morir. Haré por ti lo que debería haber hecho por Antonia.
—¿Para que acabemos los dos en prisión?
—Tú no irás a prisión.
Le propino un manotazo en el brazo.
—Tampoco quiero que vayas tú.
—Entonces ¿qué propones?
De pronto, se me ocurre una idea. Es de una sencillez maravillosa. Y, aunque detesto a Andy, lo conozco muy bien. Esto dará resultado.