La asistenta

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Segunda parte » Capítulo 49

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Paso número ocho: encuentra a una sustituta

No puedo elegir a cualquiera.

Para empezar, tiene que ser atractiva. Más atractiva que yo, lo que no resultará muy difícil, ya que en los últimos años me he abandonado mucho, a propósito. Tiene que ser más joven, lo suficiente para estar en condiciones de darle a Andy los hijos que tanto anhela. Tiene que sentarle bien el blanco. A él le encanta ese color.

Y, por encima de todo, tiene que estar desesperada.

Entonces conocí a Wilhelmina Calloway. Cumple con todos los requisitos. La ropa anodina que lleva a la entrevista no disimula lo joven y guapa que es. Está ansiosa por ganarse mi simpatía. Y, más tarde, cuando una sencilla indagación me lleva a descubrir que tiene antecedentes penales, caigo en la cuenta de que he dado con una mina de oro. He aquí una chica desesperada por conseguir un empleo decente y con un buen sueldo.

—Conmigo no cuentes —me dice Enzo cuando salgo al jardín trasero para preguntarle el nombre del detective privado que conoce—. Esto no está bien.

Hace unas semanas, cuando le expuse mi plan, no le entusiasmó. «¿Estás dispuesta a sacrificar a otra persona?». No lo entendió.

—Andy me controla porque tengo a Cece —le explico—. Esa chica no tiene hijos ni vínculos con nadie. Nada que él pueda utilizar para coaccionarla. Será libre de marcharse cuando quiera.

—Sabes que la cosa no funciona así —gruñe él.

—¿Me ayudarás o no?

Deja caer los hombros.

—Sí. Sabes que te ayudaré.

Así que contrato al investigador privado que me recomendó Enzo con parte del dinero que había escondido. El hombre me revela todo lo que necesito saber sobre Wilhelmina Calloway. Me cuenta que la despidieron de su último trabajo y que faltó poco para que la denunciaran a la policía. Me informa de que está viviendo en su coche. Y me proporciona otro dato que lo cambia todo. En cuanto cuelgo el teléfono después de hablar con el detective, llamo a Millie para ofrecerle el puesto.

Solo hay un problema: Andy.

No querrá que una desconocida viva en nuestra casa. Ha accedido de mala gana a que venga alguien a limpiar durante unas horas, pero de ahí no pasará. Nunca deja que nadie haga de canguro de Cecelia, excepto su madre. Pero entonces se produce una serie de acontecimientos de lo más oportuna. El padre de Andy se jubiló hace poco y sufrió una mala caída a causa de un resbalón en el hielo, por lo que tomaron la determinación de mudarse a Florida. Se notaba que a Evelyn no le seducía la idea, y decidieron conservar su antigua casa para venir en verano, pero casi todos sus amigos se habían trasladado ya a Florida. Además, el padre de Andy estaba deseando pasar sus años dorados jugando al golf todos los días con sus compinches.

Y todo esto se traduce en que necesitamos a alguien que nos ayude.

El punto más delicado es que el nuevo dormitorio de Millie estará en el desván. Eso no le hará ni pizca de gracia a Andy. Pero tiene que ser así. Es importante que la vea ahí arriba si quiero que empiece a considerarla como mi posible sustituta. Debo despertar en él esa tentación.

Preparo el terreno antes de soltarle la noticia. Me despierto todas las mañanas quejándome de migrañas que no me dejan cocinar o limpiar. Me esfuerzo al máximo por dejar la casa patas arriba. Si sigo así unos días más, acabará clausurada por insalubridad. Necesitamos urgentemente que alguien acuda en nuestro auxilio.

A pesar de todo, cuando Andy se entera de que he contratado a Millie, me acorrala contra mi coche. Clavándome los dedos en el bíceps, me propina un fuerte tirón.

—¿Qué coño crees que haces, Nina?

—Necesitamos ayuda. —Alzo la barbilla, desafiante—. Ahora que tu madre ya no está, nos hace falta alguien que cuide de Cece y nos eche una mano con la limpieza.

—Quieres que se instale en el desván —refunfuña—. Esa es «tu» habitación. Deberías asignarle el dormitorio de invitados.

—Entonces ¿dónde dormirán tus padres cuando vengan de visita? ¿En el desván? ¿En el sofá del salón?

Veo que se le mueve la mandíbula mientras cavila. Evelyn Winchester jamás se rebajaría a dormir en un sofá.

—Solo te pido que dejes que se quede un par de meses —insisto—, hasta que termine el año escolar. Entonces dispondré de más tiempo para limpiar, y tu madre regresará de Florida.

—Ni lo sueñes.

—Pues despídela, si quieres. —Lo miro, parpadeando—. No puedo impedírtelo.

—No dudes que lo haré.

Pero no la despide. Porque esa noche, cuando vuelve a casa, lo encuentra todo limpio por primera vez. Y ella le sirve una cena que no está quemada. Y es joven y bonita.

Así que Millie se queda en el desván.

Para que esto funcione, tienen que ocurrir tres cosas:

1. Que Millie y Andy sientan una atracción mutua.

2. Que Millie me aborrezca lo suficiente para acostarse con mi marido.

3. Que se les presente la oportunidad.

Lo de la atracción es lo más sencillo. Millie es preciosa —incluso más atractiva que yo cuando era más joven— y, aunque Andy está algo entrado en años en comparación con ella, sigue siendo arrebatadoramente apuesto. A veces Millie me mira como si no acabara de entender qué ve él en mí. Hago lo posible por seguir ganando peso. Como Andy ya no tiene la posibilidad de encerrarme en el desván, me atrevo a saltarme citas en la peluquería y dejarme crecer las raíces oscuras.

Y, sobre todo, trato a Millie como una mierda.

No me resulta fácil portarme así con ella. En el fondo, soy buena persona. O al menos lo era antes de que Andy me destrozara la vida. Ahora solo veo las cosas como medios para un fin. Tal vez Millie no se lo merezca, pero no aguanto más. Tengo que largarme.

Empieza a odiarme desde su primera mañana en casa. Esa tarde tengo una reunión de la AMPA, y, a primera hora, dirijo mis pasos hacia la cocina. La he dejado hecha una porquería las dos últimas semanas, y Millie se ha esmerado para limpiarla. Se ha dejado la piel. Todas las superficies están relucientes.

Me siento fatal por esto. De verdad.

Arraso con la cocina. Saco todos los platos y tazas que encuentro. Tiro al suelo ollas y sartenes. Millie llega justo en el momento en que me pongo con el frigorífico. Me crie colaborando en las labores domésticas, por lo que me produce dolor físico lanzar contra el suelo un cartón de leche para que se desparrame en todas direcciones. Pero me obligo a hacerlo. Un medio para un fin.

Cuando Millie entra en la cocina, me vuelvo hacia ella con mirada acusadora.

—¿Dónde están?

—¿De…, de qué hablas?

—¡De mis notas! —Me llevo la mano a la frente como si estuviera a punto de desmayarme de horror—. ¡He dejado todas mis notas para la reunión de la AMPA de esta tarde sobre la encimera! ¡Y ya no están! ¿Qué has hecho con ellas?

Es verdad que he tomado unas notas para la reunión, pero están guardadas a buen recaudo en mi ordenador. ¿Por qué iba a dejar mi única copia aquí, en un montón de hojas sobre la encimera de la cocina? Aunque no tiene pies ni cabeza, me reafirmo en que es así. Ella sabe que no dejé las notas ahí, pero no sabe que yo lo sé.

Grito lo bastante fuerte para captar la atención de Andy. Siente lástima por ella. La compadece porque estoy acusándola de algo que él sabe que no ha hecho. Experimenta atracción hacia ella porque la estoy convirtiendo en víctima.

Del mismo modo que yo fui la víctima cuando me gritaron por mancharme la blusa de leche hace ya tantos años.

—Lo siento mucho, Nina —tartamudea Millie—. Si hay algo que pueda hacer…

Bajo la vista hacia el estropicio que he causado en el suelo de la cocina.

—Puedes limpiar toda esta porquería que has dejado en mi cocina mientras yo soluciono el problema.

Y, en ese momento, sé que he cumplido mis tres objetivos. En primer lugar, la atracción mutua: ella con sus vaqueros ajustados y su belleza natural. En segundo, Millie me odia. En tercer lugar, al salir de la cocina hecha una furia, les brindo la oportunidad de quedarse un rato a solas.

Pero no basta. Tengo otro as en la manga.

Andy quiere un hijo.

Conmigo no lo tendrá. No mientras lleve el DIU bien colocado en el útero. Y Andy va a descubrir que soy estéril, pues el investigador privado con el que Enzo me puso en contacto ha conseguido unas fotos estupendas del especialista en fertilidad con una mujer que no es la misma con la que lleva veinticinco años casado. El buen médico solo tiene que informar a Andy de que es imposible que me quede embarazada para que esas fotografías acaben en la basura.

El día anterior a nuestra cita con el doctor Gelman, llamo a Evelyn a Florida. Como de costumbre, no parece muy feliz de oír mi voz.

—Hola, Nina —saluda con sequedad. La pregunta «¿qué quieres de mí?» queda implícita.

—Solo quería que fueras la primera en saber que tengo un retraso —digo—. ¡Creo que estoy embarazada!

—Ah… —Hace una pausa, debatiéndose entre la emoción por la noticia de que tendrá un nieto biológico y el disgusto de saber que yo seré la madre de ese nieto—. Fabuloso.

«Fabuloso». Seguro que piensa justo lo contrario.

—Espero que estés tomando multivitaminas prenatales —añade—. Y debes seguir un régimen muy estricto. No es bueno para el bebé que tomes muchas chucherías hipercalóricas, como sueles hacer. Aunque Andy es muy permisivo contigo en ese aspecto, más vale que te controles, por el bien del niño.

—Sí, por supuesto. —Esbozo una sonrisa, encantada porque sé que Evelyn nunca será la abuela de un hijo mío—. Por cierto, me preguntaba si… Sería estupendo que nos mandaras algunas de las pertenencias de Andy de cuando era pequeño. El otro día me comentaba que quería que el bebé heredara sus viejas mantitas y otras cosas por el estilo. ¿Crees que nos las podrías enviar?

—Sí. Llamaré a Roberto y le encargaré que os mande la caja.

—Fabuloso.

La revelación del doctor Gelman le cae a Andy como un jarro de agua fría. Observo su rostro cuando el médico le suelta el bombazo en su consulta. «Me temo que Nina jamás podrá llevar un embarazo a término». Los ojos se le llenan de lágrimas. Si se tratara de cualquier otra persona, quizá me daría pena.

Más tarde, por la noche, lo provoco para que nos enzarcemos en una discusión. Y no en una discusión cualquiera. Le recuerdo la razón por la que jamás engendrará un hijo conmigo.

—¡Todo es culpa mía! —Para que me salgan las lágrimas, recreo en mi mente la ocasión en que me encerró en el desván y puso la caldera a máxima potencia, hasta que empecé a arañarme la piel de calor—. Si estuvieras con una mujer más joven, podrías tener un hijo. ¡El problema soy yo!

Una mujer más joven, como Millie. Aunque no lo digo en voz alta, seguro que él lo piensa. La manera en que la mira lo delata.

—Nina. —Alarga el brazo para tocarme, y todavía percibo amor en sus ojos. Todavía. Lo aborrezco por quererme. ¿Por qué no eligió a otra persona?—. No digas eso. No es culpa tuya.

—¡Sí que lo es! —La rabia estalla en mi interior como un volcán, y, cuando me doy cuenta, he estampado el puño contra el espejo del tocador. El estrépito resuena en la habitación. No noto el dolor punzante en la mano sino hasta unos segundos después, y advierto que me gotea sangre de los nudillos.

—Madre de Dios. —Andy palidece—. Deja que te traiga unos clínex.

Se dirige al baño y vuelve con varios pañuelos de papel, pero yo me resisto a que me envuelva la mano en ellos, de modo que, cuando al fin lo consigue, tiene también los dedos todos manchados de sangre. Regresa al baño para lavarse, y en ese momento percibo un ruido al otro lado de la puerta. ¿Habrá oído Cecelia nuestra pelea? Detesto pensar que mi rabieta la ha asustado.

Al abrir la puerta, no es a mi hija a quien veo, sino a Millie. Y su expresión revela que ha oído hasta la última palabra de nuestro altercado. Cuando repara en la sangre de mis manos, abre unos ojos como platos.

Me toma por demente. La sensación empieza a resultar familiar.

Millie cree que estoy loca. Andy cree que soy demasiado mayor. Una vez conseguido esto, todo se reduce a una cuestión de oportunidad. No paro de hablar de Showdown, así que Andy querrá conseguirme entradas; le encanta tener detalles conmigo para alternarlos con los horrores a los que me somete. Pero será Millie, no yo, quien asista al espectáculo. Y después pasará la noche en la habitación de hotel. El plan se me antoja casi demasiado perfecto. Además, me proporciona la ocasión de llevarme a Cecelia al campamento, de modo que Andy no la tenga a mano para utilizarla contra mí.

Esa noche, cuando la aplicación de rastreo por GPS instalada en el teléfono de Millie me indica que está en Manhattan, sé que he ganado la partida. Después, me doy cuenta de cómo se miran. Ya está. Él se ha enamorado de ella. Ahora es problema suyo.

Soy libre.

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